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El amor y los secretos. Gregorio Ordóñez y Ana Iríbar

El amor atravesando el tiempo tras su asesinato para sostener la memoria de Gregorio con la ilusión y la convicción de que su vida entregada a los demás fue tan útil como la de aquellos muchísimo más conocidos.

El amor atravesando el tiempo tras su asesinato para sostener la memoria de Gregorio con la ilusión y la convicción de que su vida entregada a los demás fue tan útil como la de aquellos muchísimo más conocidos.
Exposición del año 2020 'Gregorio Ordóñez, la vida posible' | Cordon Press

Hace muchos años, mientras trabajaba en algo relacionado con Gregorio Ordóñez, una persona me dijo que por qué se le daba tanta importancia a un político local, a una persona, eso sí, cruelmente asesinada y todo eso, pero que tampoco había hecho grandes cosas, que se trataba de un personaje menor, con escasa proyección, que no era ni Kennedy ni Gandhi, vamos.

No me he inventado yo que las historias locales encierran valores universales. No hay que ser Kennedy para sufrir los mismos dilemas que el presidente americano. La lucha a contracorriente contra un enemigo sin escrúpulos se da a diferentes escalas en miles de lugares del mundo. Es más, es una alternativa en la vida de cualquier ciudadano la de aferrarse a la comodidad o dar un paso al frente y oponerse a lo injusto, a lo agresivo o a quien, sencillamente, trata de imponerse sin razones adecuadas. Reconozco que mantenerse al margen es muy tentador: la vida tranquila.

Seguro que a Gregorio le hubiera gustado tomar muchos más vermús con su mujer y sus amigos mientras veía crecer a su hijo. Y muchas cosas más. Pero eligió no ceder en sus limpias convicciones. ¿Es o no un ejemplo universal que gestionara el miedo real a que le mataran sin cambiar ni su determinación ni sus itinerarios por la peligrosa ciudad en la que vivió? La película de su vida podría resumirse muy fácilmente, un político local en una sociedad en la que el terrorismo mafioso elimina a los discrepantes, es asesinado.

En mi trabajo, al sumergirme en las vidas de otros (he realizado varias biografías) he descubierto cosas que procuro que formen parte de alguno de los varios niveles de información que tiene una película, esos que llegan de manera inconsciente al espectador. En este caso, no ha sido mi propósito contar "aquí mataron a un hombre", sino qué fue de ese hombre y su familia.

Esta es una historia real. 30 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez por ETA

En la entrevista a la viuda, Ana Iríbar, he buscado adentrarme en la vida personal y familiar de ellos dos. ¿Cómo le trasmite él a ella sus "especiales" inquietudes? ¿Qué le dices a tu marido cuando él ha decidido que quiere participar en política en el partido más odiado de su entorno, en el peor tiempo y ciudad posibles, en el que abundan asesinos vigilantes? Todos tenemos secretos. Secretos personales, momentos en los que nadie debe conocer que vivimos crisis trascendentales que nos llevan a tomar una decisión. La determinación para realizar proyectos a todas luces descabellados es algo absolutamente personal. Un secreto insondable. Proyectos que uno decide en la oscuridad de la habitación, eludiendo las influencias negativas, favoreciendo lo idealista, obviando los peligros, autoengañándose con que todo irá bien, regando el optimismo. El silencio es "un diálogo con lo divino", aunque en la calma, la convicción invita a hacerse trampas en el solitario. Porque un Proyecto Personal, aunque contenga altas dosis de peligro, es algo intransferible que se asume con total responsabilidad, un virus sin cura que se adhiere a lo más profundo de uno. Lo peligroso es algo que ahuyentará a muchos, porque todo puede pasar y el miedo está repartido entre todos por igual, pero la manera de superarlo es exclusiva en cada uno. Por eso, solo las mentes optimistas cambian las cosas, porque su imaginación les ha convencido de que sí se pueden cambiar. Sin miedo. Y entonces no hay filtro que lo impida, de ahí el llevar en secreto, hasta con las personas que más se quiere, la imposible marcha atrás.

A la pareja la tienes que proteger de alguna manera, la informarás a última hora, cuando la decisión está tomada porque ese tipo de decisiones no admite discusión y ella también lo sabe, no hay que hablarlo demasiado, mejor poco, ella sabe que harás lo que tengas que hacer, aunque no le guste, que algo superior te empuja y no hay nada que hacer. Y él sabrá lo que hace, pero estará solo. No es inconsciencia, aunque sí palpita un matiz de locura en este tipo de decisiones. Incluso llega a no importar el peligro de morir o de que te puedan matar. Porque se hace o se hace. Y si quiere hacerlo, tiene que intentarlo. Y cuando cierra la puerta de casa, sale convencido, con lo trascendente bien asimilado. La grandeza bajando las escaleras de un edificio humilde. Parece que en la historia de la humanidad siempre ha habido la misma cantidad de mentalidades que desbordan lo tranquilo, lo llevadero, lo normal: muy poca.

Cuando planteas una película documental te tienes que sumergir. Cuando quieres describir la vida y obra de alguien tienes que meterte dentro de él. Lo de menos es no contarlo todo. Hay que buscar la profundidad más allá de lo que ya se puede saber de esa persona. Y en esa profundidad aparece el amor. Esta película sobre Gregorio se puede leer como una historia de amor. El amor de Gregorio manteniendo el secreto de sus miedos y cavilaciones acerca de su gran proyecto de vida más allá de lo familiar. El amor de Ana, la esposa, que entiende a la perfección hacia dónde va Gregorio, lo que implica. El secreto de asimilar, también en silencio, también en la soledad, el compromiso irrenunciable de su marido y el amor como herramienta para salvar esos obstáculos, para compartir valentía, dudas y miedos sin condiciones. El amor es lo que sujeta a los valientes. Y el amor, de nuevo, atravesando el tiempo tras su asesinato, para sostener la memoria de Gregorio con la ilusión y la convicción de que su vida entregada a los demás fue tan útil como la de aquellos muchísimo más conocidos que también fueron eliminados por el fanatismo. Kennedy y Gandhi soñaron con lo mismo.

Su legado se puede resumir muy sencillamente: Buscad lo que yo mismo busqué.

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