
Si Dios no lo remedia, en unas horas habré cumplido 43 años. El día de San Enrique, un abrazo a Enrique Urquijo y Quique San Francisco, donde estéis. El Día Mundial del Rock, mueve tus caderas. El Día Internacional del Director de Orquesta, felicidades a David Sánchez Pérez-Castejón y Begoña Gómez. Tampoco es un acontecimiento cumplir años, lo sé. Nos lo explicó el genial Dave Barry hace tiempo: "Llega un momento en el que debes dejar de esperar que otras personas le den mucha importancia a tu cumpleaños. Ese momento es la edad de 11 años". Los 11 años, oh cielos. Lo recuerdo como si fuera ayer. Era 1992. Cuando el mundo se movía entre dos mascotas, Curro y Cobi, y Butragueño todavía enchufaba 15 o 20 goles por temporada.
Más de cuatro décadas en el alambre, amigos. A esa edad, Gutenberg ya había inventado la imprenta, James Stewart ya había protagonizado Qué bello es vivir, John Belushi ya había muerto, Einstein ya había formulado la teoría de la relatividad, y Alejandro Magno ya era Rey de Macedonia, Hegemenón de Grecia, Faraón de Egipto, Rey de Asia y Gran Rey de Media y Persia. Y yo aun no mando ni en mi casa.
Recuerdo bien el día en que nací. Estaba escribiendo una columna para un periódico prenatal y vino una señorita muy mona a decirme que debía nacer. A mi madre le venía fatal y yo, por entonces, era bastante perezoso. Pero la chica me insistió en que debía llegar al mundo de forma inminente o entraría un señor con bigote a sacarme a la fuerza. Por vez primera sentí que la libertad no es un bien absoluto. Alegué que prefería esperar a que mi madre llegara al hospital, porque nacer solo es deprimente y me negué a salir, acogiéndome a la Convención de Bombay Sapphire, o una de estas.
La matrona, después de intentar convencerme, incluido el recurso al soborno, me contó que afuera estarían esperándome sus amigas. Eso me persuadió. Así que salí muy ilusionado, y me sentí furioso porque nadie había previsto que, después de nueve meses de oscuridad, necesitaba unas malditas gafas de sol. Por lo demás, la verdad es que las enfermeras eran guapísimas. Pero, por desgracia, ninguna aceptó mi invitación a cenar esa noche. Todas tenían que atender a sus bebés de 40 años.
Descubrí pronto el arte del amor. Apenas llevaba tres días en la tierra y ya estaba aprendiendo a lanzar el chupete por la borda de la cuna para que alguna de aquellas muchachas en bata blanca tuviera que agacharse a recogerlo; siempre me lo devolvían con las sonrisas y carantoñas del amor. Cuarenta años después, sigo empleando la misma táctica para ligar. Por razones que se me escapan, ya no me funciona. Y eso que entonces, como ahora, también estaba alopécico, apenas sabía hablar, y dormía a todas horas. Estoy igual que hace 43 años, salvo que ahora pago más impuestos, o al menos –si eres inspector fiscal, salta ahora mismo al próximo párrafo- debería hacerlo.
El mundo no es lo que era. Entonces a los niños nos dejaban ser niños. Ahora todos quieren que nazcas sabiéndote de memoria el Manual del Perfecto Progresista, que tengas una conciencia social tan gigantesca como las ramificaciones del Caso ERE de Andalucía, y que elijas cada mañana, antes de entrar a la guardería, si ese día te sientes hombre, mujer, o Tortuga No Binaria del Orinoco. Si eres niño, te ponen a calcetar en el recreo; si eres niña, te ponen a jugar al rugby; y si eres Tortuga No Binaria, te dedican un día en tu honor, y hacen venir a los demás niños con caparazón y pintados de verde, para normalizar el hecho de que hay niños que son tortugas y otros que no, y no pasa nada. Conclusión: no hay ni un minuto para jugar a tiroteos y abrirles la cabeza a los demás bebés de la guardería con la culata de un fusil, después de una persecución de vértigo por los pasillos del jardín de infancia. Todo se está yendo a la mierda.
Se sabe que alguien se hace mayor porque se pasa el día añorando el ayer. En mi caso, añoro tiempos pasados desde el día en que nací, cuando mi abuelo me contaba sus diversiones de niño y, para mi asombro, ya estabas todas prohibidas, o por el Gobierno, o por las asociaciones de padres del colegio, o por los ecologistas.
Echo la vista atrás y no sé decirles a qué he dedicado los últimos cuarenta años, pero lo cierto es que estoy cansado como si hubiera estado trabajando, actividad que desconozco. Por ser periodista, evito trabajar para no perderme nada a mi alrededor. Y por ser escritor, necesito viajar, conocer gente, y salir de copas para inspirarme, de modo que tampoco tengo tiempo de trabajar. Así que nunca he podido pararme a desempeñar un oficio serio. El mundo debería estarme agradecido por esto. Por suerte hago columnas, nada más. Si se caen, no mato a nadie, salvo de aburrimiento. Imagina qué podría ocurrir si en vez de columnas hiciera puentes. Dios lleva a la gente inteligente por un camino recto, una profesión seria, y una vida de virtud. A los demás nos arrastra a lugares donde minimizar nuestros daños.
Quizá por eso el periodismo está lleno de tipos muy torpes que soñábamos con ser astronautas, a los que Dios logró confundir con las letras antes de que provocáramos una catástrofe espacial. Confío en que la crisis de los 43 no me lleve a enamorarme de una azafata jamaicana, hacerme piloto comercial, y brindar con champán surcando la gran ciudad y pilotando un Boeing 747 con los pies. Lo más probable es que en vez de hacerlo, lo escriba. Es así como la Providencia salva muchas vidas.