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Juan Manuel González

Crítica: 'El Poder del Tai-Chi', de Keanu Reeves

Keanu Reeves debuta en la dirección con un correctísimo filme de artes marciales donde se reserva el papel de villano.

Juan Manuel González
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Algo tuvo que moverse en el pétreo rostro de Keanu Reeves durante el rodaje de Matrix, el gran éxito de los hermanos Wachowski estrenado en 1999. Ahora, casi una década después de finalizar la saga, Reeves aborda su debut en la dirección con un vehículo de artes marciales concebido no tanto a su servicio, como cabría esperar, sino al de Yuen Woo-pin, quien fuera coreógrafo de la trilogía y una larga lista de filmes de artes marciales de inspiración o procedencia oriental, y la verdadera estrella de la función, Tiger Chen, quien fuera doble de acción del actor en las citadas películas.

Y lo cierto es que se trata de una aventura notable en su género, una actualización de Bruce Lee con razonables dosis de oscuridad y un saludable gusto por la creación de atmósferas empaquetada con más clase que la media. El poder del Tai Chi empieza fuerte, nos mete bien en harina, y aunque nunca acaba de soltar a la bestia y hasta cometa un buen número de torpezas, resulta un filme honesto y estimable. La realización de Reeves (bastante cómodo en el papel de villano, sin acaparar más tiempo del necesario), su ritmo sostenido y el equilibrio sin estridencias de todas sus piezas, unido a cierta vocación introspectiva plasmada sin demasiadas tonterías, configuran una película noble en intenciones e incluso sorprendente en alguno de sus recursos.

Reeves, como director, logra que toda la narrativa que necesita el filme se articule en torno a las escenas de lucha, logrando que cada estilo y arte marcial sea diferenciable en pantalla sin necesidad de explicar nada. Es una manera de ganar terreno y tiempo para adornar el armazón básico del guión y dotarlo de un aire siniestro y ominoso que compensa, en gran parte, la simplicidad de sus diálogos. Estos valores atmosféricos y un pulso narrativo bastante vivo y limpio rematan una película bien acabada, un relato de acción con cierto aire mefistofélico que, pese a las carencias interpretativas, ofrece una buena hibridación de los códigos de la acción oriental y occidental sin pasarse de místico.

Porque al fin y al cabo, lo que importa aquí son las escenas de acción, que la cámara resalta de manera descarnada pero no grotesca, con un dinamismo sin aspavientos y claridad meridiana. Eso y nada más es lo que necesitaba, prometía y anunciaba El poder del Tai Chi. Y eso es lo que ofrece la película.

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