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Pedro de Tena

Hacer a España grande de nuevo

¿A quién molesta que se desee hacer grande de nuevo  a España y por qué? ¿Puede haber algún español que no lo quiera o al que no le convenga o no le interese?

Pixabay/CC/Karl_Oss_Von_Eeja

Hay que preguntarse a quién molesta que se desee hacer a España grande de nuevo y por qué. ¿Puede haber algún español que no lo quiera o al que no le convenga o no le interese? Sólo a los más tontos o masoquistas o felones. Ya sabemos que a algunos países vecinos y a bastantes Estados más alejados pero ansiosos por merendarse lo que queda de la Hispanidad, persiguen lo contrario abundando en leyendas negras cada vez más desacreditadas intelectual e históricamente, sobornos sucios y guerras opacas e híbridas en regiones gobernadas por quienes son cómplices de su penetración.

Dentro de nuestras fronteras, los separatismos no cesan de conspirar, violentamente o no, contra todo síntoma o proceso que vaya en esa dirección, venga de quien venga el impulso. Tampoco el neocomunismo podemita, ni cualquier otro, tiene afán de ayudar el surgimiento en una España crecida. El PSOE de Pedro Sánchez, asimilado al izquierdismo bolivariano[i], ha dado muestras concretas con Rusia, Marruecos, China, Irán e incluso con la Unión Europea, de que siente aversión por una España grande de nuevo y perjudica su futuro.

Muchos de sus movimientos y tentativas - desde su oposición a la eficiencia de las fuentes de energía a los mercadeos con infraestructuras básicas, desde el descontrol de las fronteras al subdesarrollo de una defensa militar adecuada a los peligros reales, desde la anti educación con fundamento en valores constitucionales y en la historia nacional al dinamitado de las instituciones democráticas, desde el apoyo de regímenes totalitarios en Hispanoamérica a la práctica de la corrupción más soez, desde sus ataques al legado moral católico al favorecimiento sibilino del islamismo -, van en la dirección contraria.

Incluso en las derechas, por unas u otras razones, parece que recuperar una senda que conduzca a una España amplia e influyente de nuevo, en Europa, América, África y Asia, cuando menos, resulta enojoso. De hecho, su incapacidad para proponer conjuntamente un camino para conseguirlo resulta a estas alturas más que inquietante.

Porque es eso, precisamente, lo primero. Si se quiere algo, hay que trazar vías concretas e inteligentes para lograrlo. Es lo que civil y militarmente se ha llamado siempre estrategia, "un plan de acción diseñado para lograr un objetivo específico o una serie de metas. Implica identificar recursos, establecer prioridades, tomar decisiones y asignar tareas para aumentar las posibilidades de éxito." ¿Y dónde está algo que se le parezca para conseguir una España grande de nuevo?


El ejemplo de Donald J. Trump y Estados Unidos

Estoy completamente convencido de que todos los países, naciones y Estados que se respetan a sí mismos y a sus ciudadanos ambicionan un gran destino para ellos. Fíjense en Rusia, de la que se puede disentir en casi todo, pero que quiere ser poderosa en el mundo como sea. O China. O India. O Irán. Gran Bretaña nunca dejó de pretenderlo, como hoy lo procuran Israel, Arabia Saudita o la monarquía alauita, entre muchos.

¿Por qué todos lo pueden pretender menos España, que cuenta con historia, lengua y valores comunes compartidos con una buena parte del mundo? ¿Es que el realismo pragmático se detiene en nuestras fronteras y nos resulta más cómodo vegetar en un ideologismo enfermizo e incluso perjudicial para la salud nacional? ¿Acaso estamos condenados a vagar para siempre por un idealismo ingenuo?

"El realismo pragmático, o sea el realismo, gana al idealismo utópico, o sea, a la revolución. La Administración de Trump hace política con mayúscula. Los otros viven instalados en la ideología, o sea, la mentira", escribía Agapito Maestre hace poco, ilusionado por el discurso estratégico global de Estados Unidos.

Desde su primer mandato, pero mucho más claramente en este segundo, Donald Trump y sus colaboradores, están actuando con una contundencia y claridad poco habituales, incluso, para algunos, escandalosas, pero sin romper ninguna baraja. La determinación de sus posiciones y la voluntad política de ocupar el espacio que creen les corresponde, está siendo llamativo.

Ya los acuerdos de Abraham, ya la consecución de la paz en Gaza, su intervención de los petroleros que alimentan el régimen criminal de Nicolás Maduro, sus medidas contra la inmigración descontrolada o su presión arancelaria sin límites para obtener sus fines, todos son ejemplos, entre otras cosas menos publicitadas, de cómo negociar desde el poder que se tiene.

