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De Adolfo Suárez a Pedro Sánchez, la trayectoria de una degeneración

De Suárez a Sánchez, la parábola de una degeneración en la política española: enanos subiéndose a hombros de gigantes que les precedieron.

De Suárez a Sánchez, la parábola de una degeneración en la política española: enanos subiéndose a hombros de gigantes que les precedieron.
Adolfo Suárez jura su cargo como presidente. | Gtres

De las grandes paradojas españolas contemporáneas quizás la mayor es que empezamos la democracia con un líder franquista que acabó su carrera política como socialdemócrata, habiendo puesto los fundamentos de la democracia liberal, y hemos ido descendiendo hasta llegar a un político originariamente socialdemócrata que ha terminado siendo autoritario y puesto las bases de una democracia populista.

Adolfo Suárez fue un franquista que acabó a la izquierda de Felipe González y fundó, con otros tres franquistas –Juan Carlos I, Torcuato Fernández Miranda y el militar Gutiérrez Mellado– las instituciones liberales que hoy todavía disfrutamos. Cuatro décadas después, Pedro Sánchez –de la mano de la comunista Yolanda Díaz, el exetarra Otegi y el golpista prófugo Puigdemont–, recorre el camino inverso: un socialdemócrata que deriva hacia el autoritarismo, indultando a golpistas y legitimando a dictadores como Maduro, erosionando esas mismas instituciones. Esta inversión simétrica es la gran paradoja española, o cómo pasar de un estadista liberal a un caudillo plebiscitario. De Suárez a Sánchez se escribe la parábola completa de una degeneración en la clase política española en la que los enanos se han subido a los hombros de los gigantes que les precedieron, pero no para mirar más lejos sino para tratar de acabar con ellos, con su memoria y su legado.

De una entrevista en RTVE con Mercedes Milá en 1986 lo que queda es la imagen de un Suárez que se reivindicaba como alguien que había ejercido la presidencia con dignidad ante una periodista que ejercía de portavoz del PSOE. ¿Cómo es posible que Suárez tuviese unas raíces franquistas tan profundas pero fuese capaz de ser el primer presidente constitucional y democrático de la España contemporánea, mientras que Sánchez, el último presidente socialista, que no cesa de propagar que es un progresista, haya tenido una degeneración tan acusada hacia la corrupción, el antiliberalismo y, lo que es peor, la indignidad?

Más allá de las etiquetas, Suárez era un hombre comprometido con una justicia social de raíz católica que formaba parte del ADN franquista, mientras que Sánchez toma su savia de la tradición autoritaria y violenta del socialismo marxistoide que parte de Pablo Iglesias y Largo Caballero. Ese catolicismo profundo de Suárez es el que llevó a protagonizar la principal acción política de la Transición como fue la de cerrar heridas históricas. Por el contrario, el nihilismo cerril que anima a Sánchez le lleva a todo lo contrario, a abrir heridas entre españoles de diferentes generaciones, distintos sexos, diversas clases sociales. Mientras que Suárez genuinamente creía en una España para todos los españoles, Sánchez ha inaugurado una dogmática de cordones sanitarios tras la que trata de encerrar a la mitad de los españoles, quedándose él del lado de su propia secta y, lo que es peor, de los enemigos objetivos de España.

La diferencia fundamental entre ambos líderes radica en su concepción del poder como servicio y sacrificio. Llegó a la presidencia con el mandato explícito de desmantelar el régimen que le había encumbrado, una misión políticamente suicida que ejecutó con una lealtad inquebrantable a un proyecto que le superaba. A pesar de que los franquistas más rancios lo tildaron de traidor, lo cierto es que en las Leyes Fundamentales del Movimiento estaban las claves para su propia reforma hacia un régimen democrático, lo que dio lugar a la fórmula y la arquitectura que llevó del régimen franquista al sistema liberal "de la ley a la ley". Suárez renunció a su propia supervivencia política por construir algo más grande que él mismo. Su famosa frase "puedo prometer y prometo" no era demagogia, sino el compromiso de un hombre que sabía que cumpliría aunque le costara su carrera.

Sánchez, por el contrario, representa la concepción del poder como fin en sí mismo. Su trayectoria política está marcada por una única constante, la de la permanencia caiga quien caiga mientras no sea él mismo. Desde su resurrección tras la moción de censura de 2017, pasando por su pacto con los independentistas que había prometido no hacer, hasta su alianza con Bildu, cada decisión responde a la misma lógica de mantenerse en La Moncloa cueste lo que cueste. No hay proyecto de país que justifique sus movimientos, solo cálculo electoral y supervivencia política. Donde Suárez sacrificó su futuro por la democracia, Sánchez sacrifica la democracia por su futuro.

