
En un contexto marcado por el aumento del consumo de comida rápida y productos industriales, el movimiento conocido como Real Fooding ha ganado protagonismo como respuesta a los hábitos alimentarios actuales. La tendencia, impulsada en gran medida a través de redes sociales y respaldada por algunos profesionales de la nutrición, propone priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados frente a los ultraprocesados.
Aunque pueda parecer una moda reciente, el debate sobre alimentación saludable y sostenible tiene décadas de recorrido. Ya en los años ochenta, organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) impulsaban el concepto de dieta sostenible: aquella que reduce el impacto ambiental, protege la biodiversidad y resulta nutricionalmente adecuada.
Sin embargo, el ritmo acelerado de vida en las sociedades occidentales ha favorecido un cambio en el patrón de compra. Los consumidores han pasado de adquirir ingredientes básicos a llenar sus cestas con productos elaborados, muchos de ellos con largas listas de ingredientes y un alto grado de procesamiento.
Qué es la "comida real"
El concepto de Real Food no se define como una dieta concreta, sino como un estilo de alimentación basado en productos en su estado natural o con un procesamiento mínimo que no altere su calidad nutricional.
Entonces, ¿qué se puede comer? Dentro de esta clasificación se incluyen frutas, verduras, legumbres, frutos secos, semillas, tubérculos, huevos, carne y pescado sin procesar, leche fresca, así como hierbas y especias. También se consideran "buenos procesados" aquellos alimentos que han pasado por técnicas de conservación como la pasteurización, congelación o envasado, pero mantienen intactas sus propiedades, como el aceite de oliva virgen extra, el yogur natural o las legumbres en conserva.
El problema de los ultraprocesados
En el extremo opuesto se sitúan los ultraprocesados: preparaciones industriales elaboradas a partir de ingredientes refinados y aditivos. Suelen contener azúcares añadidos, aceites refinados, harinas refinadas, potenciadores del sabor y otros componentes diseñados para mejorar textura, sabor y conservación.
Entre los ejemplos más habituales figuran la bollería industrial, los refrescos azucarados, los snacks salados, los cereales de desayuno refinados, las pizzas precocinadas o los yogures azucarados.
Estos productos suelen reconocerse por envases llamativos y mensajes publicitarios como "rico en fibra" o "0 % azúcares añadidos". No obstante, los expertos insisten en que el análisis debe centrarse en la lista de ingredientes, no en el frontal del envase.
Cómo detectarlos en el supermercado
Una de las principales recomendaciones es revisar la lista de ingredientes, que por ley debe aparecer ordenada de mayor a menor cantidad. Si el azúcar figura entre los primeros puestos, el producto tiene una alta proporción de este componente.
También se aconseja desconfiar de productos con más de cinco ingredientes, especialmente si incluyen términos poco habituales en una cocina doméstica, como maltodextrina, jarabe de glucosa, grasas hidrogenadas, aceite de palma o diversos aditivos.
Otro indicio práctico es la ubicación en el establecimiento. Los alimentos frescos suelen concentrarse en el perímetro del supermercado —frutería, pescadería, carnicería—, mientras que los ultraprocesados predominan en los pasillos centrales.
Más equilibrio que perfección
Pese a la firme postura frente a los ultraprocesados, la mayoría de especialistas coincide en que no se trata de eliminar por completo estos productos, sino de reducir su presencia en la dieta. La llamada regla del 80/20 propone que la mayor parte de la alimentación se base en comida real, dejando un margen ocasional para productos menos saludables.
El movimiento Real Fooding, más allá de etiquetas o tendencias digitales, plantea así una vuelta a los ingredientes básicos y a la lectura crítica del etiquetado. En un entorno dominado por el marketing alimentario, la información nutricional del reverso del envase se convierte, según sus defensores, en la herramienta más eficaz para tomar decisiones informadas en el supermercado.

