
Siempre tuvo una voz rasposa, como escribía de Enrique Herreros (hijo) su amigo Fernando Schwartz en el prólogo de uno de sus libros de recuerdos, Hay bombones y caramelos. Voz que resultaba ya casi inaudible en los últimos años, cuando me llamó por teléfono la última vez. Y casi siempre, pensando en la muerte, aludía a Mr. Jordan.
Pero ¿por qué? Así denominaba Enrique a Dios. Cinéfilo apasionado, utilizaba ese nombre anglosajón que aparecía como uno de los personajes de las películas El cielo puede esperar, El difunto protesta y La llamada de Mr. Jordan. Y ahora, sí, desde el cielo lo han llamado. Y ya hace tiempo que tenía previsto donde iba a ser su morada: en Potes (Cantabria), en una tumba aledaña a la de su querido padre, que encontró la muerte practicando su pasión de alpinista el 18 de septiembre de 1977 en los Picos de Europa, al lado del Naranjo de Bulnes. De él, de un genio como dibujante de La Codorniz y pintor émulo de Gutiérrez Solana, pionero de la publicidad cinematográfica y cartelista, aprendió su profesión este Enrique Herreros que acaba de irse con Mr. Jordan. Para diferenciarlos, este se hacía llamar Quique. Cuando falleció su padre sus amigos y conocidos seguíamos llamándolo Quique, y él se cabreaba: "Llamadme Enrique".
Un poderoso jugador internacional de rugby
Era, como su llorado progenitor, muy castizo en su forma de hablar. Madrileño de la Dehesa de la Villa, donde nació el 9 de julio de 1927. Aparece en sus biografías dos días más adelante, pero el error procede de que a Enrique Herreros senior se le olvidó inscribirlo en el Registro Civil como correspondía a la primera de esas fechas. Enrique Herreros padre estuvo casado con la deportista olímpica Ernestina Maenza Fernández-Calvo. Se separaron. Nunca se supieron las razones. El hijo de ambos ahora fallecido, nunca se refirió a ella en ninguna entrevista. Siempre estuvo junto a su padre residiendo juntos en su casa de la madrileña calle de Alburquerque, casi semiesquina a Fuencarral.
Llamémoslo Quique mientras contemos sus peripecias hasta ese cambio por Enrique. Un tipo nada común. Recordaba que mientras su padre dirigía su primer largometraje, María Fernanda la Jerezana, con su admiradísima Nati Mistral, Quique comenzó a jugar al rugby, inducido por un amigo que trabajaba en aquellos estudios Roptence, que se quemaron un día. Deporte violento del que fue internacional. Ya en su madurez abjuraba de haberlo practicado.
Las fotos prohibidas del asesino
Estudió en la Facultad de Derecho, aunque nunca ejerció la abogacía. Y asimismo cursó la carrera en la Escuela de Periodismo. Se fue a Inglaterra a aprender inglés, idioma que tanto usó ya siendo agente de prensa, traduciendo a los reporteros que entrevistaban al famoso de turno. Lo que resultaba chusco es que para pagarse sus gastos trabajó "en la rubia Albión" ¡de labrador! Porque no quiso que su padre lo ayudara económicamente. Recogía patatas en una granja en los alrededores de Cardiff.
Como conocía al dedillo lo que hacía su padre como publicista, de regreso a Madrid, Quique se empleó en las oficinas de la importante productora norteamericana C.B. Films-United Artists, su primer trabajo en el cine. Luego estuvo en otras productoras. Y así fue forjándose su carrera. Es menos recordada su etapa periodística, en la que con su audacia logró lo que en el argot se llaman "exclusivas", que se publicarían en dos de las revistas de la época de excelente calidad, La Actualidad Española y La Gaceta Ilustrada. En el juicio sumarísimo del cuádruple asesino José María Jarabo, Quique Herreros, con una pequeña cámara fotográfica escondida entre sus ropas, consiguió tomar algunas imágenes de quien iba a ser condenado a muerte, protagonista de un suceso que alarmó a toda España. En aquella sala judicial estaba prohibidísima la entrada de reporteros gráficos, de ahí la importancia de cuanto consiguió Quique. No fue el único reportaje de los muchos que firmó.
El escándalo cuando vino Romy Schneider
Es muy larga la lista de famosos del cine con quien ha tratado profesionalmente, de ahí que la condensemos, cuando él mismo ha necesitado de varios libros biográficos para completarla. Conoció, siquiera fugazmente, a Charles Chaplin, con quien desayunó en la "suite" que el genio ocupaba en el hotel Savoy, de Londres, cuando se ocupaba Quique de promocionar en España Un rey de Nueva York. Con él tuvo algún otro encuentro, como aquel en el que le firmó una fotografía.