Hay quienes, aún hoy, defienden que Estados Unidos sufren un gobierno tarambana y arbitrario, que no obedece a ninguna lógica ni plan nacional, sino que se ajusta a unos presuntos caprichos personales y egocéntricos de un presidente megalómano y pagado de sí mismo hasta extremos inquietantes.

Contra la denominación de realismo pragmático para caracterizar la política de Trump, hay quienes lo encuadran mejor un presunto "neorrealismo" que ignora, deliberadamente o no, la historia y se ciñe meramente al estudio y a la respuesta de la estructura de las relaciones internacionales aceptando que todos los Estados se comportarán de la misma manera cuando esté en peligro su supervivencia.

Lejos de mi intención ahora atender al conflicto filosófico entre variedades del realismo político, que puede tener cierto interés teórico pero que hoy por hoy no es útil para entender lo que el gobierno Trump está haciendo. Se la llame como se llame, su conducta parece obedecer a una administración minuciosa y mercantil del poder real, una vez comparados y sopesados todos los intereses y capacidades de los contendientes en el escenario mundial. Esto es, hay una estrategia nada oculta para hacer a Estados Unidos grande de nuevo, algo que es mucho más que un eslogan.

Y lo han publicado. No estará todo escrito, claro, pero cuando se leen los documentos oficiales se percata uno de que, en efecto, hay un plan que orienta, inspira e incluso determina todas las decisiones. Algunas pueden ser curiosas, extravagantes e incluso parecer volubles, pero en su conjunto no cabe duda de que obedecen a una voluntad y a un diseño políticos.

Un esquema de cómo se hacen las cosas en serio

"¿Jugamos bien o como siempre?" enuncia un famoso chascarrillo que ilustra la habitualidad de la indolencia y la falta de voluntad de hacer las cosas como se deben. En el fútbol se dice, desde Di Stéfano y el cronista peruano Daniel Peredo, a quienes se atribuye la expresión, que "jugamos como nunca" pero "perdimos como siempre". Pero perder tras jugar bien es mucho menos grave que jugar siempre mal a sabiendas de que podría y debería hacerse bien. Tal negligencia es suicida, una inmolación voluntaria.

Dice Trump en su introducción al documento base que define la estrategia de seguridad nacional, sin la cual es imposible hacer una América grande de nuevo, que "es una hoja de ruta para garantizar que Estados Unidos siga siendo la nación más grande y exitosa de la historia de la humanidad, y el hogar de la libertad en la Tierra. En los próximos años, continuaremos desarrollando cada dimensión de nuestra fortaleza nacional y haremos que Estados Unidos sea más seguro, más rico, más libre, más grande y más poderoso que nunca."

No se trata ahora de disputar acerca de nuestra conformidad o no con las afirmaciones o negaciones simples o argumentales de Trump sino de comprender que lo que emprende es necesario. Responder a la pregunta por la estrategia nacional , guste más o menos o no guste la respuesta, es lo que debe hacer toda nación que aspire, no sólo a perseverar en su ser histórico, sino que intente ser más segura y prestigiosa entre las demás naciones. Disponer de una estrategia es imprescindible.

El gobierno Trump analiza qué es, de todo lo que se ha venido haciendo desde el final de la Guerra Fría, lo que realmente conviene a los Estados Unidos, constituido en fin en sí mismo dejando de lado todo lo que no tenga que ver directamente con sus intereses. Con realismo envidiable, lo que se quiere es defender a Estados Unidos de la descomposición interna y de las amenazas externas constatables.

Su análisis, basado en ese eje vertebral es este:

"Nuestras élites calcularon gravemente mal la disposición de Estados Unidos a asumir eternamente cargas globales a las que el pueblo estadounidense no veía ninguna conexión con el interés nacional. Sobreestimaron la capacidad de Estados Unidos para financiar, simultáneamente, un enorme estado de bienestar, regulación y administración, junto con un complejo militar, diplomático, de inteligencia y de ayuda exterior masivo. Apostaron de forma enormemente equivocada y destructiva por la globalización y el llamado "libre comercio", lo que debilitó a la clase media y la base industrial de las que depende la preeminencia económica y militar estadounidense. "

Y sigue:

"Permitieron que aliados y socios descargaran el costo de su defensa sobre el pueblo estadounidense, y en ocasiones nos arrastraran a conflictos y controversias centrales para sus intereses, pero periféricas o irrelevantes para los nuestros. Y lanzaron la política estadounidense a una red de instituciones internacionales, algunas de las cuales están impulsadas por un antiamericanismo manifiesto y muchas por un transnacionalismo que busca explícitamente disolver la soberanía estatal individual. En resumen, nuestras élites no solo persiguieron un objetivo fundamentalmente indeseable e imposible, sino que al hacerlo socavaron los medios necesarios para alcanzarlo: el carácter de nuestra nación, sobre el cual se construyeron su poder, riqueza y decencia."

