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¿Está a punto de llegar el temido 'Big One'?

Cada cierto tiempo se especula con la inminente llegada de un seísmo capaz de derrumbar Los Ángeles. ¿Qué hay de cierto?

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Falla de San Andrés | Wikipedia

Cada cierto tiempo se especula con la llegada del bautizado como Big One: un enorme terremoto en las cercanías de Los Ángeles, con gran capacidad destructiva, que afectaría a buena parte de California. Sus habitantes, habituados a los frecuentes movimientos sísmicos, lo saben bien y están acostumbrados a seguir los consejos de seguridad cuando llega un temblor. Pero en las últimas semanas, el miedo aumentó: el motivo, una alerta lanzada desde el servicio de emergencias del gobernador de California que avisaba de la posibilidad de un seísmo de al menos 7 grados en fechas próximas. La alarma fue finalmente retirada y el Servicio Geológico de Estados Unidos indicó que "la probabilidad de que ocurra un gran terremoto al sur de la falla" había vuelto a sus "niveles típicos a largo plazo". ¿Pero qué significa eso exactamente? ¿Y por qué saltó la alerta?

California es una de las zonas geológicas calientes del planeta: la recorre la falla de San Andrés, la gigantesca grieta que separa las placas norteamericana y del Pacífico, cuyo contacto provoca numerosos movimientos sísmicos. No es la única falla en la zona, aunque sí la mayor. En realidad, la costa californiana está surcada de fallas de distinto tamaño, las culpables de los pequeños temblores que ya apenas inmutan a sus habitantes, para los que movimientos de 4 o 5 grados son relativamente habituales. La de San Andrés, la mayor, recorre la región de punta a punta, desde el sur, en la frontera con México, hasta San Francisco.

El origen de la alarma estuvo en una serie de pequeños terremotos detectados al sur del estado. Aunque los servicios geológicos registran terremotos casi a diario, a finales de septiembre su frecuencia aumentó significativamente, lo que hizo que desde la oficina del gobernador se lanzara el aviso de que podría producirse un gran seísmo. En realidad, la situación no es nueva: en el último año se han vivido varios momentos similares y también han sido varios los científicos que han afirmado que un terremoto de grandes dimensiones está a punto de llegar. El más elocuente fue el geólogo Thomas Jordan, que en mayo pasado aseguró, en la conferencia Nacional de Terremotos en Estados Unidos, que está "bloqueada, cargada y lista para moverse".

Jordan aludía a la tensión acumulada en la falla y que está en el origen de los terremotos más destructivos. En las zonas de contacto entre dos placas se produce una presión entre ambas que puede desembocar en el deslizamiento de una sobre otra, lo que provoca el movimiento sísmico. En principio, cuanta más presión se acumule en un punto de contacto entre dos placas, más potente puede ser el terremoto. Épocas de relativa calma en un punto "caliente" de una zona sísmica puede traducirse en un gran seísmo, puesto que se habrá acumulado más tensión en la zona. Eso es, precisamente, lo que se teme en California: los expertos apuntan a que la falla de San Andrés sufre un gran terremoto, de 7 grados o más, cada 300 años aproximadamente, y estiman que la franja sur no ha liberado la presión desde 1690: son 326 años.

Fue precisamente la zona sur de la falla la que registró la acumulación de pequeños terremotos. Aunque se lanzó la alarma ante la posibilidad de que se tratara del preludio de un movimiento mayor, otros científicos consideran que en realidad esa serie de seísmos podrían ser beneficiosos porque pueden ayudar a liberar tensión en la falla. La situación, en cualquier caso, es prácticamente impredecible: aún no se ha diseñado un sistema que nos advierta de su llegada con el tiempo suficiente como para evitar víctimas.

El geólogo Emilio Carreño, director del Instituto Geográfico Nacional, es claro al respecto: "Hoy por hoy, lo que se conoce como predicción sísmica –es decir, ser capaces de predecir un terremoto en función de la fecha, el lugar y la magnitud– no existe". Sí es cierto que en puntos de gran actividad sísmica, como la falla de San Andrés o las costas de Chile o Japón, se puede aventurar la probabilidad de un terremoto utilizando mediciones de GPS. Se trata de zonas, explica Carreño, donde los movimientos tectónicos registran grandes velocidades, con movimientos de hasta 60 milímetros por año frente al milímetro que, por ejemplo, al que se mueve la placa africana, junto a la península ibérica. "Disminuciones importantes del movimiento" pueden apuntar a que la energía en las placas se está acumulando, y es posible aventurar cuánto puede aguantar la estructura hasta que se rompa.

Un ejemplo reciente de la aplicación de estos estudios sobre energía acumulada se vivió con el reciente terremoto de Haití: observando la actividad en la zona y las velocidades de las placas, científicos auguraron un gran seísmo meses antes de que ocurriera. Pero, por el momento, es imposible acertar con el momento exacto.

Para las predicciones, los expertos también se sirven de estadísticas, como en el caso del Big One: pero las estadísticas, como recuerda Carreño, "también fallan". Y los registros, en cualquier caso, son ridículos si se comparan con la edad geológica de la Tierra.

En cualquier caso, está claro que hay pocas posibilidades de errar si se pronostica que países como Japón o Nepal van a sufrir un terremoto mayor que 6,8 grados en los próximos diez años. Y lo mismo ocurre con California: la velocidad de movimiento de sus placas, insiste Carreño, implica grandes acumulaciones de energía que pueden desembocar en grandes terremotos, algo que por fortuna no ocurre a ese nivel en otras zonas de choque de placas, como en la africana. De hecho, tanto Nepal como Japón también cuentan con su teoría del Big One: meses antes del destructor terremoto de Katmandú, geólogos advertían, basándose en métodos estadísticos, que estaba a punto de producirse un gran seísmo en el Himalaya. Y en Tokio también temen un Big One: la ciudad está construida en el lugar donde se cruzan tres placas tectónicas en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico. En 1923, un terremoto en la ciudad provocó más de 200.000 víctimas. Por los años transcurridos desde entonces, los científicos aventuran que otro podría estar al llegar.

Por desgracia, por el momento no se puede ir mucho más allá de estas vagas hipótesis aunque, según explica Carreño, se están haciendo avances en las distintas redes de vigilancia sísmica existentes en el mundo. El sistema denominado Early Warning System permite detectar la onda P de un terremoto instantes antes de que llegue la denominada onda S, de mayor amplitud y que es la que provoca los daños. Analizando la primera onda es posible augurar cuál va a ser el poder destructor del seísmo. Pero se trata, en cualquier caso, de predicciones con pocos segundos de antelación: podrían ser clave para detener centrales nucleares o eléctricas, por ejemplo, pero no para poner a salvo a toda una población.

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