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Letanía laica por Pier Paolo Pasolini

Pier Paolo Pasolini. El último que creyó de verdad en la verdad. El primero que vio venir todo esto

Pier Paolo Pasolini. El último que creyó de verdad en la verdad. El primero que vio venir todo esto
La policía italiana inspecciona el cuerpo de Pier Paolo Pasolini en Ostia, cerca de Roma, en esta foto de archivo del 5 de noviembre de 1975. Pasolini fue secuestrado y brutalmente torturado y asesinado. (AP Photo) | Cordon Press

Cincuenta años han pasado desde que Pier Paolo Pasolini fuera brutalmente asesinado en Roma. Pier Paolo Pasolini era ateo y rezaba en friulano con su madre. Era marxista y lloraba ante la Virgen de los pobres. Era comunista y votó democristiano para frenar el aborto. Amaba a Jesús y maldecía a los curas que lo vendieron al poder. ¿Lo mató un chapero, una banda de homófobos, la Mafia, la Democracia Cristiana? Entre todos lo mataron y su cabeza asesinada tenía aura de emperador romano, de torero sevillano, de guardia civil palentino.

Amaba a las mujeres con una devoción imposible y huía de ellas dedicándoles películas imposibles y versos obscenos. Era homosexual y escribía cartas de amor a muchachas muertas. Defendía al pueblo y lo filmaba desnudo, sucio, sagrado, como si fueran cristos de suburbio. Admiraba la pureza y se revolcaba en el barro de Ostia. Escribía poemas como un ángel y dirigía películas como un demonio. Era burgués de día, con corbata y clases de gramática en escuelas caras, y lumpenproletario de noche, pagando a chicos sin nombre en las afueras de Roma.

Denunciaba el consumismo y adoraba los cuerpos que el consumo aún no había tocado. Quería salvar a Italia y esperó que Italia lo devastara. Amaba la tradición y fue el último hereje verdadero. Llamaba hermanos a los pobres y los convertía en Cristo crucificado en cada fotograma. Defendía la Justicia y fue llevado innumerables veces ante los tribunales. Tenía aureola de santidad envuelta en el aire del crimen.

Creía en la revolución y vio venir la peor contrarrevolución: la televisión, el hedonismo vacío, el progreso que mata lo sagrado. Odiaba a los ricos porque se parecían demasiado a él. Odiaba a los intelectuales porque peroraban mientras él sangraba. Defendía la vida con furia y murió asesinado por un puto, o unos hijos de puta, en una playa sucia. Era duro con las espuelas, blando con las espigas; y sus versos cortaban como navajas y acariciaban como amapolas. Era profeta ciego de palabras tonantes y lo lapidaron en silencio con piedras afiladas. Era santo y su santidad olía a sexo y a gasolina. Era tierno y su ternura era un puñetazo. Era feroz y sus dientes mordían como una caricia, dejando una marca de colmillos y un reguero de sangre. Era el futuro del hombre escondido dentro de un chimpancé inocente y cruel.

Lo mataron por decir la verdad. Lo olvidaron por seguir diciendo la verdad. Lo canonizaron los hipócritas, los mismos que lo habrían crucificado otra vez. Tenía más cojones que nadie y le aplastaron los testículos. Incendió el mundo con sus imágenes y quemaron su cadáver con napalm. María Callas le cantó arias belcantistas y lo atropellaron repetidas veces como en una ópera de Britten. Era un muerto que se niega a morirse, zombi lúcido, vampiro de nuestras miserias. Era un fantasma y seguía tocando la piel del mundo. Era un recuerdo y se abría como una herida reciente. Lo expulsaron de todas partes y habitó en todos los corazones. Lo condenaron los jueces y lo absolvieron los mendigos. Lo olvidaron las plazas y lo recitaron los arrabales.

Lo acusaron de exceso y pecó por falta de miedo. A cada insulto lanzaba un beso. A cada halago respondía con un esputo. Lo quisieron domesticar y se volvió más salvaje. Era un cineasta sin industria y un profeta sin iglesia. Era un mártir sin altar y un santo sin perdón. Era un hombre roto y un espejo donde nadie quería mirarse. Filmó la inocencia para que la inocencia doliera. Defendió a los policías, a los que llamó hermanos, y se armó de piedras contra los jóvenes revolucionarios de pacotilla. Mostró la miseria para que los humillados y ofendidos hablasen. Odió a los miserables, se condolió de los míseros. Tocó el barro y el barro se hizo sagrado.

