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J. Edgar es la particular visión de Clint Eastwood sobre el que fue el primer y polémico director del FBI a lo largo de casi de cincuenta años, desde su misma fundación en 1924 hasta su muerte en 1972. Eastwood trasciende en J. Edgar el concepto de biopic o película biográfica para entregar no sólo un análisis sobre una de las figuras más poderosas de los EEUU a lo largo del siglo XX, sino una visión de las ideas fundadoras –y las contrariedades- de aquello que para Eastwood supone la América del siglo pasado.

Al igual que en La Dama de Hierro, el reciente biopic sobre la figura de Margaret Thatcher, Clint Eastwood recupera la historia de un personaje trascendente y lo narra a través de los ojos del propio protagonista, lo que de alguna manera condiciona el tono de la película. Pero a diferencia de la película dirigida por la despistada Phyllida Lloyd, en esta ocasión las omisiones e inflexiones de la historia de Hoover contribuyen, en manos de un veterano como Clint Eastwood, a la exploración de la propia persona. Resulta, en esta medida, tremendamente llamativo como uno de los últimos bastiones del cine clásico se adapta a los cánones de un relato más psicológico que realmente épico, sin nunca perder la identidad desarrollada a lo largo de décadas de trayectoria cinematográfica.

De ese modo, el funcionamiento de J. Edgar, la película, es muy similar a la persona que toma como excusa. El punto de vista del propio Hoover, que descubre su historia a través del dictado a un biógrafo particular, se conjuga con la del Eastwood director con total armonía, a través del relato de los últimos días de un personaje progresivamente inadaptado a los tiempos oscuros que se iban presentando. Eastwood trasciende el retrato más o menos controvertido del personaje para ofrecer un viaje oscuro y complejo (a veces un tanto farragoso) a través de la historia de un país, sin obviar en ningún momento los aspectos más polémicos y secretos de la personalidad del sujeto.

A pesar de lo innecesario de algunos de sus pasajes y la excesiva duración, de algún que otro maquillaje terrible (como el que sufre un extraordinario Arnie Hammer, que interpreta al amante y principal colaborador de Hoover, Clyde Tolson), y de ciertos descuidos en la puesta en escena por parte de Eastwood, J. Edgar resulta un ejemplo de lo que debe ser una película biográfica. El realizador de Gran Torino consigue abarcar las sombras y las luces del individuo, pero también coger de la mano al espectador en un viaje por la memoria de un personaje y la identidad de un país y en última instancia resultar tan tenebroso como redentor. La mirada de Eastwood resulta tan comprensiva como crítica en todas las facetas del ser humano analizado, tanto en su visionario entusiasmo a la hora de fundamentar las leyes y procedimientos de investigación, como las más escabrosas relativas a su vida privada.

La humanidad con la que Eastwood dibuja al antipático personaje, y la interpretación de Leonardo DiCaprio, que se balancea continuamente entre el histrionismo y el puro control, sin nunca perder las riendas, convierten J. Edgar en un filme lento en algunos pasajes, pero absolutamente ejemplar, valiente y poético.

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