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Asia Argento y la hipocresía de un eslogan

Para ella, #MeToo no significaba "yo también denuncio", sino "yo también abuso".

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Asia Argento, el pasado mes de enero. | Cordon Press

Asia Argento fue clave en el nacimiento del movimiento #MeToo. Fue su testimonio el que permitió a Ronan Farrow incluir la palabra violación en su primer artículo sobre Harvey Weinstein; un artículo que dio el pistoletazo de salida a la campaña. Su relato de lo que pasó con el productor durante el festival de Cannes de 1997 muestra que la realidad es más complicada de lo que los eslóganes la hacen parecer. La noche en que se conocieron él practicó sexo oral con ella, y la actriz italiana se negó al principio pero luego se dejó hacer y hasta fingió placer. Después de aquello tuvieron una relación que podría calificarse como de amigos con derechos y tuvieron sexo consentido varias veces a lo largo de cinco años. Hay quien por esto puede dudar de ella. Pero los innumerables testimonios de otras actrices contra Weinstein lo hacen difícil.

Después de que el New Yorker publicara el artículo de Farrow, Argento y Rose McGowan se convirtieron en algo así como las portavoces oficiosas del #MeToo en Hollywood. Un tsunami que ha arrastrado a decenas de hombres en la industria, muchos de ellos en justicia, aunque también parece que en ocasiones se han usado evidencias de lo más endeble para intentar acabar con reputaciones y carreras artísticas, como le pasó a Aziz Ansari. Se han utilizado estos hechos para intentar forzar un cambio cultural, que lleva a ver a los hombres como depredadores sexuales y a las relaciones entre sexos bajo el prisma del abuso.

Uno de los nombres que se ha arrastrado por el lodo es el de Woody Allen. Su hija adoptiva Dylan lo sigue acusando de haber abusado de ella en 1992, cuando tenía siete años. La justicia no sólo lo absolvió en su día, sino que los psicólogos del caso vieron más probable que Mia Farrow hubiera inculcado esa idea en su hija, que estaría afectada de alienación parental. Su hermano mayor Moses está convencido de ello, y explicó que su infancia fue una serie de abusos psicológicos perpetrados por su madre. Ronan Farrow, autor del artículo contra Weinstein y único hijo biológico de la pareja, asegura en cambio creer a su madre y a su hermana. La realidad, sin duda, es más complicada de lo que un eslogan como #MeToo indica.

Asia Argento dio un discurso en Cannes este año en el que denunció que, aunque Weinstein ya nunca podría volver a su coto de caza, seguía habiendo muchos hombres sentados entre el público a los que aún no se había denunciado por su conducta con las mujeres. Y cuando varias actrices francesas encabezadas por Catherine Deneuve firmaron un manifiesto llamando a la cordura y recordando que flirtear no es un ninguna monstruosidad, Argento criticó su "misoginia interiorizada que las ha lobotimizado hasta un punto de no retorno".

Pero tenía un secreto: para ella #MeToo no significaba "yo también denuncio", sino "yo también abuso". Un actor que de niño interpretó a su hijo la denunció por tener relaciones sexuales con él cuando tenía 17 años y ella 37. Según el Times, hay fotos que lo prueban. Como la edad de consentimiento sexual en California es 18, ella pagó 380.000 dólares para enterrar el asunto, un dinero como caído del cielo para un actor sin ningún trabajo relevante desde hace años. Pese a las alegaciones de Jimmy Bennet de haberse sentido mal a posteriori, tan habituales en las cazas de brujas universitarias, todo apunta a que fueron relaciones consentidas, y que no parece que a esa edad Bennet no fuera consciente de lo que hacían. La realidad es más complicada de lo que los eslóganes patrocinados por el feminismo quieren hacernos creer.

Y como sucediera con el reciente caso de la profesora feminista acusada de acoso, ahora sí parece que se puede reconocer esa complejidad, dudar del testimonio de la víctima o proteger la presunción de inocencia. Rose McGowan ha escrito que "su corazón está roto", pero "nadie sabe la verdad de la situación y estoy segura de que se revelarán más cosas. Tened cuidado". Unas precauciones que deberíamos mantener todos siempre, pero que al parecer sólo está permitido tener cuando la acusada es mujer y feminista. "Yo sí te creo", pero exclusivamente cuando acusas a un hombre.

Quizá sea el momento de enterrar los eslóganes y recordar que la realidad, y especialmente las relaciones humanas, es demasiado compleja como para resumirla en una frase pegadiza.

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