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Esta semana, los Globos de Oro dieron a conocer sus nominaciones. En el apartado de mejor película dramática no figuraba El topo, la adaptación de la novela de John Le Carré publicada en 1971 -y primera entrega de la conocida como ‘trilogía de Karla’- que hoy llega a las carteleras españolas.

Claro que tampoco estaban Los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher, cinta que consigue superar de largo a todas las adaptaciones suecas del best-seller de Larsson; ni mucho menos la polémica El árbol de la vida, la paranoia poética de Terrence Malick. Y aunque Caballo de batalla de Spielberg sí fue nominada a mejor película, la Asociación de la Prensa Extranjera que concede los premios marginó la película del director de Tintín a casi el último lugar, con apenas dos nominaciones.

En su lugar, sí estaban (algunas en la categoría de meor comedia, bien es cierto) experiencias sentimentales como Criadas y señoras, dramas deportivos como Moneyball, la divertidísima La boda de mi mejor amiga, o la más reciente y exitosa comedia de Woody Allen, Medianoche en París, todas ellas acumulando nominaciones en distinta medida. Sin pretender menospreciar los logros de ninguna de ellas (bueno, de la primera y la cuarta, más bien sí), y teniendo en cuenta que algunas de las demás aún no las he visto, la ausencia de la película de Tomas Alfredson de la considerada antesala de los Óscar podría calificarse simplemente como ofensiva.

El topo es, hay que decirlo, una de las buenas películas de este año que acaba. Pese a su insobornable sobriedad, su tono aparentemente frío y un ritmo reposado que enervará a los fans del thriller más nervioso, (no hay aquí ni rastro de la ferocidad, y la velocidad, de la también excelente saga Bourne), la película del director sueco retrotrae a una manera de facturar thrillers que no se veía desde hace tres décadas.

En realidad, Alfredson aplica la misma fórmula que en su debut en el largometraje, el filme de terror vampirico Déjame entrar. El cineasta escoge un género claramente codificado –en aquélla el terror, aquí el thriller de espionaje- y lo despoja de su pirotecnia más característica con una frialdad y perfeccionismo nórdicos. El resultado es un elegante retrato psicológico de un grupo de hombres atrapados en un laberinto de traición y lealtad (más lo primero que lo segundo) en el que la búsqueda de la manzana podrida deriva en un drama humano apenas amortiguado por la distancia aplicada por Alfredson.

Bien es cierto que lo hace con un extenso reparto masculino que aglutina alrededor de un excelente y enigmático Gary Oldman a algunos de los mejores intérpretes británicos y norteamericanos conocidos. El oscarizado Colin Firth, así como Benedict Cumberbatch (el Sherlock de la BBC), John Hurt y un impresionante Mark Strong realizan una labor compacta e inmaculada.

El resultado es un thriller aparentemente apacible, pero tremendamente oscuro y sutil, en el que Alfredson desgrana los comportamientos de sus protagonistas con paciencia y una madurez cinematográfica incuestionable. Detalles como la manera en que Smiley (Oldman) se libra de una mosca en el interior de un coche, o determinadas escenas de tensión, que Alfredson despacha en un par de planos (hablo de aquella que transcurre en un aeropuerto) son una lección de cine casi a contracorriente. El topo, además, hace gala de un excelente diseño visual tanto a la hora de reproducir la época como al plantear un siniestro viaje a las oficinas de los servicios secretos británicos, repletos de oscuros archivos en papel y no de ordenadores. Y atención a la elegante música del español Alberto Iglesias.

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