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Katy Mikhailova

Ser barbudo está de moda

La realidad es que las masas no entienden ni quieren entender de calidad. Buscan la satisfacción inmediata.

Katy Mikhailova
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La barba está de moda. Y eso se ha demostrado la semana pasada, cuando veíamos que la única bandera que había ganado no era la de Austria sino la multicolor, presente por doquier entre el público del festival de Eurovisión en la gala de Copenhague. Y esa era la bandera gay.

Es increíble pensar que toda Europa haya votado a semejante especimen. ¿Él? ¿Ella? <Ello>, me contestó el marido de una amiga, que a pesar de ser ingeniero aeronáutico, el sentido del humor no le abandona cuando apela al cantante.

De habérsela afeitado, -me refiero a la barba-, Conchita Salchichita no habría ganado. Fue, por tanto, su símbolo. La razón por la que ha conseguido ganar. Sin la barba, Conchita no es nada. En unos años, podrá quitársela. Podrá volver a ser hombre. Podrá salir del armario o volver a entrar. Podrá casarse con una mujer, o con un hombre; quizá con varios. Pero la barba ha tenido que ser su trampolín a la fama que, una vez conseguida, puede ir poco a poco convirtiéndose en mera pelusilla, hasta, eventualmente, desaparecer, quién sabe.

No es la primera ni la última vez en la que un artista –o líder en general– precisa de un signo, un símbolo distintivo para diferenciarse del resto.

El mostacho de Hitler era un símbolo de autoridad, poder, fortaleza. No concebimos al dictador alemán sin tal estética. A la vista está que las cejas de Zapatero pertenecían a la estética de la ética socialista. Cejas que no eran solo un simple mechón de pelo, sino que pasaron a formar parte de un lenguaje no verbal de todo un colectivo, de toda una ideología que ha arruinado España. Cuales sordomudos, los actoruchos de pacotilla, que posteriormente fueron recompensados por la dulce Sinde, utilizaban los dedos de una mano para simular una ceja a lo ZP. Y, por cierto, ¿dónde están todos esos actores? Fran Perea, Concha Velasco, Ana Belén, Miguel Bosé… Pues fíjense que en 2010 la Unión de Actores y la Comisión de Trabajo de la Asamblea de la Profesión se quejaba de que estaban hartos de que les llamasen "los actores de la Ceja". Ahora pretenden renegar de lo que fueron. Primero, pidan disculpas. Después, ya veremos si dejar de asociarles a dicho movimiento más que lamentable.

En el mundo de los artistas tenemos a David Bisbal y sus rizos. Claro que al menos el almeriense algo de talento reconocido tiene, no lo vamos a negar. Ara Malikián, el famoso violinista libanés, de no haber sido por sus pelos de loco, a lo gitano, tampoco estaría donde está probablemente. Como me decía recientemente en una comida un buen amigo que se dedica a la representación de intérpretes de música clásica: "Ara… Ara lo que tiene son esos pelos". Claro que tampoco menospreciaré su virtuosismo, amén de que se inventa la mitad de los pasajes de Paganini, pero eso son temas mayores.

La realidad es que las masas no entienden ni quieren entender de calidad. Buscan la satisfacción inmediata que se ve gratificada con mucha rapidez cuando hay una identidad concreta, fácil de reconocer y de retener en el cerebro.

No diremos que lo de Edgar Davids fuera un capricho. El centrocampista que durante años jugó en la selección nacional de Holanda es más conocido hoy por sus gafas que por otras cuestiones futbolísticas. Gafas y trenzas también, por cierto. A pesar de que tal símbolo distintivo no era más que una prescripción médica.

Karl Lagerfeld no es más que un loco extravagante vestido como si todos los días fuera Halloween, y cuyo talento es más que discutible. Pero se ha convertido en un icono; se ha convertido en un "genio". Hasta tal punto es la fiebre por Karl que se venden camisetas con su cara. Incluso él mismo ha sacado su propia línea de moda en cuyos complementos su rostro está esculpido, cual David de Miguel Ángel.

En suma, a las personas, sobre todo cuando viven en y de la ignorancia, les divierten y les excitan los personajes. No les vale un mortal normal y corriente; necesitan algo a lo que idolatrar, de lo que reír, a lo que imitar.

Conchita o Tom –quizá Ello- no es más que un cantante del montón, con afinación musical y cierta voz. Pero la canción con la que participó es una auténtica bazofia, a la par que su estética: una mera estrategia de marketing para escalar. Triunfo conseguido. Me pregunto hasta cuándo el "todo vale" va a seguir imperando en esta sociedad. Me pregunto, pero no encuentro respuesta.

Directora y presentadora de esModa y colaboradora de Es la Noche.

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