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Katy Mikhailova

Amar en tiempos de látex

Corren malos tiempos para el romanticismo, ni para el textil ni para el del látex.

Sube el precio de los preservativos | Unsplash/Sasun Bughdaryan

Entre la subida del látex a consecuencia de la guerra de Irán y el descenso del deseo, hay algo más que una cuestión de precios. El preservativo, ese gesto mínimo que durante años simbolizó la libertad, la prevención y hasta cierta ligereza, empezará a notarse en el bolsillo.

No es que dejemos de desear, es que empezamos a calcularlo. El amor, el sexo, el encuentro; todo entra en una especie de contabilidad emocional donde nada es exactamente espontáneo. Y en medio de esa lógica —la del coste, la del ajuste, la del "ya veremos"— una también empieza a revisar otras cosas. El cuerpo. La ropa. Lo que ya no encaja.

Hoy, por ejemplo, he tirado unos vaqueros. No unos cualquiera. Unos de esos que ya no deberían existir pero existen porque una se empeña en que sigan existiendo.

Los llevé ayer por última vez. Hoy me los he vuelto a poner, como quien se despide sin decirlo en voz alta. Me han mirado, los he sentido en el cuerpo y he entendido que esto era un final —porque todo tiene su final como canta el cubano Willie Colón, que en paz descanse—. Un final: uno pequeño, doméstico; pero final, al fin y al cabo. Finito infinito.

Tirarlos ha sido un acto entre heroico y triste; como bloquear a alguien que todavía te gusta. Como entender que algo ya no te sostiene aunque tú quieras seguir sosteniéndolo. Sin escarmientos. Y aquí me planto pensando en los objetos compañeros. En esos compañeros de viaje que son extensión, memoria, cuerpo, historia. Y hay algunos que no se heredan ni se donan: o son tuyos o no son de nadie.

El mayor fabricante mundial de preservativos anuncia subidas de precios de hasta el 30% por la guerra de Irán

¿Qué pasa en la mente de una persona en ese instante mínimo en el que decide romper con algo así? ¿Y qué se rompe realmente: el objeto o la versión del sujeto que vivía dentro de él?

Corren malos tiempos para el romanticismo, ni para el textil ni para el del látex. Encontrar el pantalón perfecto es misión imposible. Ese que te recoge, te eleva, te ordena, te promete una versión mejor de ti misma. O, explicado de una manera más gráfica: el que levanta el ánimo y los glúteos, te aplana el abdomen y tus miedos, te dibuja una cintura donde antes había dudas. Toda una coreografía entre ética y estética, entre ser y parecer ser.

Y, sin embargo, a veces no es que el pantalón no te valga; es que la historia ya no encaja en ese corte. Demasiado relato para un patrón que se ha quedado corto e inseguro, demasiado presente para un pasado que aprieta.

Con la ruptura empieza la búsqueda: digital o física, Tinder o tienda, catálogo infinito, tallaje emocional, disponibilidad inmediata, entrega en 24 horas, devolución gratuita —y usted solo ha perdido su tiempo—; habrá uno perfecto. Si es que la perfección existe. ¿Y qué es la perfección sino un acuerdo inestable entre expectativa y realidad, entre ego y alma, inseguridad contra la valentía, entre carencia y abundancia, ese punto exacto en el que algo te queda bien por dentro y por fuera a la vez?

Mientras tanto, amar se ha convertido en un lujo caro: primero porque hay que saber hacerlo, segundo porque hay que encontrar a alguien que también sepa y tercero porque incluso el intento empieza a cotizar al alza. Y es que la geopolítica entra en la cama y el látex sube un 30%, el deseo indexado a la factura, el amor después del amor con IVA y suplemento.

En medio de todo, la cornada de Morante y el titular de Eduardo Casanova —"un viaje de 10 centímetros en el recto no es nada; a partir de 20 pasas una noche toledana..."— dejan a una entre la reflexión y el desconcierto. Tal como está el precio del látex, hasta la provocación empieza a tener lectura económica. Aquí sube todo, también la inconsciencia. Y aun así, convendría no olvidar la gomita, Eduardo: por responsabilidad, por estética y casi por coherencia narrativa. Aunque quizá eso, cuando el delirio se financia como sus películas —"gatillazo" mediante en taquilla—, pasa a ser un detalle menor. Fíjese qué curioso que el Ministerio de Cultura ponga más de 300.000 y usted no alcance los 20.000. Así, claro, sus 20 toledanos pasan inadvertidos.

Como Morante, no puedo evitar pensar también en Andrés Roca Rey, en la fragilidad del cuerpo, en el valor de quien se pone delante de la vida sin red; un amigo que ha estado ahí en momentos importantes de mi trayectoria, alguien al que le tengo un cariño inmenso. Porque al final, entre la broma, el exceso y la ironía, siempre aparece lo esencial: Dios, el duelo, la vida. Y esa forma tan humana de inspirarnos, incluso cuando todo —el cuerpo, el amor o unos simples vaqueros— parece romperse un poco.

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