
A veces, no contestar es una contestación en sí misma. Y si no que se lo digan al fibroso e inaugural slasher La noche de Halloween, que allá por 1978 inauguró todo un reguero de víctimas que caían bajo el filo cortante de Michael Myers, un ser humano absurdo y despersonalizado, el mal absoluto e intrínseco según el doctor Loomis, cuya presencia casi sobrenatural no necesitaba explicaciones. Luego, por ir dirigiendo la cuestión, surgió Cujo, un apacible San Bernardo salido de la pluma del Stephen King más contestatario que, tras la mordedura de un murciélago, contraía la rabia y virtualmente desaparecía tras los impulsos más atávicos de la Naturaleza.
De esas dos simples derivadas surge Primate, feliz regreso a la película de monstruos más parca en palabras y gruñidos. Porque Johannes Roberts, que se atreve a replicar (o reciclar) motivos de su A 47 metros, el económico y eficaz film de claustrofobia y tiburones que dio el pistoletazo a su carrera, supone un festín para los muy cafeteros del género. Así, en su apuesta por los efectos prácticos (el chimpancé Ben no es una creación digital sino "real", presente físicamente en plató), el británico acerca al público a la experiencia del acoso de una bestia enloquecida, y la rabia de sus episodios de violencia (que acerca la realización a la visceral puesta en escena de la violencia en los títulos de Alexandre Aja y otros realizadores europeos en EEUU) está destinada igualmente a sorprender y repugnar.
En fin, que Primate, tal y como nos prometieron, no se corta demasiado en mostrar sangre y huesos rotos, material mucho más presente e interesante que declaraciones sensibleras o científicas, y todavía mejor, alegatos ecologistas afortunadamente superados. Roberts no comete el error de principiante de tratar de completar su película con explicaciones innecesarias, de buscar un "tema" o de alargar su historia, lo que ayuda a revestir sus episodios de humor negro, así como algunas connotaciones sexuales (ojo, con los personajes más inesperados) de una verosimilitud bastante elevada para un slasher canónico. No es necesario romantizar o humanizar a Ben, el chimpancé asesino, porque al fin y al cabo en el cine de terror el espectador también ha jugado a identificarse con el monstruo, sea Freddy, Chucky, Jason o el matarife que toque.
Hechos, no palabras, y sí imágenes que valen más que mil palabras: la del antaño amable chimpancé asomando la cabeza por la puerta como Jack Nicholson en El Resplandor para los más cinéfilos, o aquella más sutil en la que el bueno de Ben se obnubila mirando el agua de la piscina (la hidrofobia, nos advierte el film, es uno de los síntomas clásicos de la enfermedad). Así que sí, Primate produce una buenísima impresión a todos aquellos aficionados al género un poco hartos de ese simulacro de elegancia y simetría, de necesidad de prestigio, que recorre como la rabia el terror de los últimos años.
Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.

