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50 sombras vulgares

50 Sombras de Grey ha terminado, pero ha dejado su nefasta impronta en una generación y una mentalidad.

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50 sombras liberadas | Universal

Ya ha pasado San Valentín y el estreno de 50 Sombras de Grey: sí, podemos respirar con tranquilidad. Me cuesta entender el éxito de este libro y de su posterior película. Más lo primero que lo segundo: porque la basura zampada en 1 hora y media se digiere con más rapidez si se compara con las horas -muchas o pocas- que hay que dedicarle al libro. Un libro, eso sí, escrito con un lenguaje llano y simple: vamos, para los que están acostumbrados a leer a Cortázar o García Márquez.

Ocurre después que con el libro de éxito y con su posterior versión cinematográfica crean modas y tendencias, marcando una generación y una mentalidad. La primera parte de la película la vi a medias un día en que el no encontré nada en la tele y con gripe en el sofá, la combiné con tareas del móvil, y el televisor de fondo. Una porquería. El argumento de la película y los burdos y soeces valores que se persiguen, en el que se hace apología, y se vende como algo "normal" y además "cool", el aceptar lujos a cambio prácticas sexuales basadas en el sadomasoquismo.

Lo encuentro muy extraño cuando en una sociedad como la actual empiezan a imperar las tendencias del feminismo con los #MasMujeres, los #MeToo y los #TimesUp para oponerse al machismo. Encuentro, pues, en esta línea, 50 Sombras de Grey como la denigración de la mujer que es incapaz de obtener esos coches caros -uno de los "regalos" de Grey- por su propio mérito profesional.

No estoy entrando en el debate de las costumbres sexuales de cada uno: cada persona es libre de hacer con su vida íntima lo que le plazca, mientras respete a los demás. Sin embargo, triturar y disfrazar la prostitución empleando una máscara de amor y placer -como cuando los niños no comen tomates y hay que conseguir que los coman de cualquier forma, pasando esta verdura por un Ketchup natural- me parece lamentable. Miles de individuos, sobre todo los más jóvenes, tragan y disfrutan de esa nueva filosofía aceptando, así, sin lógica ni sentido, que la mujer ofrezca su cuerpo y el hombre le devuelva regalos.

No entraré en la moda del látex y los cueros, pues esto, fuera del ámbito de Alexander Wang y Versace -que saben hacerlo con mucha clase- provoca vómitos y disgustos. El fin de semana pasado que se celebraban los carnavales dejaba más de un esperpento, en modo "disfraz", congelado en el tiempo virtual de Instagram. Puedo empezar por los disfraces imitando a Cristina Pedroche, pasando por el clásico atuendo de gatita o perrita salvaje, ya saben, por si las moscas y los moscones.

Hasta para disfrazarse hay que tener un poco de ética, sentido común y elegancia; y como carezco de lo segundo para los disfraces, prefiero quedarme en pijama viendo La Peste. Una gran serie, por cierto, en donde podemos ver al genial Paco León en un registro nada que ver con el humor y la comedia a la que le asociamos. Sería aun más interesante si algunos actores vocalizaran algo mejor, ya que a ratos desconecto totalmente. Y retomando el tema del pijama: si algo me encanta del invierno es que, con el abrigo adecuado, puedes salir a la calle a comprar algo y no desentonar demasiado -leído en un meme de Cabronazi-.

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