Menú

España y la democracia incompetente

No es la primera vez en la Historia de España que quienes toman de hecho las decisiones trascendentes, muestran una minuciosa incompetencia para discernir siquiera lo que sea a lo que llamamos bien común y convivencia.

No es la primera vez en la Historia de España que quienes toman de hecho las decisiones trascendentes, muestran una minuciosa incompetencia para discernir siquiera lo que sea a lo que llamamos bien común y convivencia.
Equilibrista en un momento de la representación de la obra documental 'Memoria en escena'. | EFE

El gran Tomás de Aquino, encaramado a los hombros de Aristóteles, sentenció: "Igual que la virtud se destruye por exceso y por defecto, así también alguien es incompetente por exceso y por defecto." Alguien o algo es incompetente para un quehacer cuando abordarlo dilapida su capacitación, superior a la requerida, para emprenderlo o cuando muestra menor aptitud o dignidad de la que se precisa para acometerlo. Cita, fíjense, para mostrar su argumento, a los infames, a los que niega la posibilidad de ejercer el oficio jurídico. Y no me refiero ahora a la condena de fiscal general alguno y/o de quien dependa y ya está.

No es la primera vez en la Historia de España que quienes toman de hecho las decisiones trascendentes, muestran una minuciosa incompetencia para discernir siquiera lo que sea a lo que llamamos bien común y convivencia. Fernando VII no podía entender tal concepto pero los liberales del Trienio y siguientes tampoco lo comprendieron a pesar de sus democráticos postulados teóricos y nos condujeron, uno y otros, a lamentables males comunes.

Desde entonces, cada vez que España ha intentado fraguarse como una democracia en su más pleno sentido, sus élites y sus oligarquías (la gente de a pie como máximo ha podido votar pero no decide nada importante) ha mostrado un alto nivel de incompetencia a la hora de fijar el interés nacional común capaz de unir en torno a sí a la inmensa mayoría de la población.

Fuese por el anticlericalismo enfermizo, por el caciquismo mezquino, por la incomprensión de la economía, por el egoísmo regional infeccioso, por la insensibilidad social o por el odio cainita sembrado en los unos hacia los otros y viceversa, la realidad nacional española nunca logró disponer de un talante democrático fuera de toda sospecha. Al contrario, predominaban los espadones o los doctrinarios que pretendían redimir a media España aniquilando a la otra media.

El antecedente más inmediato de esta incompetencia democrática fue la II República que, desde el principio, nació como un régimen político de parte, y no del todo. Como se ha puesto una vez más de manifiesto en el documental dirigido por Carlos Saura[i], censurado por la presidenta del Congreso, la izquierda socialista, comunista y anarquista se apropió de lo que debería haber sido un ensayo compartido de convivencia y alentaron la guerra civil que esperaban sirviera para exterminar del todo a sus adversarios.

Y la perdieron, dando paso a una dictadura, la de Franco, a la que se quiere convertir, falazmente, en el origen de todos los males nacionales sin mezcla de bien alguno. Nunca hemos asistido a una petición de perdón por parte de la izquierda española por aquella tragedia explícitamente deseada. Nunca se ha pedido perdón por tanto asesinato, tanto expolio, tanto robo de dinero público y privado, tanta plantación de odio e intransigencia.

Aquello de "paz, piedad, perdón" del final del discurso de Azaña del 18 de julio de 1938, cuando la guerra ya estaba perdida para el Frente Popular, es lo único que se ha constatado como una instancia tímida de reflexión, aunque el resto del discurso no rime bien con el pretendido propósito. Todavía hablaba de acabar la guerra "como nosotros queremos que se acabe".

Dos párrafos antes de aquella exclamación nunca llevada a la práctica, dijo algo que sigue sin reconocerse: "Es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día de mañana en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. "

"Todos sabemos ya quiénes éramos todos. Muchos se han engrandecido, otros, y no pocos, se han envilecido… siempre que se mire, encontrará lo que ha sido, lo que ha hecho y lo que ha dicho durante la guerra. Y nadie lo podrá olvidar, no por espíritu de venganza, si no como no se pueden olvidar los rasgos de la fisonomía de una persona." Pero sólo era un deseo a medias. Decía Jon Juaristi que "nuestros padres mintieron". Algunos. La mayoría callaron: lo que vieron, lo que sufrieron y, seguramente no pocos, lo que hicieron.

