
Francisco Franco murió hace cincuenta años. Dejó un país desarrollado y más o menos vertebrado. Unido. Los trabajadores vivían con dignidad. Las clases sociales más humildes accedían con facilidad a la universidad. La casta política no robaba tanto como en el rollo pseudodemocrático que tenemos ahora. Los sindicatos no eran tan corruptos como los actuales. Había una extensa clase media, gran invento del franquismo para amortiguar y pacificar las tensiones sociales, que está a punto de desaparecer. Entonces, cuando murió Franco, existía un horizonte de crecimiento económico, de desarrollo social y cultural y, sobre todo, el ciudadano medio tenía esperanza, eso que nos queda después de chapotear en el reino de la necesidad, pero hoy todo eso ya no existe.
La desesperanza triunfa por todas partes. Hay pocas cosas que estimulen el desarrollo moral y político de una de las sociedades más encanalladas de Europa. Aquí se hace pasar como algo corriente y normal, e incluso común con otras naciones de nuestro entorno, las mayores tropelías políticas que uno pueda imaginar. El encanallamiento se ha hecho "costumbre". Las élites políticas e intelectuales lo han impuesto como forma dominante de vida. Nuestro sistema de ideas y creencias cojea por todas partes, hasta felicitar la Navidad se ha convertido en una seña de identidad política. La ideologización de la existencia compite en maldad y estulticia con una vida cotidiana asfixiada por un gobierno totalitario, apoyado por unos "partidillos" sin otro fin que triturar, o peor, vivir de los impuestos de los españoles.
Tenemos, sí, un Estado en absoluta decadencia y sin Nación. La Constitución de 1978 es inviable sin reformar su Título VIII, pero los poderosos partidos políticos de España se niegan a tocar el asunto. Al contrario, lo ocultan tapándole la boca a la débil y tambaleante Sociedad Civil española. Aquí no se mueve nada en el terreno económico-social si no está controlado enteramente por el Gobierno; en el ámbito propiamente político, todo es tan inseguro como incierto; y, en el ámbito cultural y educativo, la inseguridad es absoluta, buena parte de los niños españoles ni siquiera saben hablar en español y menos aún identificar sus principales ejes de identidad histórica. Ni hay un libro de historia común ni una historia de la literatura compartida… Y menos todavía de Geografía.
Pedro Sánchez, el Presidente de un Gobierno dependiente de los exterroristas y los separatistas, y de un fugado de la Justicia que paradójicamente protegen los jueces europeos, es la síntesis de todas las perversiones de un régimen sin pies ni cabeza. Seguirá en La Moncloa hasta que le dé la gana, mientras el PP no mueve ni un dedo para sacarlo del poder. Y luego dicen que los sufridos españoles no tenemos muchas cosas en común… Sumen mis apreciaciones y sacarán un balance preciso de nuestros "haberes": tenemos, en efecto, un aspirante a dictador, Sánchez, acompañado de cientos de corruptos; también sobresale un jefe de la Oposición", así se ha autonombrado Alberto Núñez Feijóo, que espera su turno sin hacer otra cosa que quejarse con la boca pequeña; hay también una monarquía, o mejor, un monarca acomplejado por el totalitarismo socialista y comunista, junto a una derecha cobardica sin rumbo intelectual y entregada a los tópicos de la Agenda 2030; reina la violencia triunfante de los separatismos catalán y vasco -resurrección del viejo terrorismo de la zona Norte de la Península Ibérica-; en el Sur de España, como siempre, domina el nihilismo, sí, toda Andalucía, la parte baja del antiguo reino de Castilla, está en poder del PP, pero Moreno Bonilla solo aspira a hacer más pactos con el PSOE. ¡Para qué hablar de la prensa! O mejor, sí; hoy leo en dos periódicos de la derecha las columnas de dos periodistas de izquierdas a tenor de sus opiniones: el primero, en ABC, mantiene que la izquierda es buena y pacífica y la derecha violenta; y otro, en El Mundo, un tipo con ínfulas intelectuales, acusa a Albiol, el alcalde de Badalona, de racista y xenófobo por ayudar a ejecutar una sentencia judicial contra unos ocupas violentos… En fin.
¡No todo es malo! Es cierta la existencia de un partido de corte soberanista, VOX, que pudiera ser la última tabla de salvación de un país a la deriva. Es posible. Defiende el sentido común. Algo es algo. VOX tiene un liderazgo firme, un programa político sólido basado en la Nación y magníficas relaciones en el ámbito internacional, especialmente con EE.UU., con algunos países de la Unión Europea y con las repúblicas hermanas de Hispanoamérica donde gobiernan partidos liberales y conservadores. No es poco. Pero no seamos triunfalistas. Dejémonos de construir escenarios de futuro, castillos en el aire y fijémonos en el presente. Esto no es un balance de esta época. Es levantar acta de la realidad. El resto será ideología. Mentira.
