
Ha muerto Habermas. He recibido pésames de amigos y familiares. Son personas de mi entorno cercano que o bien han leídos mis ensayos o que conocen mis estudios y trabajos en Frankfurt al lado del filósofo. Yo trabajé con Habermas durante unos años. Fueron fantásticos e inclusos los he contado en algunos de mis libros. Ahí están relatadas mis grandes diferencias con este gran pensador, un kantiano a su pesar. Pero esto no es una necrológica sino un sencillo recuerdo, una nota de despedida al maestro y al amigo. Una buena persona. Y, de paso, una advertencia a todos los que me han dado el pésame por considerarme un "habermasiano". No; yo no soy habermasiano, si por tal se entiende ser un fiel seguidor de su Teoría de la Acción Comunicativa, clave de todo su pensamiento, aunque debo reconocer públicamente, en realidad, repetir lo que escribí al comienzo de los noventa, que la idea principal de Habermas, el hombre es comunicación antes que soledad, ha tenido un inmenso éxito en las sociedades occidentales.
Diría que esa directriz ha sido, desde 1981, fecha de la publicación de su libro, Teoría de la Acción Comunicativa, el gran placebo (sic) que ha encontrado Occidente ante su proceso de destrucción. El enfermo está muriéndose, pero los médicos no encuentran remedio para curarlo. Solo cabe el consuelo. Habermas ha sido para el mundo occidental, o sea para el mundo entero, su último gran alivio. Sin pretenderlo Habermas halló un sucedáneo, un Ersatz, de lo que necesitaba el mundo, un "chute" de realidad. A veces su teoría, injusto sería no recogerlo, no sólo tuvo en cuenta la praxis, la acción, la decisión de lo que es imposible justificar por vía argumentativa, sino que todo eso fue integrado, o mejor dicho, pretendía integrarse en un pensamiento postmetafísico, pero, al final, acabo claudicando ante el demoniaco espíritu del idealismo alemán: "pensemos como si (als ob) esto fuera real".
La filosofía de Habermas es, como dijera uno de sus primeros críticos, Robert Spaeman, una isla en el mar de la praxis… Una utopía. Eso siempre gusta. Nos exonera del trabajo del pensamiento. Acaso esté ahí la explicación de lo que dijo Ronald Dworkin, el gran filósofo del derecho, cuando Habermas cumplió ochenta años: no solo es el filósofo vivo más famoso del mundo, sino que "incluso su fama es famosa". De hecho, también lo sigue siendo en el siglo XXI. No ha habido un filósofo que tenga un grado de notoriedad comparable en todo el mundo. Habermas no era simplemente un erudito alemán de rango internacional, sino un intelectual global que se conocía tanto en Brasil como en Japón.
Una utopía, un pensamiento de carácter contra-fáctico, para fundamentar el consenso entre los hombres tiene muchos agujeros negros. Quizá irresolubles. Eso no significa que la abandonemos a su suerte. Merece la pena repensarla. Las bases tradicionales y religiosas, metafísicas al fin, de las sociedades han ido desapareciendo; en su lugar, se enseñorean el poder, el dinero y la administración que sólo pueden ser debidamente canalizados, amaestrados, con el desarrollo de las instituciones que promuevan el mejor argumento. Habermas quería volver a fundamentar la teoría crítica de la sociedad, ya no a través de la filosofía de la conciencia o los modelos de lucha de clases, sino a través del lenguaje, la comprensión y la racionalidad comunicativa. Para él, el punto de referencia de la crítica radica en el potencial de destrucción del propio discurso orientado a la comprensión. Las sociedades entran en crisis cuando el dinero, el poder y la administración colonizan el mundo de vida en el que las personas todavía se encuentran como oradores y oyentes, o sea con preguntas y respuestas. La libertad moderna solo se mantiene estable si sus instituciones están conectadas al poder del mejor argumento. Las normas morales solo son válidas si todos los interesados pueden estar de acuerdo con ellas en un discurso razonable.
Pareciera que tanto anhelo de consenso oculta algo obvio: la maldad congénita del hombre caído, del hombre. Millones de hombre y mujeres, liderados por políticos sin escrúpulos, han creído sobrevivir al engaño y la mentira, presentándose como seres auténticos, bondadosos y capaces de consensuar todo lo habido y por haber, lo humano y lo divino… Pero, ay, ese afán de comunicación no era otra cosa que su principal negación. Discutible es que en todo acto de habla esté contenida la pretensión de comunicarnos con los otros, pero aún es más inaceptable creer que solo hablamos para entendernos. Por mucho que apostemos por la luz de las palabras, sí, ellas también contienen obscuridad.
Tres experiencias tempranas, según reconoció Habermas y recogió su biógrafo Stefan Müller-Doohm, marcaron su vida intelectual. Son tres intuiciones que animaron todo su trabajo. Merece la pena recordarlas en la hora de su adiós, son las "mínimas moralias" que pudiera haber detrás de su Ética del Discurso, a saber, las operaciones quirúrgicas debido a la hendidura de su paladar, que le hicieron ver temprano la dependencia mutua de las personas; la discapacidad del lenguaje y las humillaciones asociadas, que agudizaron su sensibilidad por el entendimiento exitoso y fallido; y finalmente la experiencia de que la escritura ofrecía protección porque ocultaba el "defecto"e lo oral". Quizá de estas limitaciones o lesiones biográficas surgió uno de los textos filosóficos más potentes del siglo veinte: una teoría de la comunicación.
Nunca olvidaré su sonrisa, su gran risa de bondad y comprensión, cuando me propuso visitar y estudiar a otros dos filósofos alemanes, y yo elegí a sus dos grandes adversarios en esa época, Spaemann y Tugendhat. Era un hombre bueno. Descanse en paz, el maestro y el amigo.
