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Si Contrarreloj se hubiera estrenado en los noventa, época en la que el productor Jerry Bruckheimer facturaba un taquillazo de acción tras otro, probablemente la película de Simon West hubiera sido un estreno medianamente destacable, e incluso –por qué no- un decente éxito de taquilla. Tampoco vamos a ensalzar aquella época como algo destacable en lo artístico, pero lo cierto es que en esos años, y gracias a su factoría, proliferaron películas de acción y testosterona tan dignas como la marciana Con Air (precisamente el debut en el largometraje de West, con Nicolas Cage al frente del reparto) o la excesiva La Roca, la segunda película de Michael Bay, además de thrillers excelentes y tan acertados como Enemigo Público, del difunto Tony Scott. Creo sinceramente que casi todas ellas han mejorado con los años en la medida más o menos limitada de sus propias posibilidades, aunque sea por pura comparación con sus equivalentes actuales.

¿A qué viene esta perorata con Contrarreloj, cinta que no está producida ni por Bruckheimer ni por Joel Silver, otro mandamás del thriller comercial de décadas pretéritas? Pues a que ahora, quince o veinte años después de esos ejemplos, la cinta del británico West (que tiene en cartel la más exitosa Los Mercenarios 2) no pasa de ser una mera anécdota. Y que el que fuera uno de los actores fetiche de muchas de ellas, el entonces recién oscarizado Nicolas Cage, aparece ahora sumido en una evidente decadencia artística que le obliga a protagonizar un título menor tras otro (Contrarreloj es, si no me equivoco, la sexta película suya que se estrena en 2012) casi como un pie de página en la industria. Cage parece haberse condenado a sí mismo, no si cierto gusto, a repetir el mismo estereotipo de delincuente amable en busca de redención con el que rentabilizó su peculiar físico, y que tanto explotó en lo que supuso su salto a las grandes producciones de Hollywood. Aunque quién puede culparle si él es feliz así.

Todo en Contrarreloj es insuficiente, superficial y rutinario. Pero a la vez les digo que no hay nada en ella que me obligue a tratarla con desprecio. Al fin y al cabo, se trata de un thriller de acción empaquetado con solvencia por su director, y que pese a ir a rebufo modas (y ni siquiera pretender ser inconformista con ellas), resulta distraído y honesto en sus limitadas pretensiones. La persecución inicial en un aparcamiento, y su aceptable equilibrio entre seriedad y humor, impiden el enojo del crítico. O mejor dicho, del cinépata.

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