España no ha conseguido superar los dos problemas clave que la llevaron a la Guerra Civil Española: la violencia de la izquierda y la galbana nihilista de la derecha. En este punto los cincuenta años del régimen actual no han conseguido grandes cosas. Mientras tanto, mientras llega un gran cambio político, o el final de un país que se llamó España, preparémonos intelectualmente para lo que venga con la lectura del pasado. Quizá sirva para asumir el presente y esperar con optimismo el futuro. Es un decir. Hagamos caso de la última palabra pronunciada por Carlos I, rey de Inglaterra, víctima del odio y el rencor de sus adversarios, subió al patíbulo de Whitehall, y en el momento de ir a poner su cabeza en el tajo solo dijo: ¡Remember! ¡Acuérdate! Es necesario que nos acordemos de dónde venimos. Hagamos historia aunque sea contra los hechos…
Es menester situarse en los albores del reinado de Alfonso XIII, dejando aparte el asesinato de Cánovas del Castillo en 1897, y llegar por lo menos hasta el desenlace de nuestra Guerra Civil. Salvo breves paréntesis excepcionales, España desde 1906, y sobre todo a partir de 1909, vivió bajo el signo de la violencia. Violencia desde el poder y en la calle. Violencia estéril, que perpetúa el rencor, y anula la vida. La violencia fue el motor de la izquierda española en todas sus vertientes. Así lo confirma los asesinatos de Canalejas, en 1912, que fue la gran esperanza para modernizar España, y sobre todo el magnicidio, programado desde la Rusia bolchevique, contra don Eduardo Dato, en 1921. Este último asesinato marca un antes y un después en la historia de la violencia en España. Ya no se trataba de unos pocos locos, sectarios y alucinados, que atentaban contra los gobernantes, sino del terror programado desde fuera de nuestras fronteras. Ese asesinato, sí, quedó impune. Fue el inicio de la impunidad del terror. Fue el primer crimen de Estado programado por las organizaciones comunistas para controlar España. De hecho, Mateu, Nicolau y Casanellas, los tres asesinos de Dato, quedaron sin castigo. Más o menos, como están quedando cientos de asesinos de ETA en nuestro tiempo, y como está quedando el golpista Carles Puigdemont: impune y pagándole los españoles su estancia por los territorios de una Europa conchabada con el crimen separatista. Todos se van de rositas, o peor, imponiendo sus tesis. Los asesinatos y crímenes políticos, en el mejor de los casos, fueron sancionados teóricamente, pero en realidad quedaron impunes.
He ahí la prueba de la trágica superioridad de la táctica criminal. En ello estamos aquí y ahora, ¿o cree alguien de verdad que han pagado los terroristas de ETA por sus asesinatos? Al contrario, los políticos de todos los signos, cuando tuvieron en sus manos la gobernación de España, fueron excesivamente medrosos a la hora de encarar con claridad y energía el terrorismo de ETA. ¿Y del terror del 11-M para qué citar si aún ni siquiera sabemos su autoría? He ahí una seña clave del trágico éxito de "ejemplaridad" del terror impuesto por el comunismo y el socialismo en España. Pruebas mil hay para avalar mi tesis. Quizá la más grave y siniestra sea la que nos viene ofreciendo el gobierno de Pedro Sánchez con una Ley de Amnistía, hecha por los propios golpistas, que ha dejado impune el golpe de Estado dado por los separatistas catalanes.
Así las cosas, y sin ánimo de elevar la "historia" contrafáctica a categoría de historia, no sería mala cosa para elevarnos el ánimo, la moral, preguntarnos de vez en cuando: ¿qué hubiera pasado si en vez de ser tan condescendientes con la violencia organizada, el alboroto callejero y el crimen premeditado, los gobiernos lo hubieran encarado con determinación y valentía?, ¿qué hubiera pasado si Miguel Maura, poco antes de la salida de Alfonso XIII de España, hubiera enviado unas fuerzas de choque contra los sedicentes que se levantaron contra la Monarquía?, ¿quizá hubiera evitado la llegada de la Segunda República y, por lo tanto, los cientos de asesinatos que culminaron en el magnicidio de Calvo Sotelo?, ¿por qué no creer que si hubiera habido en la historia de España gobiernos conservadores con determinación hobbesiana, quizá habríamos evitado la Guerra Civil Española?… Por seguir soñando en la viabilidad de la historia del como si, hagamos como si esto tuviera solución, ¿qué hubiera ocurrido si, veinticuatro horas antes de irse Mariano Rajoy a emborrachar y entregarle el poder a Pedro Sánchez, hubiera disuelto las Cortes y convocado elecciones? En fin.
Ante una situación política tan calamitosa como la que hoy vive España, cualquier tipo de historia, incluso la contrafáctica, es necesaria para seguir sobreviviendo con dignidad. Es menester volver a la Historia. No caigamos en la cobardía o la comodidad. Frente al olvido egoísta. Digamos con Carlos I de Inglaterra: ¡Remember! ¡Acuérdate! España, sí, alguna vez fue un genuino Estado nación.
