
Paseaba por la Cuesta Moyano, un sábado de octubre por la mañana, con un grupo de amigos, después de haber desayunado en El Brillante, a veces lo hacemos, aunque no sin protestas de los más castizos, en el McDonald's de Atocha, esquina Paseo del Prado. Hablábamos unos con otros. Las conversaciones se cruzaban. No había forma humana de seguir con atención una de ellas. Todos queremos participar en todas. Y todas, sí, las interrumpe el señor Decano, cuando le viene en gana. Siempre pasa en estas reuniones de ácratas sin remedio. Unidos solo por la amistad. Cuidamos de la amistad y, de paso, compramos libros de viejos y, si se tercia, algunos nuevos. Pues eso, amigos, en este delicioso guirigay en el que estoy metido casi todos los sábados del año, hubo una voz dominante, la de Manolo el del Atleti, más castizo que la Cibeles e irredento "socialistón" del barrio de Tetuán, quien se lanzó a recitarnos unos versos de Pedro Salinas:
