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Aprender (y soñar) en inglés en la sierra de Cazorla

Pasamos 8 días en el Pueblo Inglés, programa que busca mejorar la fluidez de la conversación con una inmersión mayor que si viajaras al extranjero. 

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Ocho días de inglés en vena

"Confiad en mí, acabaréis soñando en inglés". En el país del perpetuo inglés-nivel-medio, si alguien formula esta promesa, el mecanismo de la desconfianza activa el automático: Otro curso-milagro, vaya. El programa "Pueblo Inglés" de Diverbo plantea ocho días de inmersión completa en inglés, en mitad de la sierra de Jaén, nada menos que para acabar platicando con Morfeo en la lengua de Shakespeare. Ambicioso, pero ¿efectivo?

Irremediablemente, la idea se me antojó como una más dentro del universo vendehumo que busca sacar tajada de la asignatura pendiente del español medio. En mi cabeza resonaban los clásicos eslóganes con más marketing que sustancia: "Hable inglés en un mes sin esfuerzo", "domine el idioma con 2.000 palabras", "sea bilingüe invirtiendo pocas horas al día". Pero sus extraordinarias referencias me inquietaban. Por eso, mis prejuicios, mi maleta y yo aceptamos el reto y nos subimos al autobús que transportaría a 25 angloparlantes y 25 españoles al enclave andaluz donde el español es idioma prohibido.

En realidad, la inmersión comienza ya en el típico atasco madrileño, en cumplimiento de la segunda regla del programa: "Obligatorio sentarse por parejas de anglo y estudiante", repite el máster de ceremonias por la megafonía del autobús. La distribución se lleva a cabo con apremio, entre las infinitas sonrisas de los nativos, y pánico inicial de los españoles, que en su mayoría lucen cara de haberse pasado la noche escuchando podcast de la BBC. Pronto el vehículo muta en Torre de Babel, un gallinero que evidencia la estupenda falta de homogeneidad entre los angloparlantes: acento canadiense, británico, norteamericano, australiano, escocés, sudafricano y hasta indio. Precisamente, uno de los mayores atractivos del programa, que busca mejorar las experiencias en el extranjero, donde el contacto suele reducirse a un sólo tipo de acento.

Las horas de viaje desentumecen la lengua (y el cerebro) y uno aterriza en mitad de la maravillosa sierra jienense deslumbrado por el entorno que será su hogar los próximos ocho días. Coto del Valle recibe a los viajeros con buena mesa y buen vino para continuar desoxidando el inglés y poniendo nombre a 49 desconocidos con vidas de lo más atrayente.

El día a día en inglés 

Una pregunta surgirá en varias ocasiones a lo largo de la semana. ¿Esto son vacaciones? Contemplando el ajustado horario, no lo parece. "Tenéis el día a día muy ocupado", avisa la directora del programa en la primera reunión del grupo. Y no miente: desde el desayuno hasta las bebidas post-cena, el programa está completamente plagado de actividades diversas, enfocadas a mejorar diferentes aspectos del idioma. Respetando la sacrosanta hora de la siesta, eso sí.

La estrella absoluta de las actividades es el one to one, conversaciones de 50 minutos con un angloparlante asignado al azar. El vértigo inicial dura apenas unos segundos, los exactos que se tarda en descubrir dónde radica el verdadero secreto del programa: en la gente. Porque, piensen un segundo ¿cuántas de sus conversaciones diarias son realmente interesantes, atractivas o inspiradoras? El ratio, en el pueblo inglés, roza el 99%.

La magistral selección de los voluntarios anglófonos obra el pseudomilagro: viajados, amables y curiosos, acuden a cualquiera de los ocho enclaves del Pueblo Inglés, sin más remuneración que la de descubrir más de los españoles, ayudándoles con su aprendizaje. Y lo hacen. Porque, cuando el estudiante se desencorseta de las conversaciones teatralizadas de las academias, hay un clic en la mente, un punto de no retorno: el de esforzarse por comunicarse en el idioma estrella porque el interés por la charla es genuino y real. Generosamente, el angloparlante brinda su conocimiento del idioma al estudiante, pero sobre todo, le proporciona algo más importante: la motivación para mejorarlo. Y eso no se compra en ningún DVD.