Creía que la verdad debía oler a sangre, a sudor, a semen. Creía que el lenguaje debía mancharse las manos. Creía que la belleza debía ser peligrosa. Lo traicionaron los suyos y él los amó igual. Lo atacaron los otros y él los entendió mejor que a sí mismo. Lo utilizó el poder y él lo denunció hasta la última sílaba. Era incómodo porque decía lo que nadie quería decir. Era insoportable porque veía lo que nadie quería ver. Era necesario porque ardía donde todos estaban fríos. Maldijo a los tibios y bailó con los infernales. Y aún hoy se escucha su paso en los descampados. Aún hoy su grito rompe la pantalla apagada de la televisión. No lo veréis en Netflix ni en los Premios Princesa de Asturias; buscadlo en los polígonos, al lado de las prostitutas nigerianas a las que abraza e imparte su bendición. Aún hoy su sombra se cuela entre los cuerpos que se niegan a venderse por un rincón en el Paraíso y los que regatean el precio en esquinas malolientes. Hijo de Rimbaud, padre de Travis Bickle.

Y era carne y palabra, y ambas ardían. Era blasfemia y era oración. Era pecado que salvaba y fe que condenaba. Vivió entre ruinas y de ellas erigió un templo. Miró la basura y vio en ella el rostro de Dios. Entró en los barrios bajos como quien entra en una iglesia: descalzo, temblando, con los ojos limpios y las manos sucias que lavar en el agua bendita. No quiso pureza sin dolor ni belleza sin sangre. No quiso verdad sin riesgo ni redención sin cuerpo. Levantó la cruz de Jesús y alzó el látigo contra los mercaderes de todos los templos.

Lo vigilaron los poderosos y lo temieron. Lo insultaron los moralistas y lo imitaron en secreto. Lo expulsaron los nuevos ricos del alma y lo aplaudieron los viejos pobres del corazón. Pasó por la historia como un relámpago que deja la noche más negra y, sin embargo, más visible. Hablaba de amor pero no temió odiar. Filmaba el dolor como una fuente de placer y el placer como la raíz del dolor. Sembró la muerte y dio a luz vida. Rezaba con los ojos, y cada plano era un padrenuestro dicho al revés.

Y aún tiembla Roma cuando su voz resuena en un televisor apagado. Y aún tiemblan los cuerpos cuando un joven pobre alza la mirada ante el lujo. Y aún tiembla la poesía cuando recuerda que fue escrita con vísceras, culpa y esperanza. Porque Pasolini no fue un hombre: fue la herida de un siglo que no quiso saberse culpable. Y no fue sólo un poeta: fue el testigo que nunca se calló. Porque quien solo es un poeta –y no un santo, un criminal, una abominación, un monstruo, una bestia o un Dios– no es ni siquiera un poeta.

Por eso, todavía habla. Habla en la calle vacía donde se cruzan los vencidos. Habla en el vientre sucio del mundo, donde el alma sigue resistiendo los vómitos. Habla en el silencio que queda cuando se apagan los anuncios y alguien, al fin, se atreve a pensar. Y ahora duerme, pero su sueño no descansa. Duerme bajo la arena grasienta de Ostia, y la marea lame su nombre como si quisiera borrar su recuerdo. Que es como borrar las estrellas. Los pescadores lo ven al alba y callan, porque saben que hay santos que no perdonan y poetas que no mueren. No hay lápida que lo encierre. No hay tumba que lo oculte. Camina todavía entre las viejas fábricas, entre los campos de fútbol del extrarradio donde el polvo huele a hambre, a evangelio, a Rocco y sus hermanos. Allí los niños de nadie aún repiten su nombre sin saberlo.

Y su risa, rota, vuelve a encender las llamas. Y su furia, mansa, vuelve a nombrar lo innombrable. Y su ternura, brutal, vuelve a tocar la herida del mundo. Cada siglo tiene su profeta crucificado, y el nuestro ya lo tuvo: se llamaba Pier Paolo, y sangraba verdad porque por sus venas corría sangre auténtica, de la que mancha los mantos de las gitanas y las muletas de los toreros. Lo mataron para silenciarlo, y ahora su voz habla desde los cines vacíos, desde un libro manchado de lágrimas, desde el aire. Porque no hay muerte posible para quien fue espejo y herida. Porque no hay olvido para quien amó hasta la condena. Bello cristiano indignado. Hereje devoto, mártir sin altar, poeta de los arrabales y los ángeles caídos. Ruega —si todavía sabes rezar— por los hombres que ya no saben arder y se consumen como el plástico, malolientes y pegajosos.

Pier Paolo Pasolini. El último que creyó de verdad en la verdad. El primero que vio venir todo esto. Asesinado de la manera más horrible el 2 de noviembre de 1975 en el lugar más inmundo de Roma, de Italia, del planeta, del universo. Pero vivo, terriblemente vivo, insoportablemente vivo en cada cuerpo que late al unísono con el Sol, en cada mirada que aún no se rinde ante la amenaza de la superstición, en cada grito que se niega a callar ante los mandatos de los poderosos, en cada niño que señala que el rey está desnudo. Porque Pier Paolo Pasolini siempre fue un niño que no se negó a crecer, pero sí rechazó que crecer significase transigir con la mentira, la crueldad y la hipocresía. ¿Quién hoy hará del moro que nació con tales signos —la mar estaba en llamas, la luna se derretía sanguinolenta— que no diría mentira aunque, ay, le costase la vida?