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Verónica Miriel: la erótica rival de la italiana Ornella Muti

Verónica Miriel vive ahora, a sus 64, totalmente retirada del cine.

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Verónica Miriel vive ahora, a sus 64, totalmente retirada del cine.
Verónica Miriel en la película Spaghetti | Archivo

Fue Verónica Miriel una de las más guapas actrices de su generación, quien ahora vive, con sesenta y cuatro años, totalmente retirada del cine, donde desde mediados los años 70 y el decenio posterior exhibió su espléndida anatomía Chilena de nacimiento vivió desde muy niña en España, primero en Madrid, luego en Barcelona y, finalmente, en Andalucía donde se radicó ya al final de su carrera. De sus inicios apenas sabemos que rodó un "spot" televisivo en el que, con ella en la imagen, se escuchaba una voz en "off" que anunciaba las bondades de una marca de chocolate, con el eslógan "La pequeña tentación".

Verónica Miriel sí que fue una tentación también cuando, a partir de cumplir los veinte años se dedicó al cine en películas de terror o simplemente eróticas donde se mostraba "en bolas". Fueron cuarenta y dos exactamente las películas en las que tomó parte, de las que se nos hace difícil elegir alguna que verdaderamente mereciera la pena. Casi todas ellas eran productos comerciales de ínfima calidad en las que se mezclaban secuencias de sangre, sexo y violencia. Los títulos "ya hablan por sí mismo", a saber: La maldición de la bestia, Las alimañas, El jovencito Drácula, Deseo carnal, La llamada del sexo, Siete chicas peligrosas, La amante ingenua, El maravilloso mundo del sexo, Doctor ¿estoy buena?... Si me apuran podemos citar otras tres que, aunque asimismo de dudoso interés, al menos resultaban más pasables, caso de Perros callejeros II, La nueva Marilyn y Las alegres chicas de El Molino.

La biografía profesional de Verónica Miriel es muy parecida a la de tantas jóvenes de su tiempo, en los prolegómenos y años posteriores de "la Transición", que llegaron al cine muy ilusionadas, algunas con cierto talento interpretativo, pero que fueron sencillamente utilizadas para que se desnudaran ante las cámaras a las primeras de cambio, tuviera o no justificación el argumento, de por sí ya frívolo y superficial. Cine a veces calificado con la consonante "S", referido al de imágenes eróticas, que tanto se acercaba al denominado con una "X", como se conocía al del "porno". Con frecuencia esos cines de sesión continua tenían a espectadores varones sobre todo, que con la contemplación de aquellas beldades en pelotas satisfacían sus deseos en una España que, durante cuarenta años, había estado presidida en ese terreno, por una rígida moral que la censura franquista aplicaba sin contemplaciones en las películas, las representaciones teatrales, amén de otras manifestaciones artísticas.

De ahí que actrices como Verónica Miriel acudieran a la llamada de productores italianos o de otros países, para rodar lo que aquí estaba prohibido. Ella recordaba momentos felices cuando en Cinecitá se le acercó un día Ennio Morricone, considerado el más importante autor de bandas sonoras cinematográficas, instándole a que cantara, pues la había escuchado hacerlo en una fiesta privada. Tanto le insistió que Verónica se arrancó con la letra de unas sevillanas, "Y se amaron dos caballos", escrita por el rejoneador Ángel Peralta, que se incluiría en el transcurso de una de aquellas cintas italianas eróticas.

Y ya que nos hemos ocupado de su estancia en Roma, digamos que cuando allí brillaba Ornella Muti como una de las más sugestivas estrellas del cine de la década de los 70, en España se consideró a Verónica Miriel como una rival en ese cine del destape, lo que ella aprovechó para publicitarlo. Así, leíamos en la portada de la revista Pronto una declaración suya: "Soy mejor que la Muti". Los desnudos de Verónica se prodigaron en Interviu y en revistas incluso más explícitas en esos contenidos, como eran Party, Papillón, Repórter, Lib hasta llegar a una docena de cabeceras que con el tiempo, ya en los años 90, desaparecieron en su totalidad, de igual modo que también dejaron de producirse aquellos filmes.

Verónica Miriel se despidió del cine en 1983 con la película Dinero negro, marchándose al Perú donde convivió con una comunidad india. Ignoramos qué se le había perdido en esos lares, probablemente en busca de unos horizontes muy ajenos a los de sus años del despelote, que ella misma calificaría después como místicos. En esas montañas le dio por pintar paisajes y gentes. Regresó a nuestro país, retirándose a Estepona, donde sin abandonar sus pinceles y cuadros fue gerente de un restaurante. De su vida sentimental no sabemos nada pues las publicaciones rosas apenas le dedicaron mucho interés en ese punto cuando la entrevistaron. En Semana se decía que esperaba un bebé. Tendría, suponemos, amores que poco importaban a los reporteros. En la actualidad, en las redes sociales, la vimos en un paraje campestre junto a un barbado llamado Luis, con el que manifestaba ser muy feliz, de lo que nos alegramos mucho, tras haberla contemplado en YouTube en dieciocho desnudos contabilizados de esa lista antedicha de infumables películas, en las que sólo se salvaba su fresca , esbelta y cautivadora figura.

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