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Crítica: 'Alpha', con Kodi Smit-McPhee

Alpha es un inesperado ejercicio de honestidad por parte de Hollywood. Un modesto filme de aventuras que no trata de adornarse más de lo debido.

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¿Cuándo dio la espalda el público juvenil a películas como Alpha? La que dirige Albert Hughes, hasta ahora firmante con su hermano de un puñado de película desiguales pero visualmente trabajadas como Desde el infierno o El libro de Eli, propone una suerte de aventura absolutamente alejada (pese a su exhibición de efectos visuales) a propuestas recientes del género y aledaños... lo que no significa que estemos ante un filme desangelado u obsoleto. Alpha sabe más a Jack London que a 10.000 de Roland Emmerich o 300 de Zack Snyder, dos cintas a las que, por algunos recursos visuales, la que nos ocupa podría parecerse.

Alpha es, simplemente, la historia de un joven habitante de la primigenia Europa de hace 20.000 años, durante la última glaciación, y la inédita amistad que, herido y alejado de su grupo, acaba trabando con un lobo igualmente abandonado por su manada. Eso y nada más importa al sencillo guión original de la obra, que Hughes dirige prestando una atención especial a un paisaje que oscila entre lo angustioso y agresivo y lo fascinante, y que sin duda forma parte integrante de una narrativa que, como en la superior Apocalypto, no necesita realmente de diálogos.

Lo mejor de Alpha es, en el fondo, que podría haber caído en el tópico relato del barato ecologismo contemporáneo, pero al final opta por diluir ese discurso en uno mucho más realista y bonito: sobrevivir en una glaciación en ocasiones requiere de matar o ser matado, de luchar y jamás rendirse en un entorno hostil, una cadena trófica brutal que, eso sí, necesita de una humanidad comprensiva con su presa. No hay malos, tampoco héroes, pero sí una reivindicación de la vida incluso cuando ésta está llamada a ser carne de cañón, todo ello bañado en un paisajismo a lo Joseph Turner de peligroso romanticismo digitalizado (eficaz casi siempre, un tanto falso en alguna otra ocasión).

Y con eso, Alpha dura poco más de noventa minutos, pero en ningún momento se molesta en acelerar el ritmo, en sacarse de la manga recursos que distraigan del (simple) meollo de la función o inventar golpes de efecto para el espectador con déficit de atención. Alpha es un entretenimiento juvenil, pero obvia los tropos del género (el protagonista es un chico solitario, pero la película jamás repite temáticas del cine de instituto) y desde luego no maquilla la cadencia de la historia. No hay humor, concesiones o adornos para facilitar el filme al consumo familiar. ¿Desaprovechada en ciertos segmentos? Sin duda ¿Complaciente con su público, emocional? Mucho, pero sin obviar texturas y elementos antipáticos y sin subrayar, salvo en algún instante, el melodramatismo.

De modo que lo que tenemos es lo que hay: uno de los filmes más modestos (pese a su notable factura visual) de la temporada estival, y desde luego un ejercicio de honestidad y clasicismo de los que Hollywood todavía practica, aunque sea por casualidad.

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