Precisamente fue ese silencio, voluntario o forzado por el régimen franquista, el que impidió que las nuevas generaciones de españoles conocieran la incompetencia supina de unos dirigentes republicanos que fueron los responsables, por exceso y por defecto, y también por su desprecio congénito a toda democracia liberal ("burguesa"), de conducir a la Nación a un abismo fratricida y finalmente al colapso de toda utilidad social de la República fracasada.

El retorno de la incompetencia, 50 años después

Va a hacer medio siglo de que pené en la cárcel de Jerez. Propaganda ilegal, asociación ilícita y no me acuerdo de qué más. De haber podido entonces, hubiera impedido aquella Transición que comenzó en 1976. Lo confieso. Enceguecido por dogmas y utopías irreflexivos, hubiera preferido la reedición del enfrentamiento sin cálculo de las consecuencias. La estupidez, ya saben, consiste en ser capaz de hacerle daño a todo el mundo, incluido a uno mismo.

Tal era la miopía histórica y política de unos ojos ofuscados y nunca iluminados por el oscuro y hermético dolor familiar. Afortunadamente, salvo para los asesinos de ETA, algunos verdugos catalanistas y ciertos nostálgicos violentos, la reforma tranquila , con todas sus sombras, se impuso a la ruptura. Con el tiempo, me alegré profundamente de estar equivocado.

La estrategia nacional de concordia pasó por la generosa amnistía del pasado de todas las partes, la inesperada e insólita renuncia al poder de la élite franquista a impulso de un Rey, el pacto con el comunismo, que prometió acatar las reglas democráticas, y el diseño de un triunfo socialista en el marco de una nueva Constitución, imperfecta y con males latentes, pero la primera consensuada realmente de nuestra Historia. Un sueño, un milagro, una sorpresa, una esperanza occidental, europea e incluso panhispánica. El mundo así lo valoró.

¿Qué ha ocurrido para que todo aquello, en vez de cuidarse, perfeccionarse, mejorarse e incluso enmendarse en algún caso, se haya precipitado por el vertedero? Sencillamente se ha faltado a la palabra de respetar el ordenamiento jurídico democrático por intereses de poder partidista, sobre todo por el nacionalismo separatista, el socialismo y el comunismo, desde la irrupción de Podemos. Un calco en esencia de lo ocurrido en 1934, cuando un golpe de Estado social-comunista-separatista sentó cruentamente las bases del Frente Popular guerracivilista.

Consecuentemente, ha retornado la incompetencia a la toma de decisiones, resultado de la falta absoluta de reflexión sobre los errores del pasado y la vuelta sectaria a la voluntad de imposición del credo propio sobre los ajenos, esto es, el regreso a la pesadilla totalitaria. No es ETA ni los nacionalismos los que se han contagiado de la democracia. Al contrario, son los totalitarios los que han infectado a toda la izquierda de violencia ideológica, cultural y política. Y eso, por ahora.

La incompetencia de una democracia nacional como la española se muestra, sobre todo, en la ausencia de "demócratas militantes", políticos, juristas, militares, catedráticos, empresarios, periodistas e incluso sindicalistas, que defiendan el marco de concordia y tolerancia, las reglas del juego pactadas por todos, esto es, la letra y el espíritu de la Constitución por encima, si es preciso, de sus creencias particulares y partidistas. En España se tiene que poder convivir como costumbre. Esa es la lección duramente aprendida de tanto dolor y tanta muerte. Pero no, no es así.

La experiencia muestra que, si los "demócratas militantes" se dejan seducir o son arrastrados por los aspirantes a la imposición y al dominio, la democracia se suicida por incompetencia. Recuérdese la República de Weimar. Pero los neototalitarios, con las formas renovadas que hoy observamos, avivan la contradicción íntima de la democracia liberal, una manera de gobernarse que duda y vacila ante qué hacer con aquellos que la desprecian y aspiran a eliminarla a la primera oportunidad.

