
He comenzado el verano rompiendo el embrague del coche bajo un sol de justicia, con el auto repleto de gente hambrienta y cabreada, cuando llegaba tarde a un almuerzo, y tan solo tres kilómetros después de que una amable pareja uniformada me firmara un autógrafo por un pequeño malentendido entre el tocino y la velocidad. Una gozada. No disfrutaba tanto desde la última operación de fimosis. ¿El suyo, qué tal? Sí, sé que estamos por fin en periodo vacacional, pero supongo que, como decía Wodehouse, "la fascinación por el tiro como deporte depende casi por completo de si estás en el extremo correcto o equivocado del arma".
Veamos. La historia de la literatura está plagada de grandísimos autores que han publicado sus obras por entregas en periódicos. Charles Dickens, Gustave Flaubert, G. K. Chesterton, Itxu Díaz, o Fedor Dostoievski, somos algunas de las estrellas de la literatura universal que frecuentamos esta particular forma de llegar a nuestros lectores. Díaz, sobre quien recae aquí la responsabilidad literaria veraniega, no posee el carismático apellido de Dostoievski, la magia literaria de Dickens, ni la capacidad narrativa de Flaubert. En cambio, comparte con Chesterton un profundo amor al vino, lo que tal vez explique algunos de los artículos de esta saga que hoy comienza, dedicada a comentar los usos y costumbres del verano.
Por desgracia, Díaz, ese cretino, no cuenta con la legión de seguidores de Chesterton, tal vez porque al contrario que el londinense, aún no ha muerto, al menos a la hora de escribir estas líneas. Tampoco nadie traduce sus libros al ruso, pero a cambio goza de feliz popularidad en ciertas islas de la Polinesia, en parte del Amazonas, y en zonas vírgenes del desierto de Namibia. Sus fans en estos lugares no leen sus libros, los devoran. Y a los autores también.
Hay hechos incontrovertibles sobre las vacaciones. Los hombres jamás bajan la ventanilla para preguntar a un desconocido por dónde se va, aunque eso implique llegar a la playa a la hora de volver de la playa. Mientras que las mujeres nunca están satisfechas con el contenido de su maleta, aunque sus dimensiones –las de la maleta— sean seis veces las del maletero. Dave Barry nos instruyó científicamente sobre esta tara masculina: "Es un hecho bien documentado que los hombres jamás preguntan por direcciones. Es una cuestión biológica. Por eso se necesitan varios millones de espermatozoides para localizar un óvulo femenino, a pesar de que, en relación con ellos, el óvulo tiene el tamaño de Wisconsin". Sobre el asunto de las dimensiones de la maleta femenina, todos los autores citables han sido recientemente cancelados.
Aunque a menudo porte el atuendo colorido de Torrente, el cronista de verano ha de laburar con la gris abnegación del trapense. Para Itxu Díaz será necesario bajar directamente a la arena, y desgranar con coraje todas esas cosas que hacen que nuestros veranos sean como son y no como nos gustaría que fueran, la cita es de Rajoy.
De esta manera, en las próximas semanas, entre otras experiencias límite, el autor se verá obligado a descifrar el mecanismo de apertura de la crema solar (sin rotura de uñas), a sobrevivir a la visita a un parque de atracciones, a aprender a ligar con una mujer extranjera sin conocer su idioma, a extender una toalla en un día ventoso en un playa del norte, a comprar un traje de baño en la era de las disco-tiendas textiles, o a arrojarse río abajo para hacer senderismo por el agua, sea cual sea el nombre que reciba esta forma de suicidio acuático. De toda experiencia extraerá utilísimas recomendaciones para los demás, como si fuera una bella influencer haciendo unboxing en directo de una carta de la DGT.
Lo asumo con la imperturbabilidad del antropólogo drogado por un chamán, con la relajación del domador de leones manco, y con la frialdad del fabricante de aparatos de aire acondicionado en Groenlandia. Conozco mis obligaciones, carezco de derechos, y estoy convencido de que no voy a defraudarles, al menos no voy a defraudarles más de lo habitual.
Cada semana tendremos una cita con la sátira del verano. Ustedes podrán reírse, si les apetece, pero yo hablaré muy en serio, como corresponde al hecho de que esté, a esta hora del día del Señor, realizando fatigoso trabajo de campo en la zona de coctelería del chiringuito.
Y ahora, si me disculpan, no busquen metáfora inguinal alguna en mi excusa para huir, pero se me está calentando la caipirinha.