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Carmen Sevilla, memoria de la desmemoria

La eterna Carmen Sevilla acaba de cumplir 81 años mientras el Alzheimer continúa haciendo estragos en ella. 

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Carmen Sevilla

Carmen García Galisteo acaba de cumplir 81 años. La mayoría de las enciclopedias y biografías dicen que vino al mundo el 4 de octubre de 1930. Falso. Ella misma nos confesó hace tiempo que, cuando quiso obtener el carné profesional del entonces Sindicato Nacional del Espectáculo, le exigían la mayoría de edad, que aún no había alcanzado. Se vio obligada a mentir, aumentando un año de su nacimiento. Lo cierto es que pertenece a la quinta de 1931.

Fue amadrinada artísticamente por Estrellita Castro, quien le pagaba seis duros diarios por interpretar un par de canciones andaluzas, dinero que ella se gastaba en dulces. Así empezó su carrera, mediado el decenio de los 40. En 1948 era la damita joven de Jalisco canta en Sevilla, junto al cantor ranchero mexicano Jorge Negrete, quien tenía que besarla apasionadamente en una escena y se negó: "Podría ser mi hija....". Luego, anunciada como Carmelilla en el reparto, hizo en la película Filigrana de novia de la protagonista, que era la entonces indiscutible reina de la copla Conchita Piquer, año 1949.

El Príncipe Gitano la llevó en su compañía, a razón de cuarenta y cinco pesetas por jornada. Acababa la década y con ella la dura postguerra española se enamoraba de Tony Leblanc en una excelente versión filmada de La Revoltosa. Y allí nació ya la popularidad de una de las folclóricas más queridas del público español e hispanoamericano. Al punto de ser la estrella que más películas rodó: setenta y cinco. La última, un engendro, Rostros, fechada en 1978. Dijo adiós a sus actuaciones musicales cara al público en 1984, con un espectáculo compartido junto a sus grandes compañeras Juanita Reina y Paquita Rico. Unos años después vino su jaleada etapa en Tele-5 como animadora del Tele-Cupón, entre despistes reales y otros simulados, para concluir en 2011 presentando Cine de barrio en TVE. Entonces, la que fue en sus mejores años conocida como "La novia de España" rebasaba cumplidamente los sesenta y cinco años de vida profesional.

Tuvo muchos pretendientes que pusieron verdaderas fortunas a sus pies. A ninguno hizo caso. Mario Moreno Cantinflas le enviaba joyas, que ella desdeñó. Frank Sinatra no pudo llevarla al tálamo, como pretendía. Y también desoyó cantos de sirena de Yul Brynner, Marlon Brando, William Holden, Charlton Heston... Este último, rodando con ella una escena apasionada en Marco Antonio y Cleopatra, se sobrepasó en un ósculo, contraatacando la sevillana mordiéndole el labio, en seguida sangrante. Había repetido, ni más ni menos, lo mismo que le hizo al azteca Pedro Infante en la película Gitana tenías que ser, cuya lengua quedó seriamente lastimada.

Hay otros episodios que Carmen Sevilla nunca contó, como cuando conoció en 1959 a Fidel Castro en La Habana, recién llegado al poder desde Sierra Maestra. Encuentro en el que estuvo asimismo presente el Ché Guevara. Tampoco, de esa época, refirió su velada con el famoso gángster Lucky Luciano, al que tomó como un atractivo, simpático y divertido millonario, dueño del habanero Hotel Capri. Casada en 1961 con Augusto Algueró Dasca le fue siempre fiel, perdonándole sus constantes aventuras. Propietaria de varios pisos en Madrid y un chalé en San Pedro de Alcántara, los malvendió, en parte porque su marido arrastraba deudas de juego. En el incendio de la vivienda que habitaba en los años 60 en la entonces Avenida del Generalísimo se le quemó un cuadro de Picasso y otro del japonés Foujita. Por amor, ya divorciada del músico barcelonés, ayudó económicamente al que sería su segundo y último marido, Vicente Patuel, con quien se casó en 1985. La exclusiva del enlace les supuso 25 millones de pesetas, que les pagó generosamente el director de La Revista, Jaime Peñafiel.

Hoy, desde luego en excelente posición económica tras enviudar y vender la finca matrimonial, Carmen Sevilla apenas conoce a nadie, se alegra cuando van a verla su hijo y sus nietos, no sale de casa, sita frente al madrileño Templo de Debod, duerme hasta el mediodía, pasa largas horas frente al televisor y no recuerda su pasado. Su vida está ya entre las brumas de un ayer que va desvaneciéndose lentamente en su mente perdida.

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