De este nudo gordiano proceden no pocos complejos de unos demócratas atrapados en el atasco de defender la libertad de organización y expresión política y la prohibición de organizaciones políticas que defienden y practican la violencia, la intimidación o la exclusión civil y/o social. ¿Puede subsistir una democracia liberal incapaz de defenderse de sus enemigos internos, caballos o camellos de Troya, y de sus proyectos de dictadura y sumisión?

Los más exigentes pensadores de la democracia, desde Ortega a Popper, de Revel a Sartori y muchos otros, siempre han detectado la paradoja de la tolerancia, o de la democracia liberal, trampa mortal para ingenuos y bienintencionados además de acomplejados, que sucumben a los bífidos cantos de sirena del doble lenguaje de los totalitarios. Dicen: "Si eres tolerante, ¿cómo es que no me toleras a mí, aunque yo te anuncie que no te toleraré a ti en cuanto pueda? Ergo, no eres fiel a tus principios." Popper, por ejemplo, corta el nudo gordiano de un plumazo.

Dice: "Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia."

Y lo aclara más cuando explica que no siempre debemos impedir la expresión de proyectos intolerantes por razones de prudencia, pero la verdadera tolerancia exige de nosotros estar en condiciones de contrarrestar racional y culturalmente las propuestas intolerantes. Y añade que "debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza… de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos."[ii]

¿Es competente un régimen democrático, un Estado de Derecho, una sociedad civil y sus instituciones, si permiten tales cargas de profundidad en su propio seno, sucumbiendo a la doblez del discurso "liberal" aparente de quienes ya han negado y negarán la libertad de los demás en cuanto tengan oportunidad?

Rosa Díez, en su libro La sombra. Memoria histórica de Zapatero expresa contundentemente que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos opta "claramente por un sistema de democracia militante" y por ello considera que "un Estado no sólo puede, sino que, prácticamente, debe impedir que un partido alcance el poder con «un proyecto político incompatible con las normas de la Convención y de la democracia».

Aún así tenemos un gobierno de coalición social, comunista y separatista, heredero de una historia democrática nada edificante, criminal incluso en algunox períodos, que desde 1982 en algunos aspectos, como el judicial, y desde 2004, abierta y frontalmente, ha desafiado los pilares básicos de la democracia constitucional.

En estos momentos, hay un gobierno que no presenta presupuestos, que no respeta al poder judicial que pretende ocupar, que llama mentirosa y bulera a una prensa libre, que pacta con los que quieren destrozar la Nación y su solidaridad esencial, que manipula las estadísticas, que se apoya en herederos del terrorismo, que gobierna por decreto-ley…y así sucesivamente.

¿Qué ha ocurrido? Que la democracia española, nunca demasiado diligente en la defensa de sus cimientos vertebrales, está siendo claramente incompetente para zafarse del abrazo del oso de una forma tiránica y corrupta de gobernar. De no ser por la resistencia de parte del poder judicial, de la guardia civil a sus órdenes y de nuevos medios minoritarios de comunicación, no se habría combatido legalmente contra la mafia extendida desde el gobierno y nada de ello habría llegado a los Tribunales.

De lo que no cabe duda alguna es que se está alcanzando un punto de colisión que parece inevitable porque se ha permitido crecer la hidra totalitaria irresponsable e incompetentemente. La reacción de las izquierdas y los separatistas ante la condena de la máxima autoridad fiscal del Estado, no permite albergar esperanzas futuras de concordia. Al contrario.

El gobierno y sus socios desafían a un Tribunal Supremo y siguen llamando inocente a quien, tras el fallo conocido, es sencilla y legalmente, un delincuente. Pero algunos animan abiertamente a "reventar" a los adversarios políticos: ""Es una mafia golpista, reaccionaria, judicial, mediática, política, económica en España que es urgente desmantelar"(Irene Montero, Podemos). ¿Qué es desmantelar? ¿Qué reventar? ¿A qué se está incitando?

¿Se puede salir de la espiral destructiva de una democracia incompetente?

