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Eva, dirigida por el debutante Kike Maíllo, es una película singular. Se trata de una cinta española adscrita, atención, al género de la ciencia ficción, y que lejos de optar por la bufonada, toma de referencia la imaginería visionaria de Isaac Asimov, o títulos como Inteligencia Artificial de Spielberg (y les advierto que soy de los que alaban esa discutida película), para elaborar un drama de fantasía con cierta textura de cuento de hadas, pero con un tratamiento eminentemente realista. Y lo cierto es que, lo crean o no, sale extraordinariamente airosa del desafío.

Estamos en un futuro próximo. Álex (Daniel Brühl) es un ingeniero cibernético joven y visionario que regresa a su hogar para afrontar un encargo de su universidad: construir un niño robot que por fin sea plenamente operativo. Su regreso supone un reencuentro bastante traumático con su hermano David (Alberto Amman) y la exnovia de Álex, Lana (Marta Etura), a los que abandonó diez años antes. Ella ahora está casada con su hermano.... y además, ambos tienen una niña, Eva, cuya inteligencia y brillantez lleva a Álex a utilizarla como referencia para crear su robot...

Decíamos que Eva es un filme inaudito en el cine español e incluso dentro del género de la ciencia ficción. No se trata de un thriller o una cinta de terror, sino de un drama de personajes que reflexiona, con aparente frialdad, sobre la humanidad de las máquinas y de las personas, y por extensión en la naturaleza y significado mismo de ese asunto tan extraño que es estar vivo. Un intercambio que aparece reflejado, con todas sus ambigüedades, en el desarrollo de una cinta filmada con bastante fortuna.

En el lado negativo, señalar cierto tono afectado, falto de energía, y alguna querencia por el ritmo moroso, una cierta inercia que denota que algunos flecos de la historia no están del todo refinados. Me refiero al trasfondo sentimental de la misma, un triángulo amoroso con rivalidad entre hermanos incluida, que resulta bastante inoperante y ortopédico, defecto que además se ve reforzado por la caracterización del personaje de la joven Eva, con frecuencia irritante cuando debería resultar perspicaz. En este sentido, las emociones no acaban de traspasar la pantalla, y aunque en la voluntad de Maíllo estuviese equiparar la frialdad humana y la compasión de los androides, lo cierto es que perjudica a una película que se esfuerza demasiado en su pose melancólica.

Pero nada de esto empaña los notables resultados globales de Eva, un debut notable y además arriesgado, tanto por su adscripción genérica como por contenido y apuesta visual. Maíllo se revela como un artista a la hora de integrar los efectos visuales en la historia sin que éstos tomen más protagonismo del debido (fíjense en ese gato digital), y también y como extensión de lo anterior, a la hora de dibujar ambientes estimulantes, fantasiosos pero tangibles, como ese nevado entorno rural y a la vez futurista donde tiene lugar la acción. Eva tiene un tono entre melancólico y sensible, con un cierto hálito siniestro e invernal, que no nos esperábamos en una cinta española, y por eso mismo, debería ser un filme que abriese nuevas y posibles vías de creación en el cochambroso panorama patrio. La convencional, pero emotiva y bella visualización que Maíllo hace del desenlace, y en la que no se pone cortapisas para conmover abiertamente al personal, acaban por borrar del disco duro parte de estos desequilibrios.

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