Adamuz. ¡No bajéis la voz!
El pueblo está tocado. Adamuz es la imagen de un pueblo humillado. Masacrado. Todo irá a peor.
Domingo, 18 de enero. Tarde-noche. Renfe. Tren de cercanías entre el Aeropuerto y Chamartín. Transbordo a otro tren de cercanías con destino El Escorial. Sale a las 21.45 h., pero a los veinte minutos se detiene en medio del campo. Después de cuatro horas, se restablece el servicio y, finalmente, llega a El Escorial. Son las tres de la madrugada. Al fin, está en casa, de la que había salido al amanecer del día anterior para ir a trabajar a Manoteras en unas oficinas del Banco de Sabadell. Acabó su relato: "Es lo que hay. Nada importante con lo sucedido en Adamuz alrededor de las 19:43 h. de ese domingo." Lo dijo con la misma cara de tristeza de quienes la escuchábamos, el miércoles 21 de enero a las 22 h., en un tren que hacía el mismo trayecto entre Chamartín y El Escorial. Nuestra compañera de viaje nos había situado en la realidad. Habían pasado casi tres días y todos viajábamos con el alma encogida. Todos sabíamos que nuestro tren pasaba por Adamuz. Este tipo de "historia" se repetirá por toda la geografía de España. Tragedia de España.
Vivimos en un Estado en descomposición y en una nación casi muerta. Sánchez está escondido y la morrallita de los de abajo, entre los que me cuento, asustada. El pueblo está tocado. Adamuz es la imagen de un pueblo humillado. Masacrado. Todo irá a peor. Hace un año decíamos que lo peor estaba por llegar. Ahora repetimos la cantinela: "Todo irá a peor". ¿Habrá aún más muertos, heridos e historias tristes? ¡Quién sabe! Algo es cierto: los conductores de trenes, los vigilantes de seguridad y los pasajeros de toda edad y condición viajan con el miedo metido en el cuerpo. Toda España ha entrado en pánico. Y, lo que es peor, hemos bajado la voz, cuando más teníamos que subirla. Los poderosos parecen que están ganando. Alimentan el terror del que procedemos. Alimentan el doberman de González y Guerra. Alimentan a los que combaten el "sindicato del crimen" de los periodistas libres. Alimentan a quienes colocaron las bombas en los trenes que explotaron en Madrid en 2004. Alimentan la tensión de Rodríguez Zapatero. Alimentan la guerra entre españoles. Alimentan a la misma izquierda de siempre y a su derechona acomplejada.
Nos persiguen con violencia los poderosos del gobierno. Sí, aún hay miles de personas traumatizadas por los atentados terroristas de ETA, y por las bombas en los trenes de Madrid en 2004. Existen cientos de personas que no se han vuelto a subir a un tren… ¿Hasta cuándo tendremos que seguir mirando con el corazón encogido y el alma herida a Adamuz, Madrid, Valencia, Albacete, Canarias…? Todas estas tragedias tienen causantes. Hay culpables. El miedo a esos irresponsables, a la canalla gubernamental, está llegando a la carne de los de abajo. ¿Quién pudiera traducir ese dolor en energía ciudadana?… El miedo en España no siempre grita. ¡Ojalá gritase! Solo susurra. Susurra en los bares, en las plazas, en los silencios largos. Tras la tragedia de Adamuz, el susurro se volvió espeso. Y, sin embargo, sabemos bien qué ha pasado. Y sentimos que algo hondo se ha roto. Los pueblos cercanos a Adamuz han bajado la voz y en todas las ciudades de España se mira dos veces al vecino. Pareciera que el miedo no tiene rostro, pero tiene nombre. Adamuz.
