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El puente de Remagen, la oportunidad

El comienzo del cruce del río exigiría tiempo porque Montgomery, con su loable prudencia, no quería atacar hasta tener asegurado todo su equipo.

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El comienzo del cruce del río exigiría tiempo porque Montgomery, con su loable prudencia, no quería atacar hasta tener asegurado todo su equipo.
Reparaciones en el puente de Remagen. | Wikipedia

Por fin los Aliados, avanzando en línea, una formación junto a la otra, llegaron al Rin, el más importante obstáculo en el camino hacia el corazón de Alemania. En marzo de 1945 -los combatientes no lo sabían pero quedaban solo dos meses para que acabara la guerra-, desplegaban de norte a sur, una vez más, los Grupos de Ejército de Montgomery, Bradley y Devers. Eisenhower, como SHAEF, había encomendado a Montgomery cruzar el Rin en fuerza con su Grupo de Ejércitos 21º, al norte, a la altura de Wesel y Harminkein, en lo que se denominaría la Operation Plunder.

El comienzo del cruce del río exigiría tiempo porque Montgomery, con su loable prudencia habitual, no quería atacar hasta tener asegurado todo su equipo, evitando así bajas injustificadas -el Grupo contaba con 300.000 soldados y fue necesario acopiar más de 36.000 vehículos, más de la mitad de ellos anfibios-. Entre tanto, los demás Comandantes debían acompasar su avance al del Mariscal británico. En tal sentido el Tercer Ejército norteamericano (Patton) estaba preparado para hacer cruces en una línea hasta 300 Km. aguas arriba entre Coblenza y Oppenheim, en Boppard, en Goar, y hasta Maguncia.

El Noveno Ejército norteamericano (Simpson) había llegado al Rin a la altura de Düsseldorf (220 Km. aguas abajo de Maguncia). El Séptimo Ejército norteamericano (Patch) cruzaría el río a la altura de Worms, 50 Km. aguas arriba de Oppenheim. Todos estos ataques se llevarían a cabo a partir del 23 de marzo. El Rin era el segundo más caudaloso de los ríos europeos, y los alemanes habían volado todos sus puentes, aunque eso había supuesto cerrar el paso a ejércitos propios en retirada, tales como los restos del Decimoquinto (Von Zangen).

Así las cosas, el 7 de marzo -ahora se cumplen 70 años- una unidad de infantería acorazada del Primer Ejército norteamericano (Hodges) que avanzaba hacia el sur por la ribera izquierda del Rin a la altura de Remagen, 30 Km. aguas arriba desde Bonn, se encontró con un puente de ferrocarril que cruzaba el río, el Puente Luddendorf, y que aparentaba mantenerse intacto. Rápidamente los atacantes (División de Infantería Acorazada nº 9) tomaron el puente al asalto, sin dar tiempo a que los alemanes del Séptimo Ejército (Branderberger) hicieran explosionar las principales cargas. Los norteamericanos pisaban los talones a los alemanes e ignoraban cuántos eran éstos y de qué calidad eran las tropas (se trataba de Volksturm o milicia local). Podía, ciertamente, tratarse de una trampa pero también era una ocasión única que no cabía desaprovechar.

Los infantes norteamericanos fueron recibidos por fuego de la fusilería alemana, que desesperadamente trataba de enmendar el yerro cometido al no volar el puente. Pero los hombres de Hodges, prevaliéndose de la superioridad de su armamento, se hicieron con el puente en 30 minutos, con el apoyo de fuego de los carros de combate Sherman M-4 y de las ametralladoras de los vehículos semioruga M-3; cortando los cables de las cargas y deshaciendo las cargas visibles.

El Primer Ejército pudo así sacar partido de la oportunidad del Puente de Remagen y por increíble que le pareciera al SHAEF, en los ocho primeros días hizo pasar a la orilla derecha del Rin no menos de cinco divisiones -más de 50.000 soldados-, constituyendo así una sólida cabeza de puente. Los intentos del OKW por recuperar el puente mediante ataques directos de infantería, o de destruirlo con artillería pesada o con buceadores, o con minas flotantes, o con bombardeos en picado, fracasaron.

Diez días después del golpe de mano

El 17 de marzo, diez días después del golpe de mano, el Puente Luddendorf se hundió, causando 90 bajas norteamericanas; fuera por el peso de los vehículos que soportaba (continuo paso de carros de combate y otros blindados), por la vibración que experimentara por las constantes explosiones, o por defectos de construcción. Pero para entonces los ingenieros del Primer Ejército norteamericano ya habían tendido sobre el Rin en las misma zona tres puentes de pontones por los que el Primer Ejército cruzaba el gran río con relativa normalidad.

