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'Templario'. Bravehearts de ocasión

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El término rip-off, algo así como estafa en español, sirvió hace ya años para describir las copias, generalmente italianas, de filmes norteamericanos, orquestadas con medios ínfimos y escasa imaginación. Por otra parte, la serie B aparece asociada al cine de género fabricado al margen de los grandes estudios, de bajo presupuesto y alta recurrencia al cliché, pero también –si hay suerte- con audaces soluciones técnicas y artísticas dentro de su obligada modestia.

Entre uno y otro concepto se ubica Templario, una aventura histórica ambientada en la Edad Media que bebe de obras épicas como Braveheart de Mel Gibson o Gladiator, de Ridley Scott. Es decir, una descarnada descripción de época, recurso a la violencia desenfrenada, y un drama heroico e íntimo, con un héroe en plena problemática existencial, serían sus elementos constitutivos. El problema es que la cinta de Jonathan English quiere tener tanto de drama épico como sus modelos, y choca con su identidad modesta, discreta y simpática, obligada por sus limitaciones. English no llega a sacar partido de ellas y extiende cheques dramáticos que no puede pagar.

En lugar de potenciar la excelente idea del asedio al castillo que centra la mayoría del metraje, English dilata la duración del filme mareando la perdiz con personajes y situaciones innecesarias. No nos hacía falta el manido recurso al romance, ni siquiera su (excelente) reparto de secundarios, como tampoco el exceso de historicismo trascendente, para reforzar la narración. English trata de maquillar la condición de serie B de su película y con ello aniquila su verdadero potencial, su espíritu genuino, su flexibilidad, es decir, todo aquello que Neil Marshall imprimió con inteligencia a la trepidante Centurión, o incluso Kevin McDonald a su entretenidísima La Legión del Águila.

De todas formas y pesar de tomarse demasiado en serio, a Templario le quedan algo más que sus nobles intenciones. La idea del asedio al castillo es altamente estimulante, por mucho que a English se le despiste. También la violencia extrema de sus funcionales batallas, resueltas con menos extras de los necesarios. Templario agrada a quien guste de entretenimientos modestos, directos, una discreción que no proviene, sin embargo, de su limitado presupuesto –algo en lo que English invierte innecesarios esfuerzos en maquillar- sino de unas ambiciones dramáticas que no se ven del todo colmadas.

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