Adamuz era una palabra sencilla antes del desastre. Un lugar de olivos, de sol lento y campanas. Después fue un eco incómodo en las noticias. Una imagen borrosa repetida sin contexto. La gente apagaba la televisión con rabia. O la dejaba encendida por puro nerviosismo. El miedo crecía en esa contradicción. Saber y no querer saber al mismo tiempo. Pero Adamuz nos pone delante de las trágicas circunstancias de España. Sí, España entera respira con cuidado. Como si el aire pudiera romperse. En Madrid el miedo va en el metro. En Sevilla se queda flotando al atardecer. En Barcelona cambia a un tren de cercanías. Es el miedo antiguo con traje moderno. No viene de dentro sino de fuera. No es el miedo de pensar que lo impensable puede ocurrir. Es el miedo que está ante nuestros ojos. De aceptar que ningún lugar de España es del todo seguro. Adamuz no es una excepción. Es un espejo. Un fragmento de un Estado fallido. Y eso aterra más que la tragedia misma. Los mayores recuerdan otras heridas, pero ninguno dice que España haya pasado por cosas peores… La tragedia ha dejado sombras en los ojos de todos los españoles. Nadie finge. Nadie simula indiferencia ante la catástrofe de Adamuz. Nadie sale indemne. El miedo se adapta a cada edad. A cada historia personal.
Salvo Sánchez y su gobierno, ningún español con decoro ha quedado al margen de Adamuz. El miedo, más aún el pánico, está instalado en la carne de España. La catástrofe ocurrió y tiene culpables. Adamuz no es una advertencia sino una herida compartida en nuestra historia colectiva. ¿Cómo salir del miedo? Sabiendo que recuperarse de la angustia provocada por el miedo no es escapar de él. Se trata de aprender a caminar con menos peso. No hay una puerta secreta, pero sí caminos que funcionan para casi todos. Entre esas vías, nombremos, en primer lugar, el miedo. Pongámosle nombre al miedo, porque cuando es vago y abstracto, se hace enorme. Gritar "tengo miedo por esto concreto", por este Sánchez, o por este Puente, lo vuelve manejable. Lo que se nombra, sí, se limita.
Segundo, volvamos a nuestro cuerpo. Toquémonos. Respiremos con lentitud, hablemos con la voz alta y gritemos contra el gobierno. Reduzcamos los ruidos y los excesos de propaganda en las televisiones gubernamentales y elijamos cuándo y cómo nos informamos para salir de la ignorancia en la que nos sitúa el poder. Y, hablemos, compartamos con otros nuestras experiencias del miedo… Sí, sí, el miedo aislado se multiplica; compartido se ordena. No hace falta buscar soluciones brillantes, solo decir "esto me asusta" y ser escuchado por otros. No nos quedemos detenidos buscando grandes soluciones, sino que debemos empeñarnos en algo pequeño y concreto… La acción, aunque solo sea cabrearse e indignarse ante el borrego de turno, debilita al miedo paralizante. Por pequeños que creamos sean nuestros actos, son necesarios, porque nos devuelven la sensación de control. Y, sobre todo, aceptemos que nuestro miedo a los gobernantes actuales no desaparecerá del todo, entre otros motivos, porque han demostrado que aún pueden hacer cosas peores, pero a las alturas de esta mala película, titulada totalitarismo socialista y separatismo, el objetivo no es no tener miedo, sino que no mande. Que no decida por nosotros.
Salir del miedo no es dejar de sentir, es volver a elegir. Paso a paso. Sin prisa. Con cuidado. Y gritando a cada instante contra el poder. ¡Protesta y sobrevive! Rebélate contra cualquier arbitrariedad. Y si no quieres gritar, eleva la voz. Pero no te escondas, porque la cobardía genera aún más miedo. Di en voz alta, sin temor al qué dirán los mamarrachos, cuáles son tus gustos por la libertad. Combate los tópicos ridículos acerca de que pronto se olvidará Adamuz y la vida seguirá. Quizá los bares volvieron a llenarse y las plazas recuperaron risas, pero Adamuz nos enseñó la fragilidad de la vida en manos de gobernantes irresponsables. España se vio pequeña. Vulnerable como una casa con la puerta abierta.
El trabajo de duelo habrá que pasarlo y, si alguien no tiene capacidad de entristecerse, tarde o temprano, lo pagará al precio de perder su libertad.
Gritemos: ¡Gobierno, dimisión!
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