
Escribo estas líneas desde Salamanca. La ciudad, no el barrio. La original. La que existía antes de que Madrid decidiera apropiarse del nombre de un marqués y llenarlo de bolsos, Uber y personas que pronuncian la palabra "experiencia" demasiadas veces al día. Salamanca está tomada por turistas. Me fascinan los turistas. No como fenómeno económico. Como especie. Uno los detecta a cincuenta metros aún siendo miope. Tienen la misma capacidad para orientarse que una paloma después de una despedida de soltero. Caminan en grupos compactos. Se detienen en seco sin previo aviso. Bloquean calles enteras para fotografiar una puerta que jamás volverán a mirar.
Llevan zapatillas preparadas para conquistar el Everest aunque su mayor reto físico vaya a ser encontrar una terraza libre para tomar un Aperol Spritz a catorce euros. Cargan mochilas con más cremalleras que secretos tiene un ministro. Y beben agua constantemente. No sé qué creen que ocurre en España. A veces sospecho que aterrizan convencidos de que entre Madrid y Salamanca existe una travesía equivalente a un desierto. Los observo desde una cafetería al lado de la Catedral —o las Catedrales, porque son dos— mientras fotografían fachadas, campanas, escaparates, perros, bancos, estatuas y, si les das tiempo suficiente, probablemente también fotografiarán a otro turista fotografiando una papelera.
Y entonces abro Instagram. Error. Instagram se ha convertido en una versión digital del turismo de masas. Las mismas playas. Los mismos hoteles. Las mismas canciones. Los mismos toros. Las mismas caras. Las mismas poses. Y, por supuesto, el mismo concierto. Empiezo a sospechar que Bad Bunny lleva en España aproximadamente el mismo tiempo que los romanos.
En mitad de semejante desfile de uniformidad aparece una imagen inesperada. La selección de la República Democrática del Congo llegando al Mundial. Mientras medio planeta aterriza vestido de marca, ellos aterrizaron vestidos de identidad. Trajes negros. Camisas blancas. Corbatas negras. Y una banda diagonal de estampado leopardo atravesándoles el pecho como si alguien hubiera decidido recordarles quiénes son antes de bajarse del avión. Espero que Isabel Coixet les perdone —por eso de su aversión con animal print—. No parecían futbolistas. Parecían jefes de Estado. Parecían diplomáticos. Parecían una idea. España, por su parte, llegaba vestida de Loewe. Y me parece perfecto. Porque si alguien tiene derecho a representar España desde la inteligencia estética es Loewe. Lo interesante no es quién iba mejor vestido. Lo interesante es que ambos países sabían exactamente qué estaban contando.
Durante años nos vendieron la globalización como una fiesta maravillosa. El resultado ha sido bastante menos emocionante. Mismos viajes, mismas zapatillas, mismos filtros, mismos cuerpos y mismas opiniones recicladas cada cuarenta y ocho horas. La diversidad terminó pareciéndose sospechosamente a un catálogo. Por eso me gustó tanto la fotografía del Congo. Porque en una época obsesionada con parecer internacional, alguien tuvo la osadía de parecerse a sí mismo.
Mientras termino esta columna, un turista acaba de fotografiar una papelera. No exagero. Acaba de ocurrir. Y otro lleva calcetines con sandalias. Quizá él sea el verdadero revolucionario de nuestro tiempo. Los miro y, de repente, siento cierta simpatía. Al menos ellos siguen buscando algo. El problema de nuestra generación no es perderse. Es mucho peor. Es llegar exactamente donde queríamos e identificar que por el camino nos hemos convertido en una copia de todos los demás. Los Leopardos del Congo, en cambio, llegaron vestidos del Congo. Y eso, hoy, es prácticamente imposible.
