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Yad Vashem: el museo más importante del mundo

El Museo del Holocausto en Jerusalén es, quizá, el más importante del mundo, aquel que, casi como una asignatura obligatoria, todos debemos conocer.

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Museo del Holocausto

Me preguntaba si una segunda visita a Yad Vashem dejaría en mí el mismo rastro desolador de la primera. Rápidamente me he dado cuenta de que sí: por mucho que lo conozcas, el Museo del Holocausto de Jerusalén tiene una fuerza demoledora que deja al visitante poco menos que en shock.

Y no porque sea una colección de imágenes atroces de la Shoah, que podría serlo, sino porque es mucho más que eso: es la minuciosa descripción del proceso que desembocó en la Solución Final, pero que había empezado en los años 30 de Alemania por no decir en la Edad Media de toda Europa.

Además, al menos para mí, Yad Vashem tiene una virtud que diría más importante que la acumulación de hechos y datos: poner ante nuestros ojos caras y personas que dejan de ser parte de los-seis-millones-de-judíos-asesinados-en-el-Holocausto para convertirse en una pareja de recién casados, un hombre anciano, dos niños que nos miran -porque los niños nos miran directamente en casi todas las fotos, como interrogándonos-, dejan de ser parte de una estadística, en suma, para convertirse en seres humanos, familias, comunidades… que fueron exterminados en el más perfecto programa de asesinato masivo jamás ideado y llevado a término.

El Museo, que fue renovado completamente hace unos años, es además un ejercicio no sólo de historia –que no de propaganda como recalcaba innecesariamente nuestro guía- sino en cierto sentido de estilo: las imágenes elegidas, los objetos acumulados, la forma en la que los hechos pasan a nuestros ojos tienen un gran impacto y todo se ha tratado y elegido con un más que cuidado simbolismo en el que ningún detalle es banal y nada debe pasar inadvertido, aunque nuestra visita, desgraciadamente, tenga que ser un poco apresurada.

La memoria de los muertos

Perpetuar la memoria de los que se murieron es parte de la esencia de la institución, hasta tal punto que de ahí viene su nombre, tomado de una frase del profeta Isaías: "... y les daré en mi casa y dentro de mis muros un lugar y un nombre (Yad Vashem)... que nunca perecerá".

Esta tarea se simboliza y se lleva a cabo en el Memorial de los Nombres, donde se guardan las Hojas de Testimonio: documentos aportados por supervivientes o familiares o amigos de los asesinados en el Holocausto y en los que se recogen los nombres y biografías de las víctimas.

Con estas hojas se está elaborado la auténtica base de datos de víctimas de Holocausto en la que se intenta poner nombre a cada uno de los asesinados –hay todavía más de tres millones de víctimas que no se han podido identificar-.

Mucho más que un museo

Aunque sea considerado como tal, Yad Vashem, no es sólo un museo sino que es bastante más: por supuesto un espacio para el recuerdo y el homenaje, pero también un centro de estudios en el que todavía se acumulan objetos y documentación sobre el Holocausto e incluso, como hemos visto, los nombres de la víctimas.

El Museo como tal es un gran edificio diseñado por el arquitecto israelí Moshé Safdie, pero el complejo tiene mucho más: una parte de investigación y académica, un memorial para todos los fallecidos y otro específico para los niños -1,5 millones de menores fueron víctimas del Holocausto-, varios monumentos y una serie de jardines entre los que está el de Justos Entre las Naciones: aquellas personas que han sido reconocidos por el Estado Judío por haber arriesgado sus propias vidas para tratar de salvar a algunos judíos del Holocausto.

El lugar de todo Yad Vashem que en mis dos visitas más me ha impresionado es el memorial de los niños: un espacio oscuro en el que muchas velas y un juego de espejos reproducen casi el millón y medio de vidas que se apagaron brutalmente. Mientras tanto, y de forma ininterrumpida, escuchamos el nombre, la edad y el lugar de nacimiento de cada uno de los fallecidos: uno a uno, uno tras otro, durante días y días en un interminable y estremecedor bucle que no deja de oírse. No hay más, no hace falta más.

Siempre pensé que Yad Vashem es el museo al que todos deberíamos estar obligados a ir al menos una vez en la vida. Tras mi segunda visita me he convencido de que no: tendríamos que ir cada pocos años. No porque se lo debamos a los que murieron –que también- sino porque se lo debemos a nuestros hijos.

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