
Uno de los mejores libros de historia que he leído últimamente es de una de las peores historiadoras que he conocido en los últimos tiempos. La paradoja radica en la distancia entre lo que Josephine Quinn escribió en Cómo el mundo creó Occidente y sus intenciones declaradas. Quinn pretendía "deconstruir" el mito de la supremacía occidental en el plano intelectual, centrado en el eje grecorromano desde Platón hasta Cicerón. Sin embargo, pese a su esfuerzo por "decolonizar" los estudios académicos —la moda imperante en la izquierda que domina la universidad—, la profesora de Oxford ha acabado rendida, domesticada y humillada por aquellos a quienes quería derrotar de su pedestal histórico. Matar a Platón está fuera del alcance de profesoras que no son más que una nota a pie de página junto al filósofo ateniense, donde se apiñan todos los que han intentado acabar con Aristocles, desde figuras mucho más eminentes y peligrosas como Nietzsche y Heidegger hasta la historiadora oxoniense.
Quinn buscaba desmontar el supuesto dogma de que Occidente creó el mundo ("la idea moderna de que los griegos inventaron la cultura occidental de la nada"), sustituyéndolo por un mito inverso. A lo largo de los últimos 4.000 años, sostiene que la "verdadera" historia de Occidente trasciende Grecia y Roma. Algo tan obvio que nadie lo ha negado nunca: recuérdese la veneración griega por el Egipto faraónico, donde cuenta la leyenda que Platón mismo fue a aprender matemáticas, o las intensas interacciones fenicias con Tartessos en el sur andaluz actual. A todos nos enseñaron, menos al parecer a Quinn, que Occidente usó la rueda de las estepas de Asia Central, la poesía de Persia, los códigos legales de Mesopotamia, las matemáticas de Babilonia e India, los estribos mongoles, el oro del África subsahariana, las habilidades marítimas de los pueblos del Levante y del extremo norte, y que las religiones dominantes son abrahámicas, es decir, asiáticas. Quinn, que se niega a escribir "aC", parece que es la única que no sabe que Jesús y el cristianismo provienen de Asia aunque, como decía Nietzsche, se occidentalizó con Platón y Aristóteles. A Quinn le molesta que John Stuart Mill escribiese que la Batalla de Maratón fue más importante que la de Hastings "incluso como evento en la historia inglesa". La fobia antihelénica de la ilustración oscura izquierdista es el suceso ideológico más relevante de nuestra época. Para realzar Etruria, calumnia a Roma; para subrayar Uruk, denigra Esparta; y pasa del Egipto de los faraones para poner el foco en los garamantes.
En el núcleo de la academia occidental contemporánea, sobre todo anglosajona pero de raíz filosófica francesa, la deconstrucción sistemática de los pilares de la civilización occidental ha alcanzado niveles de ironía y absurdo que superan cualquier distopía. Lo que empezó como crítica posmoderna a las grandes narrativas, el logocentrismo, el falocentrismo y las binarias opresivas del pensamiento ilustrado —herramienta teórica para liberar al sujeto de la metafísica tradicional— se ha transformado en las últimas décadas en un dispositivo ideológico que impone nuevas ortodoxias y censura selectivamente los textos fundacionales que pretendía cuestionar.
Este acoso sistemático también proviene de la derecha conservadora y tradicionalista, que rivaliza en moralina y puritanismo con la izquierda "woke". El caso más emblemático de esta involución autoritaria ocurrió en enero de 2026 en la Texas A&M University: el profesor de filosofía Martin Peterson fue obligado a expurgar pasajes del Banquete de Platón —incluido el discurso de Aristófanes sobre los tres géneros originarios y la Escalera del Amor de Diotima— de su curso introductorio de "Problemas Morales Contemporáneos". La razón: esas lecturas de hace 2.500 años podrían "abogar" por ideologías de género o raza, violando las nuevas directrices del Sistema Universitario tejano, que prohíben enseñar "ideología racial o de género" sin aprobación especial.
Este incidente no es aislado, sino síntoma de un fenómeno más hondo. La academia posmoderno-izquierdista, que se presentó durante décadas como guardiana de la disidencia contra el canon patriarcal, eurocéntrico y heteronormativo, ha generado su propio canon excluyente y su policía del discurso. Lo que Derrida imaginó como deconstrucción infinita de jerarquías textuales —sin reemplazarlas por otras— se ha convertido en práctica institucional en una deconstrucción militante y selectiva: desmantela elementos del pensamiento occidental que no encajan en la gramática identitaria actual, mientras protege dogmas como la fluidez radical del género, la interseccionalidad incuestionable o la opresión estructural como metanarrativa única. En el polo opuesto, la reacción no defiende la libertad de cátedra ni el pensamiento crítico, sino que censura en dirección contraria. Prohibir a Platón —quien fundó la Academia, interrogó la democracia, el eros y la naturaleza humana en términos que dominan aún en la filosofía— so pretexto de proteger a estudiantes de "ideologías peligrosas" revela una contradicción profunda porque el proyecto posmoderno, que presumía haber matado al autor y disuelto el significado fijo, se erige ahora en nuevo autoritarismo que decide qué clásicos se leen, qué preguntas se formulan y qué conclusiones se permiten.
