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El legendario mal genio de Jerry Lewis (y su fama de avaro)

Se casó dos veces y era padre de siete hijos, dos de ellos adoptados.

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Se casó dos veces y era padre de siete hijos, dos de ellos adoptados.
Jerry Lewis y su esposa Sandra Pitnick | Cordon Press

Ha muerto uno de los cómicos más veteranos, el norteamericano Jerry Lewis, quien a sus noventa y un años cumplidos en marzo acababa de anunciar el rodaje de una nueva película en Canadá. Cierto es que el celebrado actor, conocido en todo el mundo por sus continuas muecas, tuvo siempre "una mala salud de hierro", como decía de sí mismo César González-Ruano. Varios infartos de miocardio, cáncer de próstata, diabetes, problemas pulmonares, dolor de espalda crónico… Lo último, un ingreso hospitalario por una infección del tracto urinario que al final ha derivado en su fallecimiento.

Cuando en 1983 vino a Madrid Jerry Lewis para promover la película El rey de la comedia, que a las órdenes de Martin Scorsese rodó junto a Robert de Niro, me dio detalles de su última operación quirúrgica de hacía un par de meses: "Consistió en reemplazar dos venas del corazón con una de mis piernas. Complicado todo. Tengo tantas cicatrices por todo mi cuerpo que hasta creo que terminan en un señor pegado a mis espaldas". Nos reímos mientras me mostraba la pierna con su reciente cicatriz, lo que aprovecharon los fotógrafos inmediatamente.

Jerry Lewis siempre ha sido un constante trabajador desde sus comienzos allá por 1940. Hijo de un oscuro actor de cabaré y una pianista de variedades, lleva rodadas hasta el momento cerca de setenta películas, la última aún sin estrenar, Policías y corruptos, donde hizo de padre de Nicolás Cage. Con Dean Martin formó una de las parejas artísticas más populares, protagonizando nada menos que dieciséis filmes. Parecían siempre sacados de una pista de circo, cual el augusto y el clown. Ganaron mucho dinero y una notoriedad indiscutible. Uno iba de galán siempre, de guapo, y el otro –no es necesario decir quién- arrastraba siempre el personaje despistado. Pero el dúo se deshizo en 1957. Ninguno aportó las razones. Se cree que fue porque Dean se sentía desplazado en cada secuencia donde Jerry aparecía siempre, como "robándole el plano", que se dice en el argot cinematográfico. Celos, envidias. Y cada uno se fue por su lado. A Jerry Lewis no le iría mal sin tener a su lado a Dean Martin, y éste acabó formando parte del "clan de Frank Sinatra", tanto en películas como en actuaciones en Las Vegas o en "shows" televisivos. Aproveché mi entrevista con el primero preguntándole sobre si había posibilidades de que reanudaran la pareja. "No volvería a encontrarme con él por nada del mundo". Y así ha sido. Desde luego, la muerte de Dean Martin, por su alcoholismo crónico, lo haría de todas maneras imposible.

A un actor como Jerry Lewis, dotado de un talento fuera de serie, que también llegó a probar como director bastantes veces tras la cámara se le podría haber visto en alguna película dramática, pues uno imagina que saldría bien del trance. Pero a mí me dejó por sentado lo que sigue: "Mire, yo no he tenido hasta la fecha necesidad alguna de hacer esas películas serias. ¿Para qué? Ya está el mundo bastante triste como para complicarlo más. Necesitamos más locuras". Me interesé sobre qué pensaba sobre Woody Allen, sin lugar a dudas el cómico cinematográfico americano más notable de los últimos cuarenta años: "Maravilloso. Lo que me gustaría es que fuera más visual. Pero le voy a decir una cosa: ¿se ha fijado en el parecido sorprendente que tiene Woody con Robert Redford?"

Hablar con Jerry Lewis era como estar en primera fila viéndolo en El profesor chiflado, una de sus películas más recordadas.

De su vida íntima no ha hablado nunca mucho en sus entrevistas. Sabemos que se casó en 1944 con Patti Palmer, vocalista de la orquesta del legendario Jimmy Dorsey. Tuvo con ella cinco hijos y uno más, adoptado. Cuando por problemas de la pareja nunca confesados por el actor éste le pidió el divorcio, mantuvieron un largo litigio. Jerry se encontró con un futuro económico nada halagüeño pues su mujer le pedía tal cantidad de dinero que podía dejarlo arruinado de por vida. Ya se sabe que en los Estados Unidos cuando suceden estas situaciones entre personajes de relieve los abogados de una y otra parte, que se llevan una fortuna en tales lances ante los tribunales, llegan hasta apurar al máximo los intereses de sus clientes. El cómico salió malparado en la resolución de su divorcio, porque le costó darle a su "ex" buena parte de lo que le reclamaba. No en vano Jerry Lewis goza de una probada fama de avaro. Cuando de manera delicada dejé caer esa acusación, se defendió así: "No sabía que se decía eso sobre mí. Ha debido leerlo en algún periódico judío, de derecha a izquierda. La verdad: acabo de darle una propina al botones del hotel. ¿Cuánto? Veinticinco pesetas". Ni qué decir que esa cantidad, hace treinta y cuatro años, venía a significar algo así como cincuenta céntimos de euro de hoy.

Tras el divorcio, Jerry Lewis contrajo matrimonio el 14 de febrero de 1983, apenas unas semanas antes de su visita a Madrid, en la que disfrutaron de su luna de miel, tras su paso por el Festival de Cannes. La afortunada era la actriz Sandra Pitnick, su compañera de reparto en la película Dales fuerte, Jerry. Veinticinco años más joven que el cómico, se la veía muy feliz a su lado. Al comentarle a Jerry qué tal les iba en su dulce viaje nupcial, me confesó, así, como para que no lo escuchara nadie: "Hay noches que nos despertamos antes de que amanezca… y nos echamos a reir, sin más". Algún tiempo después de esa segunda boda del cómico supimos que él y Sandra habían adoptado una niña. Lo que suponía que Jerry sea padre de siete hijos.

A pesar de que cuentan sobre él que tiene mal genio, del que dio buena cuenta durante su estancia madrileña, al enfadarse con unos reporteros (por cierto, suele llevar él mismo una cámara y los fotografía simultáneamente) y a cambiarse de hotel porque adujo que era pequeña la habitación que les habían preparado, a mí Jerry Lewis me pareció un personaje fascinante. No es fácil, por muy profesional del humor que se sea, estar de broma desde que uno se despierta hasta que se va a dormir.

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