Suárez construyó instituciones diseñadas para limitar el poder del ejecutivo. Impulsó una Constitución que establecía contrapesos, una monarquía parlamentaria que garantizaba la estabilidad, un Tribunal Constitucional independiente, unas Cortes con capacidad real de control. Entendía que la democracia no consiste solo en ganar elecciones, sino en someterse a límites. Su respeto por las instituciones era tan profundo que cuando sintió que ya no contaba con la confianza suficiente, dimitió. No esperó a ser expulsado, no se aferró al cargo, sino que se fue.

Sánchez, en cambio, ha emprendido una sistemática colonización institucional. La renovación del Consejo General del Poder Judicial, bloqueada durante años, se resolvió finalmente con un reparto partidista que vulnera el espíritu de la separación de poderes. El Tribunal Constitucional ha sido reformado para garantizar mayorías afines. La Fiscalía General del Estado actúa como brazo del gobierno en lugar de garante de la legalidad, ¡con un Fiscal General condenado! Del Defensor del Pueblo a las autoridades presuntamente independientes, como el Banco de España, pasando por los órganos reguladores, véase la Comisión General de Energía, todos han sido objeto de una estrategia de control que recuerda más a las democracias iliberales de Orbán o Erdogan que a la tradición democrática europea.

Suárez practicó una política del consenso que se reflejaba en su lenguaje conciliador. Nunca demonizó al adversario político, nunca lo situó fuera del marco constitucional, nunca lo trató como enemigo existencial, a pesar de que a él los socialistas, con ese estilo vulgarote que los caracteriza de Alfonso Guerra a María Jesús Montero, pasando por Ábalos y Óscar Puente, lo llamaran "el repeinao" o "tahúr del Misisipí". Incluso con Santiago Carrillo, el líder comunista que había sido su némesis durante el franquismo, estableció una relación de respeto mutuo. Entendía que en democracia no hay enemigos, solo adversarios temporales con los que se puede y debe dialogar.

Sánchez ha normalizado un lenguaje de confrontación permanente que divide a los españoles en buenos y malos, en demócratas y fascistas, en progresistas y reaccionarios. Aunque él se ve en el espejo como bueno, demócrata y progresista, el retrato que tiene guardado como Dorian Gray dice todo lo contrario. Ha importado la lógica binaria del populismo, donde quien no está conmigo está contra la democracia misma. Los cordones sanitarios, las descalificaciones sistemáticas, la negativa al diálogo con la oposición principal. Todo forma parte de una estrategia de polarización deliberada que convierte la política en guerra ideológica que nos aproxima a la frontera guerracivilista de la que nos libró Suárez y a la que nos volvió a empujar Zapatero, cuya táctica de tensionar la vida política le condujo a ser presidente del gobierno y asesor de dictadores.

Resulta especialmente reveladora la instrumentalización que Sánchez hace de la memoria histórica. Donde Suárez trabajó por el olvido generoso, por la reconciliación, por mirar hacia adelante en lugar de ajustar cuentas con el pasado, Sánchez ha convertido la Guerra Civil en instrumento de propaganda presente. La exhumación de Franco, la Ley de Memoria Democrática, la equiparación sistemática de la derecha democrática con el franquismo… todo responde a la lógica de reavivar heridas que Suárez y su generación tuvieron la grandeza de cerrar poniendo por delante la paz a la justicia. Sánchez, por su lado, pone el enfrentamiento y el resentimiento por encima de cualquier atisbo de reconciliación y abrazo. Ni hablamos de pedir perdón por la complicidad de su partido y su tradición socialista con la deconstrucción de la Segunda República y el continuo sabotaje durante la guerra civil.

Es significativo que quien procede de una familia sin trauma histórico particular utilice el pasado como arma, mientras que Suárez, cuyo padre había luchado en el bando nacional, apostó por la concordia. La diferencia no es ideológica sino moral. Suárez entendía que la democracia requiere generosidad, Sánchez, que requiere enemigos. La trayectoria de Suárez a Sánchez es la historia de una degeneración. No solo personal, sino colectiva. España ha pasado de producir líderes capaces de trascender sus orígenes y crecer hasta la altura de las circunstancias, a generar políticos profesionales cuyo único talento es la supervivencia. Hemos descendido de los estadistas a los trileros, de los constructores de puentes a los dinamiteros de la convivencia, de los leones a los insectos, de los grandes discursos en foros de catedráticos al cricricri de un circo de pulgas.

Como indiqué al principio, necesitamos recordar que la política puede ser noble, que el poder puede ejercerse con dignidad, que es posible anteponer el país al partido. En definitiva, que la democracia española no nació de la nada sino del sacrificio de hombres capaces de traicionar su pasado por construir un futuro común. La verdadera pregunta no es cómo hemos llegado hasta aquí, sino si seremos capaces de volver a producir líderes de esa talla. O si, por el contrario, la degeneración es irreversible y estamos condenados a gestores mediocres de una decadencia que ya nadie tiene el temple de detener.

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