En los one to one no hay límite ni guión. Paseando por el bosque o compartiendo un café, uno dispone de exquisitos pedazos de tiempo para recuperar el placer de conversar con gente extraordinaria: literatura, historia, viajes, anécdotas, lo divino o lo humano. Como la gente, ninguno es igual al anterior, y cada estudiante lo aprovecha a su modo, centrándose en la pronunciación, el vocabulario o simplemente la fluidez.

En el completo catálogo de actividades, también existen las enfocadas a mejorar el idioma en el mundo laboral, motivo que mueve a la mayoría de los asistentes a acudir a Diverbo. Siempre bajo la supervisión y ayuda de los anglos, se realizan Conference Calls o telephone sessions con escenarios laborales reales, que proporcionan herramientas -y sobre todo, seguridad- para evitar los titubeos con el idioma frente al jefe.

El español no es el único terreno vedado durante la semana. Además, es preceptivo perder la vergüenza, y no sólo la obvia por expresarse en un idioma que no se domina al 100%. También debe olvidarse el miedo al ridículo o el terror a hablar en público. Las presentaciones públicas sobre algún asunto ayudan en lo segundo, y las actividades en grupo con el primero. Teatrillos, representaciones, disfraces y competiciones grupales que además de garantizar carcajadas y relajar a los asistentes, introducen la enseñanza de asuntos como los phrasal verbs, auténtica bestia negra para los españoles.

Aprender disfrutando

Al filo del tercer día, volví a plantearme si aquello eran realmente unas vacaciones. Porque la aparente rigidez del horario se diluye sin hacer ruido, convirtiendo un programa milimétricamente organizado en una suerte de campamento para adultos, donde hasta lo que no lo es, parece ocio. Saltas de actividad en actividad, y en algún punto, en tu cabeza, dejas de traducir lo que quieres decir, y los pensamientos brotan directamente en inglés. Los encuentros ya no son one to one regidos por el planning diario, sino citas con esa pareja de veinteañeros que está dando la vuelta al mundo; con la americana encantadora que esconde una cantante en ciernes, o con esa británica que comparte tu fervor por Dominic West.

A diferentes ritmos, los españoles acaban cambiando las caras de lost in translation por narraciones de logros: "Estaba escuchando música anoche, y me di cuenta de que entendía lo que decían", comentan muchos. Aquél anglo con acento imposible, de pronto, hace una broma que comprendes y cuando hablas por teléfono con tu familia, tu propia voz suena extraña en español. Durante una de las fiesta, usas un phrasal verb para expresar una nadería. No hay secreto ni magia -más de 15 horas diarias hablando en inglés-, pero sí esfuerzo, especialmente los primeros días. El programa es intenso, pero cuando echa a andar no hay quien lo pare.

No recuerdo el momento en el que comencé a sentirme una privilegiada. Pausando habitual frentetismo cotidiano, Pueblo Inglés proporciona la oportunidad de, en mitad de un paraje bellísimo, olvidar lo demás y centrarse en conocer a gente de todos los rincones del mundo y aprender. ¿Inglés? Por supuesto, pero no exclusivamente. Construyendo esta atmósfera irreal, se logra algo muy real: quizás un par de amistades que conservar y sí, una notable mejora del idioma que cumple con las expectativas. 

"El programa, oficialmente, ha acabado. Tengo que deciros que a partir de ahora, si queréis, podéis empezar a hablar en español". Tras ocho días de actividades, diversión, aprendizaje (y sueños) en inglés, los españoles regresaron al autobús decididos a desoír las indicaciones de la directora. Puede que yo también soñara en inglés... pero jamás recuerdo los sueños. 

En Chic

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