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A vueltas con el oír y el escuchar

Siglos de inquisiciones y censuras nos han hecho a los españoles muy cautos de lo que podamos decir y no sea conveniente.

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Son innúmeros los correos que recibo a propósito de la confusión entre el oír y el escuchar. Seleccionaré un par de ellos más aleccionadores. Gloria Andreu (argentina retornada a la madre patria) certifica que la sustitución de oír por escuchar se dio antes en la Argentina. Por eso, cuando alguien le decía por teléfono "no te escucho", ella le respondía "si no me oís, te lo repito; si no me escuchás, no te hablo". Señala doña Gloria otra sustitución igualmente injustificada en la Argentina: la de rojo por colorado. Entiendo que en España también se da a veces, pero es más bien un vulgarismo. Ignoro por qué. El color rojo es la divisa del PSOE, pero también lo ostenta el Banco de Santander.

Carlos Aurelio Caldito se une a mi insistencia en conservar el verbo oír, distinto de escuchar. Don Carlos Aurelio es sordo y se resiste a considerarse discapacitado auditivo, entre otros ridículos eufemismos. Siempre ha tenido que llevar audífonos (y no "escucháfonos", precisa). Ahora le han hecho un complicado trasplante y oye un poco. Entiende ─y le doy la razón─ que el hecho de ser sordo es una de las discapacidades más terribles. Mal que bien, hemos dispuesto rampas junto a las escaleras para las personas que van en silla de ruedas (que son cada vez más). Sin embargo, la sociedad no establece muchos medios para facilitar la vida de los sordos. También es verdad que "el más sordo es el que no quiere oír", esto es, no escucha.

La confusión entre oír y escuchar se entremezcla con un rasgo cultural de los españoles actuales. En las conversaciones amigables pueden superponerse varias voces a la vez, lo que significa que los interlocutores se oyen, pero no se escuchan. Es decir, las palabras entran por un oído y salen por el otro. Es un rasgo que asombra a algunos extranjeros que nos visitan. No acaban de comprender cómo nos las arreglamos los nativos para comunicarnos en una conversación entre varios. Igual es que la comunicación es lo de menos. Ya es curioso que una amenaza sea entre nosotros: "Ese me va a oír".

En la charla ocasional entre dos personas, aun con la máxima franqueza, es corriente que alguna de ellas acuda a la muletilla: "¿Entiendes lo que te quiero decir?". O bien, "¿sabes lo que te digo?". Indica que no se siente seguro de si el interlocutor le está escuchando o no.

En las tertulias de la radio y de la tele se comprueba el espectáculo de los que se sienten ávidos de largar su discurso sin escuchar lo que dicen los demás. Es muy corriente que un tertuliano repita sus argumentos una y otra vez, dando por sentado que no se le escucha. Maravilla la expresión "como quien oye llover" para indicar que uno no hace caso a lo que le dicen. Pero el sonido de la lluvia sobre los árboles, sobre las ventanas o las tejas resulta muy agradable. "Monotonía de lluvia tras los cristales", que dijo el poeta. Mas placentera monotonía.

Siglos de inquisiciones y censuras nos han hecho a los españoles muy cautos de lo que podamos decir y no sea conveniente. Bien es verdad que la expresión "las paredes oyen" es una cautela que procede de Francia. Responde a un dispositivo que puso la reina Catalina de Médicis para sorprender las conversaciones de los hugonotes. Ahora hay procedimientos más alambicados de escuchas. Los servicios secretos pueden grabar las conversaciones telefónicas de cualquier persona, por encumbrada que esté. Es decir, ya no hay secretos ni siquiera para los servicios secretos.

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