Así, la deconstrucción de Occidente surge de su interior. Una Universidad que, en nombre de la justicia social y la inclusión, amputa las raíces de su tradición intelectual, sustituyendo el diálogo socrático por corrección ideológica obligatoria y la indagación libre por vigilancia burocrática. Texas A&M, al prohibir a Platón, lleva a su expresión más grotesca lo que ya ocurre en innumerables departamentos: una autodemolición cultural disfrazada de liberación, donde lo clásico deviene sospechoso, el canon opresor y la verdad privilegio a deconstruir hasta lo irreconocible. El resultado es una academia que, al pretender salvar al mundo de sus fundamentos, los destruye y con ellos la posibilidad de crítica genuina.
Centrémonos en el giro autoritario orwelliano de corte izquierdista, hegemónico en la universidad. En las últimas décadas asistimos a un fenómeno sin precedentes: el cuestionamiento sistemático de los pilares de la civilización occidental, un proyecto deliberado de erosión de sus fundamentos racionalistas. Obras como Cómo el mundo creó Occidente de Quinn ejemplifican esta tendencia revisionista. Bajo la apariencia de corregir eurocentrismos, diluye la especificidad de la tradición occidental. El objetivo es "descentrar" Occidente; el efecto práctico, negar su coherencia como proyecto civilizatorio. Esta corriente minimiza la centralidad de la filosofía griega —Platón y Aristóteles— y la revolución del paso del mito al logos, las explicaciones racionales del cosmos y la sociedad, la lógica formal y la ética sistemática. Lo que era fuente primordial del racionalismo occidental se presenta como construcción artificial para legitimar hegemonía europea.
El asalto va más allá de la historia: los relativistas posmodernos atacan lo que llaman despectivamente "cultura blanca", término comodín para deslegitimar cualquier valor o práctica occidental. Entre los elementos propuestos para deconstruir figuran:
- El individualismo, denunciado como ideología opresora que ignora estructuras de poder y oculta la determinación social.
- La familia tradicional, vista como construcción arbitraria y represiva.
- El método científico y la objetividad, atacados como "una narrativa más" sin privilegio epistémico, mera máscara del poder.
- La ética del trabajo, reinterpretada como dominación capitalista y alienación.
- La religión cristiana, reducida a control social, ignorando su rol en la dignidad humana, igualdad ante Dios y derechos universales.
- La meritocracia, mito que perpetúa privilegios; la autoridad legítima, sumisión irracional; la propiedad privada, robo institucionalizado.
- La definición del ser en la acción productiva, reduccionismo; la orientación al futuro, negación del presente; la disciplina temporal, tiranía del reloj.
- La estética jerárquica, elitismo; la trascendencia, mecanismo de control; las fiestas cristianas, imposición religiosa.
- La justicia abstracta y universal, insensible; la competitividad, fuente de desigualdad; la cortesía, artificio burgués opresivo.
Lo común a todos ellos es que se trata de negar valores o instituciones superiores; todo sería construcción cultural relativa; nada, ni la política ni la ética, mucho menos la estética, sería universal. El resultado es un relativismo paralizante y nihilista que impide juicios morales o racionales.
Esta deconstrucción no es inocua. Una civilización que renuncia a sus fundamentos racionalistas y pierde confianza en la verdad y justicia objetivas está condenada a disolverse. El vacío se llena de dogmatismos irracionales, tribalismos identitarios y autoritarismos disfrazados de liberación. ¿Puede una sociedad sobrevivir cuando sus instituciones intelectuales socavan su herencia? La historia responde, ya que ninguna civilización ha resistido la pérdida de fe en sus fundamentos.
Defender la tradición occidental no niega sus errores ni afirma una superioridad innata, sino que reconoce que los principios de Grecia, el derecho romano, la ética judeocristiana y la ciencia moderna han producido logros extraordinarios de alcance global, de las libertades individuales al pensamiento crítico pasando por el progreso material y las instituciones que limitan el poder arbitrario.
Estos no son "construcciones de poder blanco", sino conquistas humanas universales. Renunciar a ellos por relativismo mal entendido no es progreso, es abdicación ante el irracionalismo. Sus consecuencias las pagaremos todos, empezando por los vulnerables que dependen de esas instituciones. El verdadero progreso no destruye los fundamentos de nuestra civilización, sino que los universaliza, haciendo realidad sus promesas para todos. Esa es la tarea, no el asalto nihilista a Occidente mismo. Paradójicamente, desde la misma Oxford que llevó a Occidente a su cumbre, ahora apunta a la debacle con profesores como Quinn, quien termina en 1492, cuando los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, expulsaron al rey musulmán Boabdil de Granada, de modo que por primera vez el concepto geográfico de Europa y el concepto cultural de cristiandad coincidieron perfectamente. Sin quererlo, Quinn sitúa a los reyes españoles como los más importantes de la historia de Occidente, al menos en los últimos mil años. Quinn dice que año tras año lee solicitudes de estudiantes que dicen que quieren estudiar clásicas para familiarizarse con las raíces de la cultura occidental. Ella va a tratar de que olviden a Grecia y Roma. Nos va mucho que no lo consiga. Y sospecho que no lo hará porque por mucho que se empeñen en Oxford y Texas, Platón es duro de matar.
