
Apenas puedo acabar de leer unas pocas columnas en la prensa española sobre el frustrado magnicidio contra el presidente de los EEUU. Una desaseada y bárbara prosa en el estilo impide que podamos leerlas sin un poderoso esfuerzo de voluntad. Declaman mucho y razonan mal. El instinto rabioso se ha impuesto al saber crítico a la hora de escribir sobre el frustrado atentado contra Donald Trump. Acumulan esos "textos" tanto resentimiento, rencor y odio contra la figura política de Trump que impiden tratar a sus autores como seres normales. Están enfermos. No necesitan cuidados de hombres sanos sino fuertes. El trato con este personal debe ser mínimo. Evitemos a estos seres, porque corremos el riesgo de contagiarnos de su enfermedad, o peor, podríamos degradarnos a ser el instrumento de lo inferior.
Sigamos, pues, el consejo de Nietzsche: mantengamos el pathos de la distancia. Las tareas de los sanos y los enfermos deben estar siempre separadas. Nada de tratos con psicópatas que coinciden en culpar al propio Trump del atentado que ha sufrido. Bestial es la coincidencia. No lo han matado, dicen estos instintivos periodistas, pero se lo merecía. La portada del lunes de El Mundo reflejaba con expectativa criminal esta barbarie: "Objetivo Trump por 'traidor' y 'criminal'". Éste era el enorme titular. Aparecía como un emboscado pie de una foto del rostro ampliado de Trump apuntándose con su dedo índice en la frente. He ahí el retrato perverso de la prensa española de hoy para la posteridad: una asquerosa melaza de manipulación periodística, rabia ideológica y delirios psicóticos. El único culpable del atentado es la víctima. Terrible. Pero las hemerotecas existen. Y, por desgracia para estos enfermos, seguirán existiendo; sí, cuando en el futuro alguien quiera indagar sobre la decadencia de la prensa española, o sea, sobre del derrumbe de la búsqueda de la verdad, sólo tendrá que repasar esa portada en Internet.
Quienes han convertido la luz en sombra y la virtud en vicio, quienes culpan a las víctimas de ser provocadoras de la maldad, o sea de ser ellos el mal, no sólo están blanqueando el asesinato político sino que pudieran ser considerados unos criminales. Criminales en ciernes, sí, pero criminales. Sí, quienes confunden a las víctimas con los victimarios, con los agresores, son asesinos de guante blanco, porque nos hacen perder el principal bien del hombre: el tiempo. Tener que perder nuestro tiempo desmontando evidentes mentiras es algo peor que un drama. Creo que la demostración de lo obvio es la mayor tragedia de la humanidad. Pero no juzguemos con tanta dureza a hombres de fantasía pobre y yerta como son la mayoría de los periodistas españoles comprados por el sanchismo.
Esa gente es sólo una manifestación, un alevoso ejemplo de una prensa totalitaria, comunista en su mayor parte, que renunció hace años a la verosimilitud en la información y a la pretensión de veracidad en la opinión. La prensa española, un pequeño eslabón del periodismo mundial, es una réplica perfecta de la mediocridad, la estulticia y la locura sectaria que inundan los medios de comunicación de masas. Todo ha quedado reducido a propaganda. A eso se ha enfrentado Trump, pero el supuesto periodismo "libre" se lo paga echándose en brazos de los regímenes totalitarios de China e Irán. Lo dicho, querido lector, el instinto criminal ha arruinado por completo la escasa capacidad de crítica de los medios de comunicación españoles para dar cuenta de un terrible delito no sólo contra un político, el presidente de la primera potencia mundial, sino de alguien que, por encima de todo, es un hombre.