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Terrorismo políticamente correcto

El 'power flower' lo mismo te hace saltar por los aires una central hidroeléctrica que te dibuja una acuosa acuarela de amapolas y jazmines.

Santiago Navajas
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La protagonista de 'La mujer de la montaña' | Fotograma de la película

Tras terminar la película, una apología del terrorismo políticamente correcto, gran parte del público arrancó a aplaudir. Hay películas infames moralmente que, sin embargo, son obras maestras del séptimo arte. Así El nacimiento de una nación, en la que Griffith hace una reivindicación del Ku Klux Klan, o El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, a mayor gloria de Adolf Hitler. Pero el reconocimiento estético no quita la denuncia política.

Sin embargo, La mujer de la montaña (Benedikt Erlingsson, 2018) es una comedia decididamente vulgar, predecible y sensiblera cuyo único mérito cinematográfico consiste en hacer explícita la banda sonora con una pequeña banda y un minúsculo coro que acompañan a la protagonista allá donde va. Al principio, hace gracia. Luego, resulta tan cansino como la manipulación en todas las televisiones públicas.

¿Por qué, entonces, la crítica ha sido tan laudatoria y el público la ensalza?

Cuenta la historia de una terrorista ecologista en la Islandia contemporánea que, en su lucha contra los poderes establecidos (de las multinacionales chinas a la CIA, pasando por los israelíes y las empresas de energía), pone bombas en instalaciones eléctricas, derribando torres de conducción energética. Es una señora burguesa cincuentona que se desplaza en bicicleta, dirige un coro, tiene una hermana que hace yoga budista y está en trámites para adoptar a una niña ucraniana que se ha quedado sin familia por la guerra. En el salón de su casa cuelgan retratos de Mandela y Gandhi. Del dirigente sudafricano se hace una careta para llevar a cabo enmascarada los atentados terroristas. Además de la hermana budista, que se quiere ir a hacer meditación un par de años al Tibet, tiene un presunto primo granjero que le echa una mano cuando huye de la policía tras destruir alguna torre eléctrica. También aparece un inmigrante sudamericano que sale de prisión, en bicicleta por supuesto, y cuya única misión en la película es vestir una camiseta con la efigie de Che Guevara. Mandela, Gandhi y Che Guevara: la Santísima Trinidad de los iconos de los progresistas occidentales para blanquear el terrorismo y justificar la violencia.

En uno de los primeros encuentros de la protagonista con su presunto primo tras haber cometido un atentado le explica su justificación: "Por encima de las leyes están mis convicciones". En este momento podemos imaginar a Puigdemont y Otegi emocionados viendo la película. Las convicciones, cuando son de izquierdas, justifican cualquier delito, disculpan que las leyes se quebranten y se ponga en riesgo la vida de las personas, y que se cometa todo tipo de tropelías contra los derechos de las personas y las empresas.

En La mujer de la montaña el ecologismo radical se disfraza de exotismo budista, se abusa de figuras como Gandhi y Mandela (Che Guevara era un terrorista puro y duro, sin matices, por eso su imagen se usa en un segundo plano y en la figura del inmigrante sudamericano que pasa por allí para impregnar el discurso pero no contaminar excesivamente a la protagonista con un referente querido por la izquierda pero cada vez más discutido) y, lo que es peor, se ejerce la pederastia moral con la utilización de una niña angelical para dar un aura celestial a la ecologista terrorista. En uno de los planos más vergonzosos del cine contemporáneo, el encuentro entre nuestra cincuentona ecoterrorista y la niña se resuelve con la primera terminando de dibujar una flor que había comenzado la segunda. El power flower lo mismo te hace saltar por los aires una central hidroeléctrica que te dibuja una acuosa acuarela de amapolas y jazmines.

La película termina por todo lo alto con una metáfora visual con mensaje político. Cuando le preguntaban a Nabokov por el mensaje de sus novelas, el arisco novelista ruso respondía que él no era telegrafista. Sin embargo, el cine de izquierdas no solo se desarrolla a veinticuatro mensajes por segundo, sino que además te los subraya con frenesí, ya que considera que su público no es muy sutil, no vaya a ser que se le escape el profundo significado. Finalmente, la entregada mamá adoptiva tiene que bajarse de un autobús para salvar una carretera inundada (por el cambio climático, sonríe para sus adentros el espectador avisado) con la niña en sus brazos.

Esperamos con ansia la segunda parte de La mujer en la montaña (que disimula un poco el título original, La mujer en guerra), que podría llamarse La adolescente en guerrilla. La chica adoptada se habrá hecho vegana, habrá aprendido tácticas de guerrilla urbana y, en lugar de imágenes de Mandela y Gandhi, tendrá posters de Greta Thunberg, la adolescente que levanta a los institutos contra el cambio climático, y Ocasio Cortez, la congresista norteamericana que promueve un Green New Deal. Así la izquierda podrá seguir con sus fantasías terroristas adecuadamente blanqueadas sobre las pantallas de los cines. Pero es mejor que vivan sus sueños terroristas en la ilusión cinematográfica en lugar de llevarlos a la práctica.

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