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¡Viva Alemania!

Alemania provee de telefilmes malos a La 1. Pero aparte de eso nos ha dado cosas mucho mejores.

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La invasión de los telefilmes alemanes | Archivo

El domingo vi seguidas dos películas alemanas de La 1. Casi tres, porque la primera la pillé a la mitad. La segunda era sobre una princesa sueca que se iba a casar con el futuro rey de un país inventado pero acababa enamorada de un arquitecto paisajista y renunciaba al trono. Se llamaba Princesa del corazón. La tercera, ambientada en un lugar cercano a Nueva York, iba de un matrimonio que iba a hacer un viaje en barco de seis meses. La mujer descubría que el marido ya no tenía dinero pero sí una amante. Luego resultaba que la amante era una hija sobrevenida. Él también tenía un problema médico en su miembro viril y por eso no consumaba (a la legítima eso le parecía otra prueba de la infidelidad). Se titulaba El silencio de Howard, que era el marido. Al final hacían el viaje porque la mujer contaba sus desgracias en un blog y la gente soltaba la pasta para que surcaran los mares. Los dramas de ricos de estas películas alemanas que la ZDF le vende a RTVE casi nunca transcurren en Alemania. Y son unas películas muy malas. Pero da igual. Lo hice por Alemania. Como homenaje a Karl Jacobi, el alemán que plantó cara a Roger Torrent. Escuchar a Wagner no me cuesta trabajo.

Tampoco hay que exagerar. Vidal-Quadras ha comparado a Karl Jacobi con Oskar Schlinder y Otto Weidt. En su artículo de vozpópuli se lee: "Karl Jacobi se ha consagrado para la Historia, en la estela de otros nobilísimos compatriotas suyos, como Oskar Schlinder y Otto Weidt, que en los años cuarenta del siglo pasado resistieron frente a la pesadilla hitleriana, como un valeroso y extraordinario héroe alemán". Hombre, todos hemos aplaudido al simpático gordinflón, a este empresario alemán que cantó las cuarenta a Torrent (no los 40). Pero vamos a contenernos.

No es que hayamos descubierto ahora Alemania y sus prodigios. Julio Camba, en una de sus crónicas sobre y desde el país en 1912, decía que los españoles iban a Alemania a hacerse sabios. "Verdaderamente, en ninguna parte hay libros tan gordos como en Alemania", escribió. Y también: "Los alemanes son grandes y yo soy chico, son rubios y yo soy moreno, son gordos y yo soy delgado. Los alemanes saben filosofía y matemáticas y griego y otra porción de cosas, y yo tengo una ignorancia enciclopédica que revela un gran españolismo". Mi tía Justa nunca leyó a Camba pero una vez fue a la Costa Brava y nos contó lo que vio: "Había un montón de gente de esa alta, rubia… de Alemania".

Y piensen, muchos años después, en El triunfo de la voluntad (1934), de Leni Riefenstahl, esa obra maestra del cine alemán. Pero lo digo por lo que Leni contó del rodaje. Eran 120 personas en el equipo y no tenían dónde alojarse porque todos los hoteles de Núremberg estaban llenos. "Había un gran edificio vacío… Julius Streicher facilitó su ocupación. Inspeccionamos la casa vacía. No había luz, ni agua, ni teléfono. No estaba claro cómo íbamos a vivir allí. ‘La casa estará lista en dos días’, nos aseguró, conciliador, su encargado. Cuando volvimos 48 horas después no podíamos creer lo que veían nuestros ojos. No solamente teníamos agua y luz, sino una centralita telefónica con varias líneas. Había oficinas, salas de reuniones, una sala de conferencias, una cafetería, cámaras oscuras para revelado… Las habitaciones tenían camas, armarios, sillas, una mesa y cuartos de baño para 120 personas. El trabajo podía comenzar" (Conversaciones, 15. Leni Riefenstahl. Editorial Confluencias). Dos días. Y perdieron la guerra. Volvió a pasar el tiempo y los desastres de la contienda. "Caminar sobre las ruinas de las ciudades alemanas es dudar sobre la continuidad de la civilización", dijo Orwell. Pero no. La civilización continuó. Y en Vente a Alemania, Pepe (1971), Angelino (José Sacristán) convencía a los de Peralejos de las bondades de Alemania, y Pepe (Alfredo Landa) se iba a Munich porque un marco eran muchas pesetas y Angelino le había dicho que las alemanas eran fáciles (con permiso de los stalkers de la DRAE). Pepe tampoco había leído a Camba: "Ya he dicho que aquí [en Munich] si no acaricia uno a las camareras, las camareras le toman a uno por un hombre orgulloso y le sirven mal".

Para seguir mi homenaje quizá lea un poco a Walter Benjamin, a Thomas Mann a Hildegarda de Bingen o incluso el Mein Kampf en edición anotada. Pero yo no vuelvo a ver una película de esas.

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