Se curtió en su itinerario de estrellas del cine a las que tenía que arropar con su trabajo publicitario en 1957, cuando recibió en Madrid junto a su padre a la entonces muy conocida protagonista de Sissí, emperatriz y sus secuelas, Romy Schneider. Organizaron ambos tal estrategia publicitaria que redundaron en el éxito de la película que la actriz austriaca venía a Madrid para darla a conocer. Se sirvieron de Daja Tarto, que era un artista de circo que se tragaba sables y cuchillas de afeitar. Los Herreros lo contrataban para que rompiera las lunas de aquellos cines en los que publicitaban estrenos. Romy Schneider se asustó al ver que a la llegada al cine donde se proyectaba Sissí, emperatriz los cristales a la entrada volaban por todas partes.
Quique trabajaba para la productora de Samuel Bronston cuando en 1964 John Wayne vino a Madrid a rodar una película sobre el circo en el parque del Retiro madrileño. El astro del "western" americano coincidió en su estancia con el estreno de 55 días en Pekín, producida por Bronston. De Wayne, Quique recordaba los lingotazos de coñac Martell que se echaba al coleto entre plano y plano de aquel rodaje circense, cuya carpa se instaló en el estanque que tuvieron que adaptar en el Retiro tras vaciarlo de agua totalmente.
A la mítica Katharine Hepburn la conoció años después de haber publicitado algunas de sus películas en España, con ocasión de ocuparse Quique de lo relativo a la película Las troyanas, que había venido a rodar en la provincia de Guadalajara. Se encargó de buscarle un hotel cercano a donde se filmaba la película, en Atienza, cerca de Sigüenza. Descubrió, gracias a la confidencia del fotógrafo César Lucas, que la Hepburn usaba fuera del rodaje unos pantalones de pana que habían pertenecido a su amante, Spencer Tracy.
John Huston se encontraba en Madrid no para dirigir, que era lo suyo, sino contratado como actor en la película El viento y el león, de John Milius. Era el año 1974, cuando Quique era colaborador del programa de Televisión Española Todo es posible, encargado de llevar a famosos a Prado del Rey. Se lo propuso a Huston, que aceptó a cambio de que le pagaran por ello. Puso el cazo y regateando consiguió setenta y cinco mil pesetas. Testigo, Quique Herreros, a las puertas de los estudios.
Peter Ustinov tenía fama de ser un bondadoso personaje. Lo sería, pero asimismo un tanto avaro. Quique lo trajo a Madrid para intervenir en un programa de TVE en 1976, que llevaba el propio nombre del gran actor: La hora de Peter Ustinov. Le pagaron por su aparición 110.000 pesetas. Herreros le reclamó su porcentaje, la comisión por haber sido quien medió en su contratación. Se hacía el remolón quien había sido Nerón, valga el pareado. Tuvo Quique que insistir hasta que Peter se rascó el bolsillo.
A veces, a Quique se le escapaba algún famoso con quien pudiera hablar. Fue el caso, entre otros, de Gary Cooper, a quien columbró una sola vez en su vida cuando cruzaba el madrileño paseo de la Castellana, camino del hotel Intercontinental, en su época Castellana Hilton. Precisamente había venido a Madrid invitado por el millonario dueño de esa cadena hotelera a la inauguración del hotel, el 1 de julio de 1953. Era altísimo, medía cerca de dos metros. Quique lo divisó hablando con Merle Oberon. Lo llevaron a una capea en un tentadero toledano y hasta le hicieron probarse ante una vaquilla. No era para él lo mismo que montar un caballo en el Oeste.
Ava Gardner lo emborrachó
A Bette Davis también la entrevistó en el Castellana Hilton que era, en los años 60 y parte de los 70 el hotel en donde recalaban los actores americanos; época en la que se rodaban muchas películas aquí producidas en Estados Unidos. Bette Davis le dijo que en su vida real no era tan mala como en sus películas. "La prueba es la cantidad de obras que dedico a la caridad, me gusta proteger a los necesitados". Moriría muy pocos días después de haber asistido al Festival de Cine de San Sebastián, en el otoño de 1989, cuando después fue a París, donde dejó este mundo.
