
Sencillo y al pie. Hoy me ha sucedido algo curioso. Me han llamado de todo en mi vida, pero nunca me habían insultado con la palabra ejecutivo. ¡Fantástico! No, no, real como la vida misma. Madrid ha sido el lugar del pequeño acontecimiento. Llamarle atropello es demasiado. Salgo del metro de Callao. Porto una carterita negra de poliéster donde guardo mi ordenador portátil y un cuadernillo de notas y apuntes. Nada que se parezca a esos maletines de los señores de las grandes empresas del IBEX o cómo se diga. Voy por la calle Abada, cruzo la de Mesoneros Romanos, y cuando llego a la plaza del Carmen, camino de mi oficinita de trabajo que está próxima a este lugar, escucho una voz, casi un grito, que dice: Ejecutivo. ¡Quia! No imaginaba a un señor ejecutivo a esas hora en la Plaza del Carmen y menos que fuera yo. La leche.
Lucía un sol de Madrid a las once de la mañana. Todo era normal. Los taxis estaban en su parada reglamentaria. Unos pobres de solemnidad, en verdad, gentes harapientas, venidas de lugares lejanos, comían tirados en el suelo, mientras hablaban entre ellos en una lengua extraña y otros utilizaban sus celulares. Los vengo viendo por aquí hace más de diez años. Son los herederos de los miserables de don Benito. También pudieran ser los protagonistas actuales de algún esperpento de Valle-Inclán Y, como siempre, había turistas que deambulaban de un lado para otro sin dejar de mirar sus teléfonos celulares. Todo, sí, era normal, pero algo se quebró al pasar yo por la estatua del inolvidable Pepín Fernández, pintarrajeada por malhechores. Fue entonces cuando oí la palabra: Ejecutivo. Tuve que girar mi cabeza para asegurarme de lo que había oído. Alguien me estaba llamando Ejecutivo. Dos jóvenes fornidos estaban sentados, o mejor, despachurrados, tomando el sol, en sendas sillas fijas del mobiliario urbano, y al pasar a su vera uno de ellos gritó "ejecutivo". Seguí mi camino sin pensar que se dirigía a mí, pero volvió a gritar: "Ejecutivo de mierda".
Entonces volví mi cabeza y vi que era un tipo musculoso. Me tragué mi orgullo y guardé el insulto para otra ocasión más propicia. ¡El agresor era infinitamente más fuerte que el agredido! La color de su piel era negra como el tizón. Me miró amenazante y yo, naturalmente, seguí mi camino hacia el pasaje de Montera. ¡Para qué les voy a comentar cuál fue mi primer pensamiento! Tampoco haré un canto a la cobardía de un españolito medio. ¡Confundir, precisamente, a mi persona con un señor ejecutivo! Pero la cosa no es para reír. Es para llorar de rabia e impotencia. No obstante, pensé en la ropa que llevaba puesta. Mi vestimenta era sencilla, pantalón gris, abrigo de cuadros, y una cartera de currante en mi mano derecha. Soy un ser anónimo más en el centro de la ciudad, pero un hombre negro, un tipo desgarbado, alto y fuerte me desprecia por ser un Ejecutivo. Terrible.
Sí, doblemente terrible, primero, porque no tuve agallas para llamarle Hijo de la gran puta a quien me insultaba a plena luz del día por ir correctamente vestido. Y, en segundo lugar, por no haberle dicho que los ejecutivos son tan personas como los albañiles o él mismo, un MENA de treinta años que toma el Sol en la Plaza del Carmen a costa de los currantes españoles… ¿Cómo no estar de acuerdo con la política de Trump? La actualización que ha hecho el presidente de los EEUU del "si vis pacem, para bellum" (si quieres la paz, prepara la guerra), atribuida a Vegecio, es grandiosa, frente a lo que opinan las almas bellas de quienes la consideran inconcebible. No es necesario volver a escribir Epitoma rei militaris para darle la razón a Platón: "Cuando entre griegos y bárbaros vengan a las manos, esa será en nuestra opinión una verdadera guerra; pero cuando sobrevenga una cosa semejante entre los griegos, diremos que es una enfermedad, una división intestina, la que turba la Grecia, y daremos a esta enfermedad el nombre de discordia".
