
Ginebra no es una ciudad para todos los públicos, o al menos no para aquellos que busquen el bullicio desordenado de las capitales mediterráneas. En la ciudad suiza, cada detalle, desde el mecanismo de un reloj de alta gama hasta la disposición de las cortinas en un restaurante, parece responder a un orden superior, casi metafísico. Así lo explica Carmelo Jordá en el último episodio de El Placer de Viajar, donde ha dibujado un retrato preciso de la capital del Ródano, destacando su capacidad para conjugar el lujo más absoluto con una austeridad de raíces profundamente religiosas.
El lago Lemán: el corazón que marca el ritmo
La geografía de Ginebra es indisociable de su carácter. Situada al oeste de Suiza, casi abrazando la frontera francesa, la ciudad se vuelca por completo sobre el lago Lemán, el más grande de Europa Occidental. Para Jordá, esta masa de agua no es un simple accidente geográfico, sino un elemento que dota a la ciudad de una luz y una apertura singulares: "Siempre que una ciudad tiene lago, tiene una luz distinta, otra apertura, otro horizonte".
Uno de los símbolos más potentes de esta presencia acuática es el Jet d'Eau, ese surtidor que lanza agua a 140 metros de altura. Aunque hoy es una estampa de postal, Jordá recuerda que su origen se remonta a 1886, lo que añade un valor histórico a la maravilla técnica. Pero si algo define la relación de los ginebrinos con su lago son los Baños de Paquis. Ubicados en un espigón, estos baños ofrecen una experiencia que el periodista califica de "lujo caducado" o decadente, que contrasta con el brillo del resto de la urbe: "Era un rollito decadente que le hacía mucha gracia y que contrastaba mucho con una ciudad en la que todo parece de lujo".
La huella de Calvino y el espíritu del orden
No se puede entender Ginebra sin acudir a la historia de la Reforma. La sombra de Juan Calvino sigue proyectándose sobre las calles empedradas de la ciudad vieja. Jordá describe la zona alta como un enclave de aire francés, pero marcado por una sobriedad que se manifiesta incluso en su arquitectura religiosa. Al visitar la catedral de San Pedro, el viajero se encuentra con un templo austero, fiel al espíritu protestante, que ofrece una experiencia en tres niveles: el místico del templo, el visual de sus torres y el histórico de su subsuelo romano.
Sin embargo, es el Muro de los Reformadores el que mejor sintetiza esa seriedad helvética. Jordá describe el monumento como un muro blanco, casi carente de adorno, donde las figuras de Calvino, Farel o Knox aparecen de forma hierática: "Están completamente tiesos, sin expresión en el rostro, en una representación completamente hierática del personaje". Es esta herencia la que explica anécdotas que hoy nos parecen sorprendentes, como el hecho de que hasta hace pocos años la ley prohibiera que desde la calle se viese a la gente comiendo en el interior de los restaurantes para evitar ostentaciones.
Relojería: la artesanía como religión
Si el calvinismo puso las bases del carácter, la relojería puso la precisión. Ginebra es el epicentro mundial de la alta relojería, una industria que Jordá defiende como un arte mecánico frente a la obsolescencia del cuarzo. La visita al Museo Patek Philippe es, según el periodista, obligatoria para comprender por qué Suiza es Suiza. En este sentido, rescata una de las campañas publicitarias más célebres de la marca, que resume a la perfección la mentalidad de ahorro y legado de la sociedad ginebrina: "Un reloj Patek Philippe nunca es tuyo del todo; tuyo es el privilegio de guardarlo hasta la siguiente generación".
Esta idea de la transmisión de valores y de la inversión a largo plazo es la que impregna cada rincón de la ciudad. Desde los neones de las grandes marcas que coronan los edificios históricos —una mezcla que en Ginebra, curiosamente, no resulta estridente— hasta las sedes bancarias donde se gestionan las grandes fortunas del globo.
En definitiva, Ginebra se presenta como un destino para el viajero que busca tranquilidad y excelencia. A pesar de su fama de ciudad cara y estirada, la crónica de Jordá revela una urbe extremadamente agradable para el paseo, donde el transporte fluvial funciona con la precisión de un reloj y donde el tráfico es casi inexistente. "Hay una percepción cuando estás por allí de que ese es un sitio rico, de que aquí son otras realidades", concluye el periodista, invitando a los oyentes a descubrir este refugio de orden y libertad en el corazón de Europa.
El "mar de olivos" que desafía al olvido
Frente a la pulcritud suiza, el viaje nacional en este episodio de El Placer de Viajar aterriza en una de las capitales más injustamente desconocidas de Andalucía: Jaén. Kelu Robles defiende con pasión una provincia que, a menudo, queda a la sombra de sus vecinas Granada o Córdoba, pero que atesora una densidad patrimonial y gastronómica difícil de igualar. Para Kelu, la llegada a la ciudad es una experiencia hipnótica marcada por un paisaje transformado por el hombre: "Es un paisaje increíble, un mar de olivos que te recibe mientras ves esa inmensa montaña leonada que describió Alejandro Dumas", señala, haciendo referencia a la silueta del cerro donde se asienta el imponente Castillo de Santa Catalina.
La historia de Jaén es, en palabras de la periodista, un "gran resumen de civilizaciones". Desde los íberos, a quienes se dedica un museo de vanguardia inaugurado en 2017, hasta las huellas de Aníbal y las tropas napoleónicas, la ciudad ha sido escenario de pactos y asedios legendarios. Robles destaca especialmente la visita a la Catedral de Jaén, una joya del Renacimiento que guarda el Santo Rostro y que sirvió de inspiración para muchas catedrales americanas: "Es realmente sorprendente por su tamaño; hasta que no llegas a la cruz del castillo no eres consciente de que la catedral es enorme". Además, subraya el valor de sus baños árabes, los más grandes de Europa, descubiertos casi intactos bajo un palacio renacentista.
Pero Jaén es, por encima de todo, una experiencia para el paladar que va mucho más allá del tópico. Robles describe una ciudad donde la cultura del tapeo y el desayuno se vive con devoción, desde los "tallos" (churros) de madrugada hasta platos de resistencia como los andrajos o la pipirrana, elaborada tradicionalmente en cuencos de madera para mantener la solera. Como nota de color, la periodista rescata una anécdota que define el carácter de la ciudad: el "jamón indultado" de la taberna El Gorrión, una pieza que sobrevivió a la Guerra Civil y que hoy se expone en una vitrina. "Es una ciudad donde te puedes volver loco en lo gastronómico", sentencia Robles, recordando que Jaén es la urbe española con más estrellas Michelin por metro cuadrado.
