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Martingala: homenaje a las causas perdidas

Vivimos rodeados de accesorios que debemos humanizar, mientras cosificamos humanos y emociones.

Vivimos rodeados de accesorios que debemos humanizar, mientras cosificamos humanos y emociones.
Martingala: homenaje a las causas perdidas | Gtres

Perder la dignidad es un concepto sobrevalorado y hasta arcaico. Lo que de verdad fastidia es perder un paraguas. Abramos un melón y rindamos un homenaje a todos esos paraguas perdidos y directamente traspasados sin la voluntad de su propietario. No hay nada más sostenible que olvidar un paraguas para que otro lo disfrute. Y es que en Madrid no para de llover, y yo no encuentro ninguno de mis paraguas. Pasa como con los mecheros, los bolígrafos y las gomas de pelo. O el dinero que uno se deja en el casino, martingala mediante. No estaría de más plantearse adherir a los paraguas y otros enseres un "AirTag" de Apple para geolocalizar ese objeto tan preciado.

Vivimos rodeados de accesorios que debemos humanizar, mientras cosificamos humanos y emociones. Esos objetos compañeros hacen la vida más habitable. El arte tiene sentido cuando lo más básico está cubierto. Los escaparates se llenan de chubasqueros y otros complementos perfectos para este -entre- tiempo.

Y mientras descubrimos que Irene Montero abrazaba sin conciencia alguna a señoras mayores a sabiendas de que ella padecía COVID, podemos teorizar sobre el "black friday": cómo vivimos anestesiando nuestras almas gracias al consumo, y cómo decoramos nuestros desnudos morales con ropa. Nos subimos en unos tacones para elevar nuestras almas. Empolvamos nuestros rostros para sonreír con atractivo. Perfumamos nuestros cuerpos porque nos hemos olvidado a qué huele el amor (o la verdad, que en esencia es lo mismo).

Atravesamos una gran y enorme causa perdida, que es nuestro vacío existencial. Una ausencia de sentido que otros, sin "viernes negro y económico", ahogamos desahogando nuestras penas en una copa de vino. U otro fermentado que destila las penas del pasado. Porque beber un vino es viajar al pasado en gerundio: catar añadas de viñedos que durante meses permanecen en barricas y botellas. ¡Qué poco dura el tiempo -o la felicidad-!

Una martingala, según los académicos, es "una secuencia de variables aleatorias en la que la esperanza condicional del siguiente valor de la secuencia es igual al valor presente". La diferencia entre la decepción y la desilusión, es que la segunda uno la crea. Diseñamos ilusión con el riesgo de perderla. En la decepción, solo juega la objetividad y -ciertos- valores universales.

Para todo lo demás, siempre nos quedará la "quinta esencia", que es el aroma a meada de gata estresada porque absorbe la energía de su dueña. No sé en qué hora ni con qué pretexto pero mi Cibeles decidió orinar sobre mi edredón este pasado jueves. Tuve que volverme loca buscando un edredón nuevo en Goya, porque sin edredón no hay paraíso. Pertenezco a esa extraña parte de la sociedad que necesita edredón nórdico en verano y en invierno: en el primer caso, con 18 grados gracias al aire acondicionado (que es el mínimo de mi aparato). Que me perdonen los ecologistas, pero mi cuerpo lleva sometido a un constante cambio climático desde que he nacido. Y solo puedo pensar en las muchas cosas -y causas- perdidas. Porque en una realidad paralela la ilusión ha gobernado sobre la decepción. Y ha triunfado la espontaneidad de seguir jugando.

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