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Carrillo, el ogro que comía comunistas

Nunca tuvo escrúpulos o remordimientos al ordenar matar incluso a los camaradas que se jugaban la vida en España.

Pedro Fernández Barbadillo
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Los comunistas no matan sólo cuando toman el Gobierno (ningún PC ha llegado al poder en elecciones libres; siempre ha habido antes un golpe de Estado, una guerra civil o una invasión, desde Rusia en 1918 a Cuba en 1959), también cuando están en la oposición.

Durante la ocupación de Francia, el PC francés montó un Estado paralelo, con sus espías, sus tribunales, sus policías, sus verdugos y sus cárceles para localizar, secuestrar, juzgar y asesinar a los militantes que disentían de la línea de Moscú cuando se firmó el pacto nazi-soviético. Una vez cogido el gusto a la delación y el gatillo, los comunistas no se detuvieron ni cuando Alemania atacó la URSS. El número de muertos se calcula en más de 250. El libro que demostraba esta aberración de los comunistas franceses, matar camaradas antes que combatir a los invasores, todavía no se ha traducido al español.

Esta práctica tampoco fue ajena al PC español. En la paz de la República se entrenó dando palizas tanto a falangistas como a monjas y participó en un golpe de Estado en 1934. En la guerra civil, destacó por diezmar las filas de sus compañeros de lucha, como sufrieron los anarquistas de Aragón, Cataluña y Andalucía. El comunista Andreu Nin, del POUM, fue secuestrado por orden de Stalin y despellejado.

Una vez derrotado el III Reich, cabría pensar que el PCE abandonó las viejas costumbres, pero no fue así. Con Dolores Ibárruri en la Secretaría General, el joven Santiago Carrillo (nacido en 1915), que se las había arreglado para atravesar dos guerras sin pisar el frente, dirigió no sólo la ofensiva armada contra la España de Franco (Operación Reconquista), sino, también, la represión dentro del PCE. En esta última tuvo más éxito que en la primera.

Como escribió Enrique Líster, entre 1947 y 1951 "se venía aplicando el asesinato como método de dirección y de represión en el Partido" (Así destruyó Carrillo el PCE); "Carrillo y Antón ejercían un verdadero terror. Hubo camaradas que al pasar por los interrogatorios llegaron al borde de la locura, y algunos, ante las infames acusaciones que se les hacía, al suicidio" (¡Basta!).

No siempre balazos, pero siempre mentiras

Sobre quienes hacían sombra o desobedecían a Carrillo, Antón y Pasionaria caía el anatema comunista, mucho más despiadado que el cristiano. A veces, una bala; y siempre la difamación.

Entre los más ilustres purgados por el PCE destacan Joan Comorera, Jesús Monzón y Gabriel León Trilla.

Comorera fue secretario general del PSUC y consejero en la Generalitat presidida por Lluís Companys, tanto en la paz como en la guerra. En 1945 se enfrentó a la dirección del PCE y se le expulsó por haber contraído la desviación titista. Se supo condenado a muerte y en 1950 decidió abandonar Francia para marchar a la España franquista. Carrillo dio la orden a un comando de que le esperase en un paso de frontera y lo matase, pero Comorera salvó la vida porque sospechaba de sus camaradas y cambió de trayecto.

Fuera de su alcance, Carrillo le calificó en la prensa del partido como "traidor" a la clase obrera y "delator". Comorera fue detenido en 1954 por la policía franquista, después de vivir clandestinamente en Barcelona durante cuatro años. Se le condenó a 30 años de cárcel y murió en el penal de Burgos en 1958.

Cuando fracasó la invasión del Valle de Arán, Carrillo, Antón y Pasionaria, en vez de realizar su autocrítica, emprendieron una caza de brujas. Los escogidos fueron Jesús Monzón y Gabriel León Trilla, que se encontraban dentro de España levantando el PCE y organizando el maquis, o sea, jugándose la vida.

