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Juan Manuel González

Crítica: 'Non-Stop (Sin Escalas)', con Liam Neeson

Liam Neeson se consagra, una vez más, como uno de los más sólidos pilares del cine de acción con Non-Stop, dirigida por Collet-Serra.

Juan Manuel González
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En un momento ya bien avanzada Non-Stop, el anónimo villano pone a prueba a Liam Neeson asegurando que para algo es "un hombre de recursos". Un momento aparentemente anecdótico pero que demuestra que al actor irlandés, transfigurado a sus 61 años como apesadumbrado (e inesperado) action-man macarra, en realidad ya no hace falta ni caracterizarle, por mucho que el guión se esfuerce en guardar las apariencias... Tal es la fuerza del nuevo modelo de personaje que aborda con eficacia Neeson desde el sorprendente éxito de Venganza, de Besson y Morel.

En Non-Stop interpreta al marshall Bill Marks, encargado de la seguridad del vuelo trasatlántico que une Nueva York con Londres, y que recibe en pleno avión una serie de inesperados y amenazantes SMS. Un pasajero anónimo exige una transferencia millonaria o alguien morirá cada 20 minutos. Y a partir de ahí, y utilizando el molde de una Agatha Christie anabolizada, lo que viene es un ejercicio Hitchcockiano pasado por el tamiz del actioner de tamaño medio, ése al que el productor Joel Silver parece abonado tras retirarse de la primera línea (con notables resultados en ambos casos) y que le aproxima cada vez más al territorio del europeo Luc Besson.

Non-Stop sigue las coordenadas de cierta clase de vehículo medio de acción y suspense, en su variedad espacio cerrado, con un guión tramposo y personajes unidimensionales. Pero he aquí que la dirección del español Jaume Collet-Serra, en su cuarta película con Silver (y segunda con Neeson tras Sin Identidad), consigue hacer que el avión de marras un lugar condenadamente inseguro. Sin genialidades pero con un dominio perfecto del tempo, el catalán conduce la acción hasta una explosión final con sobredosis de catarsis y resoluciones, pero entretenido a rabiar. Collet-Serra apisona las incoherencias de un guión más falso que el plano secuencia que adorna el centro de la película (¿alguien duda de que el piloto morirá?) y nos sumerge literalmente en una trama que reclama constantemente la atención del espectador, inyectando inquietud a un público consciente -suponemos- de que todo esto se trata de un juguete.

Non-Stop es un divertimento que entretiene en su apología del cliffhanger, un filme que viste su mediocridad con un poco de travesura y otro poco de talento genuino (ver cada una de las conversaciones por móvil) sin perder el decoro cinematográfico ni cierto sentido de la decencia. Y sí: en ausencia de Sean Connery, Liam Neeson nos funciona como la nueva gran presencia del cine de acción old-fashion, echándose toda la película a sus espaldas y demostrando que, en realidad, la acción siempre fue cosa de hombres mayores. Cuenta con la inestimable ayuda, eso sí, de Jaume Collet-Serra, un director que es español, pero que parece entender a Hitchcock de una manera inédita, es decir, en clave de "pulp" pulcro y desde la artesanía de los olvidados Peter Hyams o John Badham.

Dicho de otro modo: Non-Stop es una tontería condenadamente bien hecha de la que se sale con la risa nerviosa, la que da sobrevivir a un asesino, una bomba y una despresurización, y no saber bien cómo han conseguido tomarte el pelo otra vez con lo mismo. A lo mejor eso también es talento.

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