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Juan Manuel González

'Saw VII 3D': Ay qué miedo, ay qué dolor

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La saga Saw llega a su séptima parte en siete años con una nueva entrega de casquería y suspense y una trama de andar por casa que promete conclusiones que nunca llegan. La serie de secuelas del estimable filme original de James Wan –incluyendo la sexta entrega, censurada por nuestro despistado ministerio- ha tenido una inmensa acogida en la taquilla gracias a un público ávido de sensaciones fuertes, convencido de que la serialización del invento llevaba a algún sitio, de que todo se trataba de un calculado plan de unos guionistas que iban sumando piezas de un intenso puzzle que llevaría a conclusiones inimaginables.

Nada de eso se ha venido cumpliendo, y todo huele a improvisación barata en esta desgastada séptima película, organizada en torno a las trampas del heredero de Jigsaw a una falsa víctima del asesino. Lo mejor del invento son sus primeros veinte minutos -con dos hilarantes momentos que salpican de sangre y vísceras la pantalla, y que incluyen a dos amantes despechados encerrados en una urna de cristal junto a su objeto de deseo; y una banda de nazis castigados por su racismo-... con consecuencias sangrientas en todos los casos.

El antaño montador de la saga Kevin Greutert dirige la función creando puntuales subidas de interés gracias a las sádicas maquinaciones del psycho-killer –más hilarantes que traumáticas, debido a los raquíticas caricaturas de personajes a aniquilar- y a ciertos juegos con el montaje cruzado que son tradición de la serie. Pero nada puede hacer con los interludios de diálogo o investigación que le dispensa un memo guión que no sabe si tomarse muy en serio a sí mismo o si no, y mucho menos con unos actores televisivos en su peor momento. La factura final, maquillajes aparte, se asemeja más a la de una torpe serie televisiva sin ningún cuidado por el encuadre o la interpretación y con un cliffhanger final de perogrullo.

Ni las irrelevantes tres dimensiones, ni la promesa de que ésta vez se trataba del capítulo final –les adelanto que en absoluto el desenlace es conclusivo- distinguen la presente de las últimas entregas. Es más de lo mismo, más de lo peor.

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