De Monzón escribió Líster en 1971:

Si hoy sigue en vida lo debe a haber sido detenido por la policía franquista en Barcelona (en 1945) cuando se dirigía a encontrarse con el enlace que "tenía que sacarlo a Francia", pero que en realidad debía conducirlo al lugar de su ejecución.

Como escapó a sus garras, el PCE lo destruyó ante los camaradas. Según un editorial escrito en el nº 4 de Nuestra Bandera (1950) por la mano de Carrillo y reproducido por Líster,

detrás de Monzón están los servicios de espionaje norteamericanos, están los agentes carlistas españoles.

Se le condenó en consejo de guerra a 30 años de cárcel. En prisión los demás comunistas le hicieron el vacío debido a las infamias vertidas contra él. En 1959 salió libre y marchó a México. Es decir, la dictadura franquista fue más benévola con él que el PCE. Dio clases de márketing en una escuela de negocios montada por el Opus Dei.

Calles y honores para un verdugo

A Trilla lo mataron los asesinos comunistas en 1945 en las afueras de Madrid, en el Campo de las Calaveras. La ejecución se hizo a puñaladas y no a balazos para dirigir las sospechas a un robo, a una mujer o, como se dijo entonces en ambientes comunistas, a un "lío de maricones"; para aumentar los indicios, se le abandonó desnudo.

La Pasionaria puso la infamia:

Como un viejo y experimentado provocador, Trilla entregó a la policía la organización del partido y de guerrilleros... Monzón y Trilla estuvieron ligados con el policía norteamericano Field, dándole la posibilidad de reclutar para su trabajo a elementos vacilantes, aventureros y arribistas.

El jefe de esta banda de asesinos, Cristino García, fue detenido y juzgado por el régimen franquista. En el juicio se mostró orgulloso de todos sus delitos. Se le fusiló en febrero de 1946. El Gobierno y la Asamblea Constituyente franceses protestaron porque García había combatido en la resistencia. Este verdugo tiene una calle en Alcalá de Henares y también en varias ciudades francesas, como París.

Líster afirma que Carrillo y Antón también planearon su asesinato, junto con el de Juan Modesto, pero el propio Stalin lo paró.

Otra de las víctimas de Carrillo y Pasionaria fue el maquis Víctor García García, alias el Brasileño, al que sus camaradas habían encargado en 1942 reorganizar el PCE y levantar una banda de guerrilleros. Pero el buró político le destituyó y le ordenó unirse al maquis. Como desobedeció, desde Francia se ordenó matarle. "Provocador" fue el último clavo en su ataúd.

En abril de 1948, un paisano encontró su cadáver medio sepultado por tierra y ramas y mordido por las alimañas, con un disparo en la cabeza, típica marca comunista. Se le enterró en el cementerio de la aldea de Moalde (Silleda), al pie de la iglesia. Durante décadas su muerte se atribuyó a la Guardia Civil. De no haberse descubierto la verdad, esta víctima de Carrillo habría sido honrada como víctima del franquismo por la ley de la memoria histórica de Zapatero.

Rehabilitación sin culpables

Varias de las víctimas del terror carrillista, como Quiñones, Monzón y Comorera, fueron rehabilitados por el PCE en 1986, cuando Gerardo Iglesias se hizo con la Secretaría General y jubiló a los viejos. Así pasaron de traidores para los camaradas a héroes por la voluntad de un papel. Sin embargo, no hubo sanción para los responsables de la infamia; ni se les mencionó. Pasionaria seguía presidiendo el PCE.

Carrillo le confesó a la periodista María Antonia Iglesias que él nunca tuvo escrúpulos o remordimientos al ordenar matar incluso a los camaradas que se jugaban la vida en España, mientras él estaba en Francia o en Rumanía o en Corea del Norte.

En algún caso, yo he tenido que eliminar a alguna persona, eso es cierto; pero no he tenido nunca problemas de conciencia, era una cuestión de supervivencia.

Le creemos, ¿verdad?

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