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María Jiménez, el mito erótico de la copla

Por delante de su voz algo rota y el brío de su acelerado baile por rumbas, estaba la pasión, el desgarro, la fuerza en el escenario.

Por delante de su voz algo rota y el brío de su acelerado baile por rumbas, estaba la pasión, el desgarro, la fuerza en el escenario.
María Jiménez | Archivo

María Jiménez era el mito erótico de la copla. Por delante de su voz algo rota y el brío de su acelerado baile por rumbas, estaba la pasión, el desgarro, la fuerza en el escenario. Gracias a su estilo, era fácil colegir que su espejo era Lola Flores. Aunque esta trianera sevillana que acaba de dejarnos aportó un sello propio, desconocido entre los oficiantes de la canción española. Justo fue su triunfo. Que pagó caro en su vida privada desde que vino al mundo su hija, fruto del acoso de un señorito que no quiso responsabilizarse de su paternidad. Se ganaba la vida como criada en Barcelona, adonde tuvo que emigrar. Y entre jipíos flamencos mientras fregaba y barría saltó a los "tablaos", luego vinieron sus discos, algunas películas.

La muerte de su hija fue un golpe del que nunca se recuperó. Y su boda con el donjuán valenciano Pepe Sancho, con quien tuvo un hijo, que parecía colmarle de dicha, terminó en duro divorcio, porque él la engañaba. María luchó toda su vida, estandarte canoro de la libertad de la mujer, defensora a ultranza del maltrato que sufrió de su marido. Pero se levantó, no quiso doblegarse nunca, se enfrentó a esa desgracia que le persiguió tanto en vida. Con sus arrebatadas canciones, rumbas y baladas con acento andaluz, conquistó a millones de admiradores. Y así pudo ir superando sus males, y varias enfermedades. Aún en silla de ruedas en los últimos tiempos, continuaba siendo un símbolo de resistencia ante tantas desgracias que padeció.

Nació el 3 de febrero de 1950 en la calle Betis, de Sevilla, en pleno barrio de Triana, cuna de grandes toreros y cantaores. Primogénita de tres hermanos. Su padre trabajaba en los muelles, cargando y descargando mercancía de los barcos. Cayó enfermo y la madre hubo de ponerse a servir. Lo mismo que siendo adolescente tuvo que hacer María, empleada en una pastelería en la popular zona de La Campana, luego criada tanto en la capital de la Giralda como luego en Barcelona. Allí se fue en busca de mejor suerte cuando, mediada la década de los 60 la emigración andaluza hacia Cataluña era constante. Hizo la maleta, cerrada con una guita, como la de los soldados, de madera. No conocía a nadie en la Ciudad Condal. En los bolsillos de su modesto vestido, llevaba atadas con una goma doscientas pesetas. Su único capital (hoy, poco más de un euro).

Sirvienta, se levantaba a las seis de la mañana; se acostaba a la medianoche. Le pagaban dos mil pesetas mensuales; con el tiempo, cuatro mil quinientas. Canturreaba mientras barría la casa ajena. El dueño de una taberna flamenca la escuchó un día. Se despidió de los señores de la casa donde servía y a cambio de cuarenta duros diarios debutó en un local cutre, ella feliz, mientras se decía para sus adentros: "¡No soy chacha, soy artista! En aquel antro llamado "Villa Rosa" permaneció un año, cercano a las Ramblas, cantando a su manera: nadie le había enseñado. Imitaba a su artista favorita, Marifé de Triana.

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Añoraba su tierra. Retornó a Sevilla en 1967. Conoció a un ganadero de reses bravas. Vivió a su lado un apasionado romance. La engañó. Quedó embarazada. Y aquel señorito no quiso saber nada de la criatura que María Jiménez llevaba en sus entrañas. Nació en 1968, a la que llamarían Rocío. Después de ese nacimiento, María tuvo muchísimos problemas para subsistir, hasta ser contratada en el tablao La Cochera, por muy poco dinero. Eso la llevó a viajar a Caracas, y a Amsterdam, aunque tampoco salió de la casi pobreza. Y de nuevo en España, probó suerte en Madrid, donde ya percibía trescientas pesetas diarias en "El Duende", un "tablao" muy popular. Bailaba y sobre todo empezó a llamar la atención por la sensualidad que imprimía a sus rumbas. Espectador asiduo era Emilio Romero, director del diario "Pueblo", que la bautizó como "La Pipa", y le publicó varios reportajes en dicho vespertino. Entre tanto, sus padres eran los que criaban a Rocío, su hijita.

Lo de ‘La Pipa’ parecía contener alusiones sexuales, más Emilio Romero le explicó que, escuchándola cantar le recordaba la madera ardiente de una cachimba que se aspira lentamente para saborear mejor el tabaco. Dejémoslo ahí.

