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Daniel Calparsoro lleva el último lustro empleado en distintos proyectos televisivos tras su debut en el largometraje con Salto al vacío, cinta que fue seguida por otras de similar tono enérgico e intenciones perturbadoras. En todas ellas el barcelonés se ha apoyado en el cine de género más actual -y sobre todo comercial- para añadir un giro adicional más apto para la idiosincrasia nacional, al menos sobre el papel. En Invasor, su regreso al largometraje tras ese impasse televisivo, Calparsoro recupera el recurso al género bélico, visto en la ya lejana Guerreros, pero adaptando el relato a ese giro de timón magistral para el thriller de acción que fue la tetralogía de Jason Bourne, y concretando, los dos títulos dirigidos con infinita energía por el británico Paul Greengrass.

Lamentablemente, y pese al notable despliegue de medios –tampoco tan extraño en el cine español- y el incuestionable talento visual de Calparsoro, aquí nada funciona. Y no por ser un derivado de la citada saga, que lo es. Invasor es una versión confusa y efectista de las mismas, compuesta de clichés y afectada de un guión manipulador, falsamente intenso y pretencioso que carece de credibilidad artística, sobre todo a la hora de realizar los juicios morales y hasta acusaciones que tienen lugar en la segunda mitad del largometraje. El fallo es de concepción: pese a moverse en las coordenadas del cine de género, Invasor no se conforma, no lo ve suficiente pese a robar los recursos de otros, y en su ambición se acaba de caer con todo el equipo.

Invasor comienza como un drama bélico con soldado desmemoriado de por medio, pero tarda media película en decidirse qué camino seguir, qué modelo de historia adoptar. Y aún peor: cuando lo hace, parece un mero cúmulo de descartes de, precisamente, la saga Jason Bourne, pero reforzando un componente de denuncia política con tal trazo grueso que el asunto adopta contornos dignos de una (involuntaria) farsa grotesca, y unos diálogos que parecen propios de un trabajo de fin de carrera más que de uno profesional.

Una pena: Calparsoro, como por otra parte es habitual en su filmografía, saca un destacable provecho del escenario, en este caso gallego, y además demuestra saber cómo coreografiar una escena de acción potente (por mucho que la persecución coruñesa nos recuerde, hasta en los insertos de palancas de cambio, al desenlace en Moscú de esa obra maestra titulada El mito de Bourne). Pero nada puede hacer el director -y la verdad, tampoco le interesa- con los mimbres de un libreto que parece un cúmulo de descartes de, precisamente, la saga protagonizada por Matt Damon, interpretado sin convicción, y que pone en jaque temas mayores sin ruborizarse y sin ni siquiera resultar emocionalmente verosímil, cronológicamente sensato. En suma, una película tonta que no sabe que lo es.

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