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Crítica: 'Noé', con Russell Crowe

Ni una cosa ni otra. La película de Darren Aronofsky ofrece casi todas las claves de su autor, aunque siempre al borde del naufragio.

Juan Manuel González
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Noé pertenece a una categoría de películas que merece la pena proteger. La apuesta de Darren Aronofsky, en el que supone su primer trabajo de gran presupuesto (más de 140 millones de dólares sin contar publicidad), tanto o más que una superproducción bíblica (que lo es) se inserta en esa esquiva, resbaladiza y amenazada categoría que podríamos denominar como blockbuster de autor. Una vez establecido esto, en el fondo más importante que la opinión personal de tal o cual espectador (lo que sí les anticipo es que la crítica española, teóricamente más intelectual, responderá peor que el espectador USA, teóricamente más conservador), lo cierto es que la excentricidad épica del director de Cisne Negro resulta una obra fallida aunque carismática, una película de aventuras fluida en su desarrollo, pero conformada por varias capas que muy a menudo se llevan a tortazos entre ellas.

¿Pero a qué vienen tantas preguntas con Noé, al fin y al cabo una película que adapta una historia sobradamente conocida a los nuevos tiempos? Quizá porque tan estimulante o molesto como sus resultados, lo que más admiración causa de la película protagonizada por Russell Crowe es, más bien, su mera existencia. Una vez subrayado lo atípico de su condición, al fin y al cabo una anomalía fruto de una única visión y no del consenso de una mesa de ejecutivos (como la por otro lado admirable secuela del Capitán América) lo que queda para nosotros es la película. Una cinta más sencilla de lo que aparenta pero, aún así, inclasificable, como lo es también la propia carrera de Aronofsky, director que rechazó e incluso abandonó en marcha superproducciones como las ya estrenadas Lobezno Inmortal y RoboCop para abordar aquí su más proyecto personal, ése que podía enterrarle vivo a los ojos de los estudios, o consagrarle para el cine con ambición comercial.

Noé navega (y perdón por el chiste) de una manera tan confusa como fascinante entre el cómic underground, el cine fantástico, la película de catástrofes y el relato heroico hollywoodiense. Nada más y nada menos. Durante los 70 minutos iniciales, que culminan con el apocalipsis que echa a flotar el dichoso arca (creo que esto no es ningún spoiler), Aronofsky se aferra a un relato básico, simple y primordial, puesto en escena con un ritmo incesante y preñado de imágenes de pura pesadilla, que podría formar parte de cualquier muestra de cine de catástrofes y ciencia ficción. Pero ya en ella, el recuerdo de cintas tan atractivas y deprimentes como La carretera de Hillcoat y MacCarthy prima sobre el propio espectáculo, gracias a la desolación que proporciona el escenario islandés y la importancia concedida a las relaciones familiares de Noé... que no tardarán en convertirse en el centro de la función.

Y es que da la impresión de que la verdadera apuesta de Aronofsky llega después del Apocalipsis. La cinta sólo adquiere verdaderas texturas y dimensiones cuando sus personajes quedan encerrados en el Arca y tiene lugar el drama, y la película evoluciona de una advertencia desesperada a un canto (oscuro) a la familia desestructurada. Y lo hace sin ironía alguna, avanzando a golpe de sentencias, jugando con los anversos y reversos de la historia con un héroe reconvertido en desequilibrado justiciero ante el perplejo espectador, y patinando en ocasiones. Aronofsky se deja la piel en desmontar la narrativa heroica sin perjudicar un ápice la moralidad de la historia, poniendo en el tapete el salvajismo cavernícola del Antiguo Testamento, pero finalmente ensalzando la esperanza de sus valores básicos. Y en eso triunfa. Se trata de una postura arriesgada, como lo es el propio concepto de la película, en su imposible y ridícula genialidad: la puesta en escena de un final que más bien es un principio, o un principio narrado en forma de final, en el que finalmente prima el humanismo y la esperanza y sí, el examen en clave alucinógena de un alma torturada. Es decir, Aronofsky, desatado de nuevo a ritmo de Clint Mansell.

Noé es una película contemporánea en forma y de actualidad en fondo, y por ello y por su contenido religioso, una película susceptible de ser utilizada e interpretada. La propia película en ocasiones incita al error. No sé exactamente dónde está el fallo del trabajo de Aronofsky, lo que le impide volar más alto, al margen de su deslabazado componente fantástico (¡monstruos de piedra!) y cierta sobreabundancia de instantes ridículos. Pero sí tengo claras las virtudes y la utilidad de una película que mantiene el tipo, como por ejemplo una nueva actuación trascendental de Russell Crowe, verdadera roca de actor que entiende el personaje de una manera equivalente a como lo haría Charlton Heston, sin necesitar prospección psicológica alguna. Noé trasciende su mensaje brutal, su aparente apología del castigo, con un espíritu melodramático, íntimo y personal, tremendamente oscuro, propio del director y de tiempos desesperados, en la que no cuenta tanto el diluvio universal como el retrato de una obsesión, y en última instancia, la reclusión y autoanálisis de una familia acosada. Una película de culto de 140 millones. Tonta pero arriesgada, dura pero compasiva. Disfrútenla si son capaces, no habrá muchas así.

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