Pero el objetivo, un regalo inesperado, se había alcanzado. Lo que produjo inmediatas consecuencias estratégicas, a saber: La primera, que el Grupo de Ejércitos B (Model) tuvo que desviar 11 divisiones -2 de ellas Panzer- para intentar suprimir o reducir la cabeza de puente. Con ello, disminuía el potencial para contrarrestar el ataque de Montogmery sobre el Rin en Wesel que debía comenzar el 23 de marzo -la anunciada Operation Plunder-.

La segunda, que los Ejércitos norteamericanos Primero (Hodges) y Noveno (Simpson), ya ambos al este del Rin (el Noveno Ejército, provisionalmente adscrito al Grupo de Montgomery, cruzaría el río en Düsseldorf, 100 Km. aguas debajo de Remagen, el 22 de marzo) se unirían en una sola pinza al este en Lippe, cerrando la cuenca del Ruhr por el sur y el norte, respectivamente, en un arco mucho más reducido que el que hubiera tenido que formarse esperando al Tercer Ejército (Patton), mientras el 21º Grupo de Ejércitos (Montgomery) cruzaba el Rin en Wesel y reforzaba el cierre de la bolsa por el norte, al tiempo que invadía las llanuras de la Baja Sajonia, en demanda del curso bajo del Elba y del Schleswig-Holstein, fronterizo con la Dinamarca todavía ocupada.

El comienzo de la rendición

La tercera, consecuencia de las anteriores, que cuando empezó el troceo sistemático de la bolsa -de la que los alemanes no podían escapar- por los dos Ejércitos norteamericanos Noveno y Primero la desmoralización cundió en el Grupo de Ejércitos B (Model) y el 4 de abril los generales alemanes (Bayerlein, Von Zangen, Harpe), atrapados, comenzaron a rendirse. Model -no fue el único- se suicidó, su Grupo de Ejércitos dejó de existir y 300.000 soldados quedaron prisioneros de los angloamericanos. Era el colapso final. La masa crítica del Ejército alemán había dejado de existir. La resistencia en la Europa Occidental terminó.

Y ello porque el Grupo de Ejércitos H (Blaskowitz) estaba también encerrado en la Holanda todavía ocupada, sin poder moverse. El Grupo de Ejércitos G (Schulz) retrocedía sin cesar y se desintegraba en Baviera ante el avance del Grupo de Ejércitos 6º (Devers) sin capacidad para contraatacar. En el norte de Italia el General de las SS Wolff estaba ya negociando con los angloamericanos la rendición del Grupo de Ejércitos C. En Noruega el OKW mantenía el Vigésimo Ejército de Montaña (Böhme); pero dicho ejército estaba ocupado en rechazar la ofensiva del Ejército Rojo en Laponia, por lo que no podía ser traído a Alemania. En Dinamarca las Divisiones de Infantería nº 160, nº 166, y Panzer de Reserva nº 233 ejercían solo funciones de guarnición y entrenamiento; sin capacidad ofensiva, si hubieran querido abandonar Jutlandia y volver al continente habrían visto su ruta cortada por la masa del Grupo de Ejércitos 21º que llegaba al Schleswig-Holstein.

Entre tanto, Hitler había ordenado fusilar a los cuatro oficiales de la Wehrmacht que habían incumplido las órdenes de volar el Puente Luddendorf. No habían tenido tiempo de hacerlo; pasaban por allí, nadie les había dado la orden, ni habían tenido a su disposición las cargas necesarias. Habrían sido también sido fusilados caso de haber llevado a cabo la voladura, por hacerlo demasiado pronto. Recuérdese que restos del Decimoquinto Ejército alemán habían quedado atrapados al oeste del gran río.

Pero Hitler estaba ya loco; loco estratégico. Operaba con ejércitos que existían solo sobre el papel y con divisiones que tenían solo un batallón de infantería y una batería de artillería. Diettrich llegó a decir que su Sexto Ejército Panzer de las SS se llamaba así porque solo le quedaban 6 carros de combate. Cuando Guderian, Jefe del OKH, pretendió llevar los nuevos ejércitos recientemente reconstituidos, el Undécimo (Steiner) y el Duodécimo (Wenck), al este de Berlín para parar al Ejército Rojo, Hitler se negó porque los necesitaba para ¡empujar a los angloamericanos al otro lado del Rin! y destituyó a Guderian. Mantuvo el Grupo de Ejércitos de Curlandia (Rendulic) -300.000 soldados articulados en los Ejércitos Decimosexto y Decimoctavo- en la península de su nombre ¡porque lo necesitaba para asegurar el entrenamiento de los submarinos en el Báltico! Envió al Segundo Ejército Panzer (De Angelis) y al Sexto Ejército Panzer de las SS -recién recuperado de la batalla de Las Ardenas- al doble objetivo de recuperar Budapest y de apoderarse de los yacimientos petrolíferos cercanos al Lago Balatón, fracasando la ofensiva y sustrayendo a dichos ejércitos de la última oportunidad de salvar Berlín.