Tres veces estuvo Quique con Ava Gardner. La primera con ocasión de estrenarse su película "No serás un extraño". Vivía entonces de alquiler en un chalé de La Moraleja, a las afueras de Madrid. Quique le organizó un pase privado de aquel filme. Quería contemplar a Frank Sinatra, su gran amor, protagonista junto a ella. Terminaron emborrachándose en un bar Ava, su hermana Beatrice y Quique. La segunda ocasión en que se vieron fue en El Escorial, el año en el que Sinatra rodaba en España "Orgullo y pasión". Ava lo llamó por teléfono, él le estuvo cantando un rato, y a los tres cuartos de hora, mientras ella seguía escuchando sus canciones telefónicamente, porque Frankie había dejado una cinta junto al auricular, se presentó en el hotel donde estaba Ava y allí continuó ante un piano su recital. Ava se derretía de pasión por Frank. Al día siguiente, Quique se dio de bruces con él, quien llevaba la cara con arañazos. Ava era una gata peligrosa. La tercera ocasión en la que Quique se encontró con Ava fue en los alrededores de su casa, ya en otro sitio, la avenida del doctor Arce, donde era vecina del general Perón. Organizaba tal follón a menudo con sus invitados, que el expresidente argentino no cesaba de aporrear las paredes de la casa de Ava, hasta que un día llamó a su puerta y parece ser se agregó a la fiesta.
Con Sara Montiel se llevó fatal
Podríamos continuar con más encuentros de Quique Herreros con famosos, pero el espacio, como siempre, nos abruma. No quisiéramos olvidarnos de la época que acompañó en sus giras a Sara Montiel, descubierta por el padre de Quique, y de la que este contaba pestes, cosas de la vida íntima de la manchega, que el gran público ignoraba, como su encendido amor con un líder comunista en México.
Yo conocí a Quique un atardecer cuando fui a una rueda de prensa con Robert Mitchum. Traducía Quique. A la pregunta de si había tenido problemas con la justicia, el actor respondió que "por pisar la hierba". Herreros sonrió, tras la traducción. Mitchum quiso referirse a que lo trincaron por fumar hierba.
Nos dejamos en el tintero, como se decía hace un siglo, nombres con los que Quique tuvo relaciones profesionales: Buster Keaton, Vittorio de Sica, Sofía Loren, Anouk Aimée, Sylvia Kristel y un larguísimo etcétera.
De los actores españoles cuya promoción y relaciones públicas llevó estaba Carmen Sevilla. Conocida la fama de tacaño que Quique ostentaba, le presentó a la estrella una factura en la que junto a todos los gastos, más o menos de importancia, figuraba una partida: la de un sello de una peseta. En sus últimos tiempos, él invitaba cuando tenía algún importante compromiso pero a quienes se sentaban con él en un restaurante y él corría con la nota, les advertía que no se les ocurriera propagar ese generoso rasgo. Quería mantener su fama tacañona.
Llevó siempre una vida sentimental más o menos movida, que él redujo a estos amores: con la japonesa Miiko Taka, coprotagonista con Marlon Brando en "Sayonara". Con una tal Francesca Katherine. Y con la modelo Charo Palacios, quien luego se casó con un aristócrata muy conocido. Pero nunca llegó a casarse.
Para concluir, Enrique Herreros junior estuvo siempre atento a conservar el legado de su padre, consiguiendo que un parque madrileño llevara su nombre.
Se nos ha ido un personaje difícilmente comparado con nadie: genial. Como era su progenitor, al que no dejó de admirar en vida y después de muerto. Ahora están juntos en la tumba asturiana de Potes y habrán visto a Mr. Jordan.
Herreros es desde hace años miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, lo que le faculta para visionar las películas que aspiran a un Óscar, sea cual sea la modalidad. Por eso, contratado con estos dos filmes por sus productoras, "Volver a empezar" y "Belle epoque", coordinó las campañas de promoción de ambas en Los Ángeles. Lo principal en esa misión era conseguir que el mayor número de miembros de la citada Academia presenciaran esas películas. Incidiendo de manera diplomática para que las tuvieran en cuenta a la hora de votar el Óscar a la película no dialogada en inglés, lógicamente en nuestro idioma. Tarea en la que Enrique se volcó dedicándole muchas horas a ese trabajo, recurriendo a cuantos personajes del mundo de Hollywood conocía, dada su experiencia en los Óscar, que ha presenciado personalmente en diecinueve ocasiones, colaborando en las tres primeras retransmisiones que hiciera RTVE de dicho evento. Así es que a él se debe en buena parte, reconociendo de antemano que las antes citadas cintas reunían calidad suficiente para obtener la estatuílla dorada, que José Luis Garci, con aquel esmóquin blanco y su inglés aprendido en la academia Mangold se dirigiera desde el escenario a los presentes y televidentes, ufano por haber alcanzado aquel 1983 el primer Óscar a una película española, y después, lo mismo cuando su colega Fernando Trueba alzó el galardón tras citar a su dios del cine, Billy Wilder.



