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Juan Manuel González

Crítica: 'Pacific Rim', de Guillermo del Toro

El carísimo juguete de ciencia ficción de Guillermo del Toro es, quién lo iba a decir, de lo mejorcito del verano.

Juan Manuel González
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Tras abandonar El Hobbit, superproducción que finalmente recayó en el neozelandés Peter Jackson, muchos pensaron que la carrera en Hollywood de Guillermo del Toro podría llegar a un abrupto final. Pero el mexicano se reservaba varias balas en la recámara. O más bien cañonazos. Si a principios de año presentó el correcto (y taquillero) filme de terror Mamá, producido por él, ahora nos llega Pacific Rim, una costosa odisea de ciencia ficción presupuestada en más de 200 millones de dólares -y cuyo argumento podría ser resumido, de manera harto injusta, como el de una japonesada de "robots contra monstruos"- en la que el director demuestra su inapelable artesanía y su ingente conocimiento del género fantástico... pero también un puñado de cosas más.

Y entre ese puñado está la confirmación de que, de una manera u otra, algún día Hollywood acabará haciendo películas para el mercado internacional. Pese a los tibios resultados comerciales en EEUU, donde la cinta ha debido ser contemplada como un derivado de Transformers, Pacific Rim está cosechando un éxito sin precedentes en el exterior y especialmente en los mercados orientales, mucho más habituados a la mitología "kaiju" de la cinta: en China, sin ir más lejos, ha recaudado la cifra récord de 45 millones en su estreno, cantidad superior al de su fin de semana norteamericano y que ha sido definida por la prensa como "masiva". Unas cifras que están salvando los trastos financieros de la película, pagada en gran parte por Legendary Pictures -y no tanto por Warner Bros- y provocando que se hable incluso de secuela.

Pero tras este paréntesis, necesario a la luz de algunos titulares, toca hablar de la aventura en cuestión. Para empezar, y pese a sonar a espectáculo dedicado a eso que se ha venido a llamar público "friqui" (y lo es, además decididamente), Pacific Rim es ante todo una obra de Guillermo del Toro. El mexicano somete a su personal filtro las mil referencias casi culteranas al subgénero "kaiju eiga"(películas de monstruos japonesas), por no hablar de otras tantas pertenecientes a la ciencia ficción más genérica, pero hace rematando una cinta con una cohesión argumental y hasta poética que sorpende en tanto da vuelta y media a la mayoría de blockbusters veraniegos. Pacific Rim dinamita las fronteras entre cine de autor y cine espectáculo porque en ella la imaginería de su autor y las necesidades del mercado parecen pisar un territorio común sin asomo de cinismo alguno. En ella existe una mitología propia y personal que pese a nacer de espectáculos nipones, se siente orgánica y natural tanto narrativa como conceptualmente, por no mencionar que exhibe un espíritu de evasión y una ingenuidad que Del Toro compatibliza con la sucesión de guiños y referencias, que en esta ocasión y en manos del mexicano -cuyos conocimientos del fantástico resultarán evidentes a cualquiera que haya abordado su filmografía- resultan de una heterogeneidad sorprendente.

Pero el asunto no se queda ahí. El recurso a tipos y tópicos propios de Top Gun (la camaradería y rivalidad entre pilotos), el cine de artes marciales (ese entrenamiento en tatami) y hasta la saga Rocky (esos pilotos rusos...) se concilian como verdaderos motivos argumentales, más que simples guiños, en una monster-movie que además desliza conceptos ultratecnológicos propios del género y las quimeras fantasiosas propias del realizador mexicano, sin que la cinta presente la apariencia de refrito. Y lo hace con un especial énfasis en la emoción (no todos los protagonistas llegarán vivos al final), cierto espíritu trágico nada habitual en una producción adolescente, y también bastante sentido del humor: no pierdan de vista a Ron Perlman y sí, la intervención de Santiago Segura habitual en las películas del director. Y todavía nos quedan por reseñar las toneladas, toneladas de espectáculo destructivo cortesía de un presupuesto mastodóntico que luce aquí hasta el último dólar, organizado en torno a larguísimas secciones como la que tiene lugar en Hong Kong y engloba a la práctica totalidad de personajes y criaturas.

En suma, el mexicano consigue filtrar en la película ese aire de cuento de hadas y hasta cierto componente dramático que caracteriza a los personajes de El laberinto del Fauno, Cronos y Hellboy, cosa que por otra parte ya logró en proyectos más aparentemente alimenticios como la estupenda Blade 2 (si, leen bien: estupenda). Y pese a la escasa resonancia de algunos de sus intérpretes (¿Charlie qué?), lo cierto es que al final Pacific Rim acaba ofreciendo al espectador mucho más de aquello por lo que ha pagado la entrada. Se trata de un blockbuster sólido y complejo en su aparente simpleza, astuto en la urdimbre pero sin atismo de cinismo o superioridad moral (no esperen arrebatos 'nolanescos'). En suma, la gran oportunidad que merecía un cineasta consagrado como es Guillermo Del Toro... y a la que se aferra con las dos manos para realizar, probablemente, una de las mejores películas de su carrera.

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