Por tanto, ¿qué quiere Estados Unidos? Lo expone claramente en su documento sobre la estrategia de seguridad nacional de noviembre de este año 2025. Lo primero, la supervivencia y la seguridad continuas de Estados Unidos como una república independiente y soberana cuyo gobierno garantice los derechos de sus ciudadanos y priorice su bienestar e intereses.

Para ello, es preciso impedir ataques militares extranjeros, influencias hostiles, tráfico de drogas, espionaje, subversión cultural y todo lo que amenace a la nación. Naturalmente, eso conduce al control de las fronteras, las redes de transporte, las migraciones desordenadas.
Igualmente, conlleva la seguridad de la infraestructuras y unas fuerzas armadas eficazmente disuasorias con el poder nuclear como pieza clave.

Además, es preciso ser la economía más avanzada e innovadora del mundo y seguir siendo el país más avanzado en ciencia y tecnología, con defensa especial de la propiedad intelectual. La defensa de sus intereses mediante el "poder blando", que es la influencia positiva en otros países y gobiernos. .

Y concluye esta parte: "Finalmente, queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense, sin la cual la seguridad a largo plazo es imposible. Queremos una América que aprecie sus glorias pasadas y a sus héroes, y que anhele una nueva era dorada. Queremos un pueblo orgulloso, feliz y optimista de que dejarán su país en mejores condiciones que como lo encontraron a la próxima generación."

Sin complejo alguno, resume sus objetivos en el exterior de un modo realista, pragmático y muy claro:

¿Y España?

Hasta aquí, en general, el proyecto de Trump. ¿Por qué España, ese fértil precipitado de pueblos y culturas que la forjaron como nación y como Estado, que representa una forma de continuidad de la cultura clásica, que eligió el catolicismo frente al islamismo, que extendió lengua, valores y conductas a América y a otras partes del mundo dando forma al imperio menos cruel y más respetuoso con los derechos humanos de todos los conocidos, debería aceptar su disolución histórica?

Tras siglos de decadencia, debilidad, desorientación y guerra civilismo, esta nación se rehizo a sí misma tras el fin de la dictadura de Franco y alumbró un camino democrático con un amplísimo acuerdo de convivencia deseoso de progresar en libertad y prosperidad. Su incorporación al Occidente europeo y atlántico sentaba el fundamento de lo que pudo haber sido, y, aún puede ser, una estrategia para su crecimiento entre las naciones.

Sin embargo, desde hace años, unas veces por no haber cerrado grietas abiertas por sus enemigos internos y otras por haber cedido a chantajes inadmisibles o perseverar en cegueras voluntarias ante peligros inminentes, las élites gobernantes, no sólo han perdido el norte para recuperar la grandeza compartida a la que debemos aspirar legítimamente, sino que están embarcadas en un muy arriesgado proceso de trastorno autodestructivo de la identidad nacional y de la propia nación en sí misma.

Pues no se ve, no se distingue una estrategia española de engrandecimiento de su presencia e influencia en el mundo desde el realismo más descarnado de su potencia y opciones, pero con la voluntad de perseverar. Es más, es que ni siquiera existe una preocupación suficiente por el daño que un silencio tan llamativo inflige no sólo a España sino a una parte muy importante de la comunidad internacional.

Volviendo al comienzo, ¿a quién molesta que se desee hacer grande de nuevo a España y por qué? ¿Puede haber algún español que no lo quiera o al que no le convenga o no le interese? ¿Por qué no se construye una alternativa de engrandecimiento capaz de aunar diferentes opciones políticas en una estrategia compartida de defensa de nuestros intereses y promoción de nuestros valores? ¿Es que la nación española es menor sujeto político que alguno de sus partidos, aberración totalitaria esencial?

Estados Unidos, abiertamente; Gran Bretaña, arteramente. Rusia (sin decirlo explícitamente); China (sigilosamente), India (enigmáticamente); la propia Unión Europea, confusamente y otros actores internacionales se sienten con el derecho y el deber de trazar estrategias de grandeza y presencia en el mundo. ¿Por qué España, con un legado histórico muy superior a otros, tiene que quedar al margen de ese impulso legítimo?

Desde un realismo pragmático, la ausencia de España en tal empeño resulta de todo punto indeseable, salvo para sus enemigos.


[i] Sólo hay que recordar, además de sus contubernios corruptos con el régimen venezolano, su desaire y hostilidad hacia María Corina Machado

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