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Del necio al lunático

Sócrates no atribuía a maldad sino a necedad cosas como entristecerse porque a los amigos les vaya bien, o disfrutar robando y matando.

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Varios miles de personas protestan por la sentencia de la Manada. | EFE

Sócrates no atribuía a maldad sino a necedad cosas como entristecerse porque a los amigos les vaya bien, o disfrutar robando y matando, pues quien haya sido diligente a la hora de informarse sobre sí mismo y sobre su dependencia de los demás nunca incurrirá en incoherencias tan dignas de castigo. Los sensatos son también quienes saben que la virtud es su propio premio, y buscando lo probadamente útil dejan que la verdad se defienda a sí misma, en vez de mutilar su elocuencia con censores. Por otra parte, también entra en el continente de los necios (ne scio, "no sé") el lunático, a quien solo eximimos de responsabilidad mientras demuestre que es un memo total en vez de un aprovechado.

Pero ¿en qué continente metemos el revuelo montado en torno a "la Manada"? De tales proporciones está siendo, que algún medio norteamericano se hace ya eco del escándalo evocado "por la absolución". Y, efecto, nueve años le parecen absolución al movimiento antipatriarcado capitalista, en un caso de abusos deshonestos donde la propia agraviada no denuncia intimidación ni violencia. La fiscalía había pedido más de 22 para cada acusado, y no faltan partidarios de revisar este tipo delictivo, aunque ni uno solo lo proponga desde la teoría general de la culpa –primer curso en la asignatura de Derecho Penal-, donde considerar el conjunto de los crímenes y sus retribuciones permite hacerse al menos una vaga idea del asunto.

Si no pensamos este campo como totalidad dinámica, en la cual todo cambio suscita reacciones más o menos paradójicas, ni siquiera tomaremos en cuenta evidencias tan elementales como la inducción a crímenes mayores para tapar crímenes menores. Viendo que el homicidio es castigado hoy con entre 10 y 15 años, el miserable decidido a violar tendrá un estímulo añadido para matar al término, calculando que los cadáveres no hablan, y el principal problema será hacerlo desaparecer. Igual o peor de contraproducente es infiltrar con ideología estas conductas, imaginando que malversar, raptar, chantajear y asesinar se trasmutan en actos positivos si los inspirase alguna confesión política.

Como en casos paralelos de linchamiento paralelo –el duque de Feria, por ejemplo, acabó suicidándose tras acusaciones de pedofilia y proxenetismo sin otro fundamento probatorio que la foto de una niña en la bañera, y una papelina de coca en el bolso de su madre, por entonces prostituta-, la deliberación moral y técnica de los magistrados resulta atropellada por la sentencia ya emitida desde una masa de acoso, y me pregunto cuánto tardará el magistrado disidente en ser acusado de complicidad con los violadores.

Ahora bien ¿qué pena concreta sugiere esta masa de acoso particular? Si convenimos 25 años ¿cuántos le corresponderán al violador tipo ISIS, que se permite vender luego a la víctima, pues al ser infiel no es solo una menor perpetua -como el resto del género femenino para los mahometanos-, sino un simple mueble de naturaleza especial? ¿Y cuántos al violador que mata tras atormentar por costumbre, como tantos psicópatas desalmados? ¿Y cuántos al que hace eso mismo con niños?

Seis años le cayeron, por ejemplo, a Arnaldo Otegi por participar en el secuestro del empresario Luis Abatua. 24 cumplió su correligionario Antón Troitiño –a cuenta de 22 asesinados- y solo cumplió 18 a cuenta de 25 Iñaki de Juana Chaos, que se sigue considerando "una víctima del estado de excepción no democrático creado por Francia y España". En febrero de 2007 el Sunday Times publicó una entrevista epistolar con él titulada "Cargado de cadenas y consumido, un etarra suplica por la paz", y la estela de esa pantomima fue una excarcelación seguida de exilio en Venezuela, donde regenta una licorería.

Dudo de que estas reflexiones turben siquiera un instante la firme convicción de que todo irá mejor castigando en este caso con 22 años como mínimo. En 1992, recordarán, Mike Tyson fue condenado a 10 años por violar a una modelo que se había encamado con él, aunque cambió de idea en el último momento. Seis meses después, Lorena Bobbit seccionó el pene de su marido John mientras dormía, salió corriendo con él y lo tiró desde la ventanilla del coche, aunque la policía logró hallarlo, y tras nueve horas de operación fue posible el reimplante, por más que John no lograra recuperar "plenas sensaciones".

En el subsiguiente juicio Lorena fue absuelta, al apreciar el jurado que obró "trastornada por un impulso irresistible de herir sexualmente", justificado a su vez en la frecuencia con la cual ella se sentía forzada a copular "con un egoísta, acostumbrado a no esperar lo bastante para hacerme gozar" (véase Time Magazine, 23/11/1993). Entretanto, grupos feministas radicales amenazaron con lanzar una ofensiva de castraciones indiscriminadas, y el marido filmó entre otros Frankenpenis, un film para adultos donde lograba ereccionar. Diez años más tarde la pareja se pediría mutuamente excusas en un programa de prime time, legando un sabor agridulce a su historia, donde no fueron lo de menos las horas pasadas por el varón antes de ser llevado al quirófano, cuando su obsesión era lograr pegarse un tiro.

Eso fue hace un cuarto de siglo, cuando los medios y la clase política eran ya incondicionales de lo políticamente correcto, en buena medida un neologismo para la tabla de valores y criterios de quienes decidieron en los años 80 seguir luchando por el proletariado, aunque éste hubiese decidido ignorar su interés auténtico. Hoy su convicción es que pronto o tarde el victimismo triunfará, y todos podremos disfrutar el confort y las seguridades del dependiente vitalicio, con tal de abolir la lógica del beneficio egoísta.

El caso de La Manada, o el pasado Día de la Mujer, son oportunidades para que esta perspectiva se celebre a sí misma, pero no tengo elementos de juicio suficientes para decidir si retrocedió o avanzó entre nosotros en las tres últimas décadas. Opera por fluctuaciones, como las que inclinaron la balanza a favor del pragmático Macron en Francia, y de un payaso como Grillo en Italia. La opción entre necios, lunáticos y sensatos se diría lo único no fluctuante, y por primera vez en mucho tiempo me parece que los españoles tienen una alternativa al bipartidismo, no equivalente tampoco a la fe altermundista. Esperemos pues el veredicto de las próximas urnas, instando su adelanto en lo posible.

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