Ya en 1970 grabó su primer disco. En él apareció su mote con doble p, "La Pippa". Una curiosidad, que no se repetiría en adelante. Fue acuñando un estilo dentro del llamado flamenco pop. Y sus actuaciones ya contenían insinuaciones sensuales rozando la frontera del erotismo. La llave de su éxito. Puro grito en la garganta de María, amores y desamores entre súplicas y arrebatos: "Me doy entera", "Háblame en la cama", "Con dos camas vacías", "Con golpes de pecho"…

Desde su desgraciado idilio con el ganadero María no había conocido ningún otro amor. Hasta que a su vida llegó un actor nacido en Manises, que arrastraba ya una fama de seductor de varias novias y amantes llamado José (Pepe) Sancho. Se casaron el 1 de junio de 1980 en Sevilla. Y el 17 de febrero de 1983 les nació Aejandro. Dos años más tarde ocurriría la tragedia que iba a marcar la existencia de María para siempre: su hija Rocío falleció a primeros de 1985 en un accidente de coche. Unas pocas fechas antes, en Navidad, Pepe, su padrastro, había pasado un año con ella en París.

Antes de que ocurriera tal fatalidad, María y Pepe atravesaron una crisis que determinó su separación. La muerte de Rocío los acercó de nuevo. María estuvo algún tiempo retirada. Rehízo entre tanto su convivencia con su marido, volviendo a contraer matrimonio en Costa Rica, cuya validez ponemos en duda, en todo caso sólo a efectos civiles. En ese tiempo, segunda mitad de los años 80, su cotización musical había decaído. Fue cuando la pareja optó por embarcarse en el negocio de un teatro ambulante junto al maestro del flamenco Juanito Valderrama. Invirtieron casi todo lo ganado en una película. Fue un fracaso. Y quedaron casi arruinados.

Los años siguientes fueron para María Jiménez de altibajos tanto en su carrera como en su matrimonio. Pepe Sancho le era infiel; lo fue hasta con una de las mejores amigas de ella, a los que descubrió un día en su propio dormitorio, solazándose. Entre peleas y reconciliaciones acabarían pidiendo el divorcio, que se hizo definitivo en 2002.

Parecía condenada a la retirada. De María no se publicaba nada de su carrera, pero sí habitualmente era noticia en las revistas del corazón por cuantas disputas sostuvo con Pepe Sancho, y ya divorciados, acerca de su soledad, compartida con Alejandro, su hijo, que sin dejar de hablar con su padre tomó partido al lado de su madre, considerándola víctima de su matrimonio.

Su reaparición con el álbum "40 grandes canciones" la situó de nuevo en las listas de éxitos musicales. Apareció su libro de recuerdos, "Calla, canalla", título que evidentemente tenía un destinatario reconocido. Ya en el verano de 2001 la voz de María Jiménez sonaba a menudo en la radio y ella era una figura habitual en los programas de televisión, gracias entre otras canciones a la que grabó con el grupo La Cabra Mecánica, "La lista de la compra". Y hasta su hijo y ella firmaron una balada en un álbum de 2006.

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María Jiménez, recordando a un malogrado pero destacado cantaor de Utrera, se autodefinía como si fuera "un Bambino con tetas". Siempre fue mujer ocurrente. Se llevaba muy bien con los periodistas. En mi caso, fui el primero en publicar su biografía. La recuerdo cuando la entrevisté por vez primera en los primeros años 70 con ocasión de una gala organizada por Televisión Española en el Sporting Club de Mónaco, donde ella actuó siendo entonces una casi desconocida artista. Menuda de estatura, en el escenario se crecía. Ya decíamos: como su idolatrada Lola Flores.

Vivió en el nuevo siglo XX un poco de los réditos del pasado. Hizo un dúo con Joaquín Sabina de "19 días y 500 noches", que tuvo buena aceptación popular. La gente la quería. Era muy sincera en las tertulias televisivas. En 2013 la salud le dio un gran susto al descubrírsele un cáncer de mama. Tardó tres años en superarlo a costa de muy duras sesiones de quimioterapia. Y en 2019 fue ingresada en la UCI por serios problemas estomacales. Parecía que se iba de este mundo. Y, a partir de entonces, ya comenzó su decadencia. Además de su casa en el barrio sevillano de Triana pasaba largas temporadas con su hijo en el chalé de Chiclana de la Frontera, que había adquirido junto a Pepe Sancho. Cuando éste murió, María no quiso asistir a sus exequias en Manises, pero sí fue Alejandro para despedirse de su padre. En esas fechas, a María le volvían los recuerdos de su matrimonio roto, porque ella sí quiso a su marido, no siendo correspondida pocos años después de la boda.

Aunque su voz ya había perdido fuerza, no dejó de cantar, ya desde luego sin los contratos de ayer. Terminada la pandemia, quiso grabar otro disco, volver a los escenarios. Su ya quebradiza salud se lo iba impidiendo. No tuvo más remedio que servirse de una silla de ruedas para sus desplazamientos. Y consta el 8 de agosto de 2020 su definitivo adiós a la canción cuando apareció en esa silla anunciada en el Starlite de Marbella, espectáculo veraniego que anualmente tiene lugar con fines benéficos. Arropada por sus colegas y amigos Pitingo, Remedios Amaya y Raimundo Amador, recibió una estruendosa, interminable ovación. Era su despedida. Hasta que este jueves, 7 de septiembre, la Parca se la ha llevado para siempre. El final de María Jiménez, como si ella misma, con la fuerza que dominaba con sus canciones, parafraseara el título de una de las más conocidas: "Se acabó".

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