
Todo indica que la muy voluntariosa Return to Silent Hill se va a topar de bruces con los aficionados más acérrimos al juego de Konami, pese a la evidente compresión de su director, Christophe Gans, tanto del material original como la propia naturaleza narrativa del elemento interactivo. El tono onírico y pesadillesco del film viene, de hecho, de perlas para justificar la peculiar estructura del mismo, basado en encontrar objetos que van desbloqueando recuerdos, información para el espectador, y montar el puzzle de la amada perdida Mary, encarnada por Hannah Emily Anderson, que compone una búsqueda que tiene mucho de autojustificación.
El argumento de Return to Silent Hill, que adapta y condensa el misterio del videojuego más querido de la saga, Silent Hill 2, se maneja de manera relativamente independiente al de la película original de 2006). También de su segunda y tardía entrega, Silent Hill: Revelation, la única de la que se hizo cargo otro director, Michael J. Basset. El artista James Sunderland (Jeremy Irvine) vuelve a Silent Hill para buscar a Mary, un amor perdido y abandonado atrapado en un pueblo de Maine desierto, destrozado y cubierto de niebla.
Con presupuesto limitado y mil productoras implicadas (la primera entrega tuvo el apoyo de Paramount) Gans se confirma como un gran estudioso de la imagen capaz de impulsar el relato hacia delante basándose en términos puramente visuales. La película, esta vez una coproducción entre Francia, Alemania, Reino Unido, Japón y EEUU, entre otros países, consigue solventar un número de limitaciones evidentes a base de imaginación y echarle cara al reproducir el punto de vista subjetivo de un videojuego de terror y la creación de una atmósfera que se sobrepone a los (premeditados) agujeros argumentales del invento.
Se atreve incluso con un desenlace nada épico sino intimista, de puro surrealismo, que el film no se molesta en aclarar incluso tras haber renunciado a explorar ciertos elementos clave de la intriga (favoreciendo ese aspecto de mal sueño), factor éste último que seguramente enervará a los fans de la franquicia, que probablemente no valoren en absoluto la presencia en la banda sonora de Akira Yamaoka, músico de las entregas del videojuego.
Return to Silent Hill es un film fundamentado en los escenarios, incluso cuando la mezcla de texturas digitalizadas y actores reales deja de funcionar. Pero su naturaleza onírica, su recorrido por recuerdos y decidida voluntad de habitar el pasado, fundido con el presente en un ciclo injustificado, contribuye extrañamente a disimular sus fallas. Lejos de ser un gran film de terror, su combinación entre burda y delicada de los elementos más ruidosos de un film grand-gignolesco y ruidoso y un thriller psicológico Lynchiano e intimista crea cierta atmósfera de fascinación de mucha más calidad de lo que se está diciendo. Dentro de esa serie B digital estetizada por Paul W.S. Anderson o el propio Gans, la aquí presente es una película a defender.