Tal vez, pero primero hay que entender cómo se ha llegado hasta aquí y diseñar la recuperación decidida de una democracia militante, activa y sin complejos. Para debilitarla o liquidarla, no se ha usado la insurrección armada. Tampoco se ha utilizado la vía de Weimar: la devastación inmediata de las instituciones democráticas tras una victoria electoral limitada.

Se ha instrumentado una variante de la vía bolivariana, variante a su vez de la tela de araña andaluza y otras telas, no sólo de la izquierda, tejidas desde 1982: la usurpación paulatina de los poderes reales mediante su ocupación por los afines, identificable con el método de la rana hervida. Cuando empiezas a darte cuenta de que estás quemándote es que estás a punto de morir.

La incompetencia de la democracia española se ha puesto de manifiesto, entre otras cosas, en que:

1. Se ha asumido una tolerancia ilimitada con los enemigos de la democracia, hasta con los defensores del terrorismo.
2.- Se ha consentido el intento de concentración de los poderes del Estado, tres en uno, y el acceso fraudulento a las instituciones, desde la Administración pública a la Justicia.
3.-Se ha favorecido que los partidos se financien a través de opacas redes ligadas a oligarquías económicas e incluso delictivas al tiempo que la opresión fiscal se ha disparado. Por si fuera poco, la corrupción se ha extendido a partidos, instituciones y asociaciones.
4.-Se ha aceptado la opacidad y la indisciplina de la cuentas públicas, ni presupuestos ni controles en la contratación ni en las adjudicaciones.
5.-Se ha permitido la ocupación de los medios públicos de comunicación y la presión amenazante sobre los privados.
6.-Se ha obstaculizado la educación crítica y sustituido por una enseñanza sectaria y simplista y no se ha intervenido en la batalla cultural desatada desde 2004.
7.- Se ha propiciado la descalificación histórica y moral del adversario político, su deshumanización, paso previo para su persecución política y física.
8.-Se ha reconocido como normal la desigualdad real de los ciudadanos ante la ley (autonomías privilegiadas, ley de violencia de género).
9.-Se ha amparado la ilegalidad sistemática de la llegada de inmigrantes a los que no se pide ni identidad, ni certificado de penales, ni certificados de salud ni papel alguno.
10.-Se han promulgado leyes que han resucitado la cultura del enfrentamiento y la guerra civil imponiendo la visión de unos sobre otros sin respeto real por la historia demostrada.

La incompetencia va mucho más allá, pero a lo largo de estos 50 años transcurridos desde la muerte de Franco, lo dicho invita a reflexionar sobre cómo hemos podido llegar a un punto, tal vez, de no retorno. ¿Se puede redemocratizar España tras el huracán político y moral de la etapa de Pedro Sánchez coronada ayer con la condena de su Fiscal General? La incompetencia, quizá desarme, de las élites políticas es tal que no hay síntomas siquiera de una toma de conciencia eficaz de la gravedad de la situación.

Sólo una apuesta electoral de concentración democrática con base en un proyecto compartido de convivencia, de socialdemocracia a libertarismo pasando por las variedades liberales y demócratas al uso, será capaz de conseguir una torrente irresistible y disuasorio de votos ciudadanos (por encima de 210 escaños, mucho sería posible). Una mayoría abrumadora así podría intentarlo mediante una reforma de calado, aunque sin garantía alguna de éxito ya que el daño ha sido profundo y extendido.

De lo que sí podemos estar seguros es de que, sin tal instrumento, que hoy no existe certificando la necedad y la falta de ejemplaridad de las élites que de hecho han regido y rigen la vida política española, la democracia incompetente transitará hacia una democracia inútil en breve tiempo y de ahí se despeñará hacia el abismo totalitario, blando al principio y durísimo al final. ¿Es lo que queremos?


[i] El documental puede verse en Movistar +, por lo que no se ha logrado la cancelación completa. Sustentado en la revisión histórica de la II República, alude muy especialmente a la responsabilidad de las izquierdas en su fracaso.

[ii] Popper, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos. Notas al capítulo 7, 4.