La represalia

Porque ya no se trataba de que la guerra fuera a durar dos o tres días o dos o tres semanas más. Se trataba de poner la mayor extensión de tierra de por medio huyendo de los rusos y buscando a los angloamericanos para rendirse ante ellos, aunque se habían detenido en el Elba, a 95 Km. al oeste de Berlín. Efectivamente, la venganza, las represalias de las tropas soviéticas se venían anunciando desde que el Tercer Frente Bielorruso (Cherniakowsky) pisara los límites de la Prusia Oriental. De pronto, los soldados rusos, que vivían miserablemente en la estepa, se dieron cuenta de la diferencia de su nivel de vida con el de sus invasores, y no pudieron entender que los propietarios de las fincas y de los palacetes prusianos, los Junkers, que vivían con agua corriente, calefacción, porcelana de Sajonia, mobiliario de caoba, pianos de cola y todo tipo de comodidades, pudieran haber causado tal tipo de atrocidades en la ocupación de su Santa Rusia.

A partir de ese momento caer prisionero del Ejército Rojo era una vía directa a la muerte; desde luego, la NKGB mataba a sangre fría a cualquier miembro de las SS o de la Gestapo que cayera en sus manos -ninguno de los 5.000 miembros de las SS capturados tras el sitio de Budapest vivió para contarlo-. Los civiles eran objeto de saqueo, violación, mutilación o asesinato, según el nivel de indisciplina que los comandantes soviéticos fueran capaces de mantener entre sus subordinados. Beevor mantiene que a partir de la entrada de los rusos en territorio alemán las violaciones de mujeres de cualquier edad -de 8 a 80- eran una actividad cotidiana de la soldadesca. Las violaciones en Budapest se cifran en 40.000. En Pomerania, Silesia, Prusia y entre el Oder y Berlín se cifran en 100.000. Seguidas, muchas veces, de mutilación, asesinato y, sistemáticamente, del saqueo de bienes personales y colectivos.

Las carreteras se llenaban de caravanas de poblaciones enteras que huían en tractores, carromatos, caballerías, trineos, parihuelas, a veces coincidiendo en la ruta con automóviles Horch de jerarcas nazis, o con camiones con milicianos de la Volksturm o de la propia Wehrmacht que buscaban un Comandante angloamericano al que rendirse. Sonaban las proclamas del poeta soviético Ilya Ehrenburg: "a partir de este momento hemos entendido que los alemanes no son humanos…no salvéis al hijo en el vientre de su madre…las violaciones masivas elevan la moral de los soldados... Mataremos. Si no has matado por lo menos un alemán cada día has desperdiciado ese día... no cuentes los días, no cuentes las distancias, cuenta solo el número de alemanes que has matado... El soldado alemán con un arma en la mano no es un hombre para nosotros. Es un fascista... La palabra "alemán" ha llegado a ser la maldición más terrible... Matemos. Si no matas al alemán el alemán te matará... Se llevará a tu familia y la torturará en su maldita Alemania. Si has matado a un alemán mata a otro... Matadlos, matadlos a todos en el vientre de sus madres…"

Para los rusos que sabían de la muerte de un millón y medio de civiles por hambre y frío en el sitio de Leningrado entre 1941 y 1944; para los que sabían que tres millones y medio de los prisioneros soviéticos que los alemanes habían capturado en las campañas de 1941 a 1943 habían muerto por tortura o inanición en campos de concentración solo definidos por una alambrada y expuestos a la intemperie; para los que sabían que los Einsatzgruppen habían asesinado y arrojado a fosas comunes a un millón de civiles -fueran o no judíos- en Kiev, Kovno y Riga en 1941 y 1942, y en 1943 regresaron para desenterrar los cadáveres y quemarlos; para los que sabían que a los comisarios políticos del Ejército Rojo capturados se les daba inmediatamente un tiro en la nuca; para los soldados que al volver a la aldea liberada encontraban las casas incendiadas y a los familiares y vecinos ahorcados, las acciones a las que exhortaba Ilya Ehrenburg estaban plenamente justificadas.

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